Una reunión que no es para estudiar, Alicia visita a su profesora al despacho y empieza algo que no va a terminar fácilmente. Sus cuerpos se vuelve la adicción de cada una

A las once de la mañana, en cuanto suena el timbre, cojo mi mochila y salgo con el resto de la clase para no levantar sospechas. Debo comportarme con normalidad, sin llamar la atención. Les digo a mis amigas que voy a ver a Ada para que me explique unos ejercicios que no entiendo y, como saben lo mal que se me dan las Matemáticas, se lo creen. Me dirijo a su despacho y la encuentro corrigiendo lo que parecen ser exámenes. Me recibe con una gran sonrisa.

Ada, mi tutora y profesora de Matemáticas, es, al igual que yo, rubia, pero ella con los ojos castaños, a diferencia de mí, que los tengo verdes. Su generoso busto (el mío es de un excelente tamaño pero, por mi edad, aún se está desarrollando) compensa su falta de trasero (del mío diré lo mismo que de mis pechos). Suele vestir elegante, con camisas a cuadros o americanas.

– Hola, Alicia, ¿vienes a hacer los deberes, verdad?

– Sí.

– Muy bien. Pasa.

Se levanta, echa las cortinas, cierra la puerta con llave y coloca un pequeño armario delante del cristal que da al pasillo para que nadie vea lo que vamos a hacer.

– Ahora ya podemos hablar. – Echa un último vistazo al armario para asegurarse de que nadie nos vea y continúa hablando – No es la primera vez que haces esto, ¿verdad?

– No. Empecé con Inés. ¿Te llamó, verdad?

– Sí, sí, era para confirmarlo. Tenemos que ir con discreción en estos asuntos, ya sabes…

– Sí.

– Alicia, te noto tensa. Tú relájate, ¿vale? Ya te acostumbrarás.

Asiento y nos damos un cálido abrazo, momento que Ada aprovecha para acariciar todo mi cuerpo, aún sin ejercer la más mínima presión física.

– Respira hondo, Alicia. No te preocupes, querida. Piensa que no estamos haciendo nada malo…

Hunde su nariz en mis largos cabellos rubios e inspira. Pasa sus manos por mi trasero y mis glúteos y se deleita con mis aún no muy pronunciadas curvas.

– Mmm un cuerpo joven. Tú y yo nos lo vamos a pasar muy bien, Alicia.

– Jijiji.

– Déjame catar tus labios, guapa.

Posa su boca sobre la mía y me besa suavemente. Tiene un sabor y un aroma muy buenos, como a fresa, y me gusta mucho. No tardo en sentir calor, así que me quito mi chaqueta tejana, quedando con una camiseta blanca de manga corta.

– Voy a acariciar tus pechos, que son preciosos – anuncia la docente -. ¿Puedo?

Asiento mientras me muerdo el labio.

– Hazlo despacito, ¿vale? Solo te pido eso. Todavía me están creciendo y me duelen si me apretan demasiado.

– Está bien, no me pasaré. Avísame si te duele y paro. Lo último que quiero es hacerte daño.

– Gracias…

Dicho esto, mete sus manos por debajo de mi camiseta y mi sujetador, pone una sobre cada seno y se dedica a acariciarlos sin hacer presión alguna. Esto me gusta, me hace suspirar y esbozar una sonrisa.

– ¿Lo algo bien, Alicia? ¿Te gusta?

– Umm sí… Me lo haces muy bien… No pares…

– Me alegro, querida… Tú y yo lo vamos a pasar muy bien, ya verás.

– Mmm… Sí…

– ¿Es la segunda vez que estás con una mujer?

– Ajá.

– Inés es más guarrilla, le gusta hacer marranadas. Yo soy más fina.

– Y más atractiva… Jijiji.

La profesora sonríe por mi cumplido, deja de tocarme las tetas y me baja los pantalones, encontrándose con unas braguitas mojadas.

– ¿Estás mojadita, eh?

– Uff sí, mucho… Méteme un dedito, porfi…

Ada sonríe y me complace. Me baja las braguitas y mete un par de dos en mi vagina, haciéndome gemir algo fuerte.

– Uy, no grites tanto, que nos pueden oír – me pide, más divertida con mi gritito que molesta.

– Lo siento, es que… no me he podido contener.

– No pasa nada, guapa. – Se para a pensar unos segundos y continúa – Oye, si prometes no gritar demasiado, puedo meterte la lengua en el chochito. ¿Te parece bien?

– Sí, por favor.

– Muy bien. Sobretodo no gimas alto, ¿eh? Muérdete el labio, tápate la boca, lo que sea mientras no grites.

Asiento y me muerdo el labio. Me siento en su sillón, Ada se pone entre mis piernas y hunde la cabeza en mi vagina. Primero restriega su nariz por toda mi rajita.

– Tu olor es de lo más embriagador…

– Mm… Gracias…

Después, ayudándose con las manos, me separa los labios vaginales y lame todo con su lengua. Tengo que esforzarme para no gemir.

– Mmm… Ahh… Uff… – suspiro.

Me agarro fuerte al sillón en un intento de no retorcerme de placer, cosa complicada con una lengua prodigiosa como la suya en mi interior.

Apenas tardo cinco minutos en llegar al orgasmo y correrme. Después de esto, Ada limpia mi coñito con unas toallitas húmedas y me recomienda que traiga unas braguitas de repuesto el próximo día, pues las que llevo están húmedas. Nos abrazamos y besamos en las labios suavemente.

– ¿Te ha gustado, Ali?

– Mucho, Ada… Gracias…

– De nada, encanto. ¿Sabes que podrías hacer ahora?

