Una mujer hipersexual, no es para cualquiera

Demasiado tiempo libre y una larga soledad no son nada sanos para una chica adolescente.

Con la ausencia de mi madre y con mi padre trabajando todo el día en su herrería, yo me la pasaba en casa en completa soledad. Mi rutina iba del colegio al hogar todos los días, salvo alguna ocasión en que salía a dar la vuelta con alguna amiga o a hacer algún trabajo escolar. En esos tiempos yo no tenía novio, no encontraba interesantes a los muchachos de mi edad y apesar de mi desenfreno hormonal, apesar de que mi cuerpo y alma ansiaban con desespero que algún hombre me clavara su miembro hasta lo más profundo de mi ser aún no había estado en la cama con nadie, seguía siendo virgen. Estaba por terminar mi tercer grado de secundaria y muchas de mis compañeras le contaban a todo el que quisiera escuchar que ya tenían relaciones sexuales, yo las escuchaba con envidia, aunque ahora comprendo que ni la mitad de cosas que contaban eran verdad. Yo por mi parte no había pasado de unos besos cachondos y algún toqueteo con los chicos de mi clase, pero sus dedos inexpertos y bruscos sumados al trauma que yo cargaba desde niña me hacían imposible disfrutar de estos deslices, prefería acariciarme yo misma en la intimidad de mi habitación usando de inspiración sexual a mi querido padre o a sus infinitas revistas pornográficas. Mis autocomplasencias eran deliciosas, me había vuelto fan de masturbarme frente a los espejos y de introducirme diversos objetos, los mangos de cepillos para el cabello eran mis favoritos.

Desde hacía unos meses atrás y con el consentimiento de papá, había reemplazado las enormes pantaletas de niña por lencería más fina y mucho más pequeña, también le quité varios centímetros a mi falda escolar, quedándome ésta muy por arriba de las rodillas, la única condición que puso mi padre para acceder a mis peticiones fue la de usar short bajo el uniforme, (condición que obviamente pasé por alto). Me volví una coqueta que dejaba vislumbrar pantaletas (cosa que actualmente sigo haciendo) en todos lados que me era posible, en la escuela, en la calle, en el transporte público e incluso en casa, muchas fueron las veces que sentada frente a papá y con el uniforme puesto abría “distraídamente” las piernas dejando ver mi ropa interior, desconozco que pasaría por la mente de mi progenitor en esos momentos, pero nunca me regaño por eso. ¿lo disfrutaría? Por que era más que obvio que SÍ me veía, ¿acaso le gustaba verle los calzones a su hija?. de haber sido así no lo juzgo, no lo tomo como un pervertido o un salido, a fin de cuentas también es ser humano y además era YO la que lo ponía en esa dura situación. Pobre de mi padre, cuantos difíciles momentos le hice pasar por culpa de mi desenfrenada promiscuidad.

Por aquellos mismos años mi monótona rutina cambió; el negocio de mi padre prosperó tras muchos años de trabajo duro, y pudo dar empleo a otras personas, por lo que el pasaría más tiempo en casa conmigo, esto me alegró mucho apesar de que ya no pude dar rienda suelta a mi lujuria, ya no podía darme dedo en donde quisiera y a la hora que quisiera, pero estaba feliz, mi casa ya no lucía triste y vacía. Sin embargo no todo fue color de rosa, pues mi padre comenzó a llevar a sus empleados a la casa a tomar con él, no importándole en absoluto que su hija adolescente estuviese ahí, la situación era un tanto excitante, más de una vez al llegar del colegio me encontré con una escena de borrachera en la casa, música y mucho escándalo, los empleados de papá me desnudaban con la mirada al verme llegar embutida en mi uniforme escolar, con mi faldita chiquita, yo más de una vez me sentí tentada de quedarme entre ellos y comenzar un acto de exhibicionismo, pero por algún tiempo no me atreví. Cierto día mi padre apareció en casa con un señor que yo no conocía, se trataba de un empleado suyo, un maduro de unos 40 años de cuerpo ligeramente musculoso y tenía unos ojos súper coquetos que me hipnotizaron de inmediato; se pusieron a beber como ya era costumbre, pero en esta ocasión pedí permiso a mi padre para quedarme en el salón con ellos y accedió, Octavio (así se llama aquel señor), resultó ser un típo muy agradable, me hizo reír mucho, me cautivó. Ese tal Octavio comenzó a ir a la casa muy seguido, se volvió muy cercano a mi padre y a mí, se ganó nuestra confianza. De más está decir que aquel hombre me encantaba, me hacía mojar las braguitas, no recuerdo cuantas veces le dedique una masturbada y era obvio que yo también le gustaba, no se si mi padre no se dio cuenta o no quizo darse cuenta, pero muchas fueron las veces que yo le coqueteaba casi descaradamente a ese hombre, aprovechaba cada ocasión para exhibirme ante el.