– ¿El qué?

– No te pediré que me hagas lo que yo, aún eres muy joven. Lo que sí te pediría es que me metieras un par de deditos en la vagina.

– Lo haré.

– Gracias. Eres un encanto.

– Lo sé jijiji.

Ada se baja la cremallera y coge mi mano, que mete en su entrepierna y luego en su coño.

– Umm qué bien – cierra los ojos, sonriendo -. Lo estás haciendo genial.

– Gracias – me sonrojo.

Sin esperar a que mi profesora me lo diga, comienzo a besar su cuello, gesto que la docente agradece con una sonrisa. Hundo mi cara entre sus dorados cabellos y la beso detrás de la oreja, provocando su satisfacción.

– Alicia, apenas quedan unos minutos antes de que ambas tengamos que volver a clase. Quiero hacer realidad una pequeña fantasía que tengo contigo.

– Lo que quieras jiji.

– Túmbate sobre mi mesa. Es una tontería pero me hace ilusión.

Me tumbo sobre su mesa y espero. Se pone a mi lado y empieza a besarme lentamente, con lengua, humedeciendo nuestro beso. Mientras nos besamos, mete su mano por debajo de mi pantalón y mis braguitas y vuelve a hacerme gemir. Mis piernas se retuercen sobre su mesa, gracias al placer que me está causando.

De vez en cuando, separa su cara de la mía y, observando el hilillo de saliva que une nuestros labios, sonríe y vuelve a saborear mi lengua. Se está tan bien… mis brazos han rodeado su cuello y se aferran a él como si del más preciado tesoro se tratara.

Entre el erotismo del momento y sus dedos moviéndose dentro de mí, apenas tardó un par de minutos más en llegar al clímax. Cuando Ada se percata de esto, se separa de mí y me mira con una dulce sonrisa. Limpia nuestras bocas y me comunica que, gracias a mí, ha hecho realidad una pequeña fantasía suya, que, al parecer, consistía únicamente en besar a una mujer estando esta tumbada sobre una mesa. Un poco extraño, pero está bien.

– Lo soñé una vez y me calentó, por eso quería hacerlo de verdad.

Nos acabamos de arreglar y me pide que me siente a su lado, que vamos a hacer “clase”.

– Veamos, Alicia, tengo aquí tu último examen – dice mostrándomelo -. Has sacado un 3, pero podemos arreglarlo… ¿Me sigues?

– Ajá.

– Muy bien. Te explico: coge Tipp-Ex porque te voy a decir qué errores tontos has cometido y te voy a ayudar a arreglarlos para que llegues al 4. No puedo aprobarte porque cantaría demasiado, pero si vamos sumando décimas, creo que puedes subir un punto.

– Gracias.

– No, gracias a ti – y me da un sonoro beso en la boca – por ser tan sexy. Ahora fíjate.

Y así, tachando con corrector algunos errores y poniendo bien los resultados, llego hasta el 3 con 9.

Para cuando terminamos, ya está a punto de sonar el timbre, de modo que recogemos las cosas y nos damos unos últimos piquitos y caricias mutuas.

– Alicia, quiero decir que esta sesión contigo me ha encantado.

– Gracias jiji a mí también.

– Tu atractivo y dulzura me han enamorado, sin duda. Las mujeres somos más finas y delicadas, y tú has sabido darme placer cumpliendo todo esto.

Me voy sonrojando a medida que la esucho hablar.

– Por la edad que nos llevamos, bien podría ser tu madre, pero aún así has demostrado ser una gran amante. Eres jovencísima y se nota que no has experimentado mucho en el sexo, pero no me cabe duda de que, muy pronto, serás una gran maestra de las artes amatorias.

– Muy gracias, Ada… La verdad es que, para ser la segunda vez que me enrollo con una profesora, me ha encantado, y me gustaría mucho poder repetir.

– Uy, sí, eso ni lo dudes, cielo. Te lo ha dicho antes y te lo repita: tú y yo tenemos un largo camino por delante.

Nos volvemos a abrazar y a besar cariñosamente. Sus experimentados labios recorren mi cuello y mis labios, mientras sus manos acarician mi trasero, mis glúteos y mis tetas.

– Me gusta mucho lo que me haces, Ada – la agradezco.

– Me alegra de que te guste, cariño. No todos los días se me presenta la oportunidad de acariciar un cuerpo joven, delicado y sexy como el tuyo.

– Jijiji gracias. ¿Has estado con más alumnas, aparte de conmigo?

– Oh, sí, pero ya hace algunos años. Estuve con una alumna de último curso pelirroja, muy mona. Pero rubias como tú, no. Eres una preciosidad.

Ahora sí nos despedimos y salimos por la puerta lanzándonos una última miradita de complicidad. Voy hacia clase y me topo con mis amigas, que me preguntan cómo me ha ido.

– Bueno, hemos estado repasando los deberes y poco más – me invento -. Dice que he mejorado un poco en el último examen, pero no ha querido decirme la nota.

– Eso está bien – me anima Cristina -. ¿Irás más días con ella a la hora del patio o ha sido solo hoy?

– Sí, me ha dicho que quedaremos por lo menos un par de días por semana.

– Bueno, mira, si así apruebas…

– Sí, eso espero – pienso sonriendo.

Lo que en aquel momento no puedo ni imaginar es que, mientras Ada y yo nos dábamos mimos en su despacho, alguien nos estaba observando y grabando a través de un hueco del cristal que el armario no ha tapado. Y no puedo ni imaginarme todo lo que esto desatará muy pronto.