Un maravilloso día al volver de la secundaria me encontré con la “novedad” de que mi padre estaba en casa cayéndose de borracho, Octavio lo acompañaba pero el estaba mucho más sobrio que papá, me senté con ellos en la sala de estar y abusando de la borrachera de papá me serví un trago y comencé a beber con Octavio. El lector podrá imaginar lo que pasó a continuación, yo era ya de por sí bastante exhibicionista y esos tragos me desinhibieron por completo; mi faldita chiquita, mi padre durmiendo de ebrio y yo prácticamente sola en casa con el hombre que hacía que se mojara mi estrecha vagina, transformaron esa escena de borrachera por una escena erótica. No recuerdo exactamente en qué momento me senté en las piernas de Octavio y abrazando su cuello comencé a besarlo, ahí frente al dormido de mi padre Octavio comenzó a acariciar mis piernas y yo las abrí para que sus expertas manos entraran debajo de mi faldita escolar y acariciaran mi intimidad por encima de mi pequeña braguita haciendo que la empapara por completo; yo misma tomé a Octavio de la mano y lo condúje a la habitación de papá, inmediatamente al entrar continuamos el ritual de besos y caricias, yo era muy inexperta y simplemente me dejaba guiar por aquel hombre, estando ambos de pie, Octavio me dio vuelta y apoyo su bultoso miembro en mi culo mientras me besaba el cuello y estrujaba mis senos por encima de la blusa del uniforme, eso me tenía loca de placer; acto seguido me acostó en la cama, levanto mis piernas y haciendo a un lado mi ropita interior hundió su lengua en lo más profundo de mi virginal intimidad, ¡Dios!. Fue la primer vez que alguien me hizo sexo oral y fue delicioso, mejor que cualquier masturbada, mejor que cualquier mango de cepillo; su experta lengüita jugaba con mi pequeño clítoris haciéndome salivar de placer, en algún momento dejó de chupar mi sexo para desnudarme por completo, (aún recuerdo la desesperación con que lo hizo), también el se desnudó y se montó en mí, separó mucho mis piernas y mientras me besaba en la boca haciendo que probara mis propios jugos vaginales comenzó poco a poco a meterme ese delicioso pedazo de carne en mi estrecha y húmeda panochita, así piel a piel sin usar condón; empujó hasta que ese viril miembro entró a lo más profundo de mi sexo arrancando un lujurioso grito de placer de mis carnosos labios, (no me dolió en absoluto, muy por el contrario fue riquisimo), me la metía una y otra vez mientras me besaba en el cuello y en la boca, mientras estrujaba con fuerza mis pechos volviéndome loca de placer, yo solo atinaba a abrazarlo con mis piernas y a rasguñarle la espalda, mi boquita gemía y gemía de éxtasis; cuando sentí que su caliente esperma inundó mi interior terminé en el más delicioso orgasmo que había tenido hasta ese día.

Esa fue la primer vez que tuve relaciones sexuales con aquel hombre, pero no la última, fui su putita por al menos cinco años.