Reencuentro entre amigas y la fantasía de revivir viejas costumbres

NÉCTAR DE VENUS

Por Reriva.

El viaje había sido largo, estaba frente al domicilio anotado en la tarjeta que permanecía en su sudorosa mano. Lisa se preguntaba si habría sido buena idea emprender el viaje sin informarle a Eva de su llegada. Descendió del vehículo con toda parsimonia, a medida que lo hacía, sentía como los latidos del corazón se incrementaban; la sangre parecía abultarse en su pecho y abandonar el resto de su cuerpo.

El timbre tenía un elegante sonido de campana. Los pocos instantes que antecedieron a la respuesta se le hicieron eternos. La puerta se abrió y apareció ante ella una muchacha uniformada que rondaba los veinte años.

—¿Qué se le ofrece? —preguntó la joven con gesto amable.

Lisa estaba muy nerviosa, se deshizo dando explicaciones, diciéndole que venía a visitar a Eva, que era su amiga desde hacía muchos años, pero que tenían mucho tiempo sin verse, que había venido a visitarla de sorpresa y que quería que la anunciara, pero que no quería que le dijera quién era… A medida que la escuchaba, la joven fue esbozando una sonrisa, divertida ante la situación.

—No se preocupe, ya entendí lo que me quiere decir —un guiño de complicidad le hizo notar la desbordante simpatía de la chica, que la hizo pasar y tomar asiento en un sillón de la sala—. Espéreme tantito, ahorita se la traigo…

La muchacha se alejó riendo divertida. El uniforme le sentaba de maravilla, favorecía tanto la figura de la jovencita que Lisa no pudo evitar seguir el contoneo de su trasero mientras se alejaba en busca de su entrañable amiga. Al poco rato escuchaba dos voces discutiendo al tiempo que se aproximaban.

—Verónica, pero si yo ya te dije que no compré nada.

—¿Qué quiere que haga, señora?, me dio su nombre y sus datos, dice que usted lo pidió y que no lo puede devolver…

—Pero si yo no pedí nada…

—Pero a mí no me diga nada, dígaselo a ella… —la chica señaló Lisa que se había puesto de pie mientras tanto.

Eva quedó pasmada, ante la figura de Lisa. El silencio resultante fue roto por una ligera carcajada que Verónica emitió, antes de retirarse dedicó una reverencia a Lisa diciendo: «Servida, señorita».

Las dos mujeres quedaron solas, frente a frente, a unos cuantos pasos de distancia, que fueron acortándose de manera casi imperceptible. Finalmente, las dos se estrecharon en un fuerte abrazo, en el que cada una quería sentir el cuerpo de la otra, como tratando de confirmar que era real la presencia que tenían ante sí. Ninguna de las dos pudo evitar derramar lágrimas de ante tan ansiado reencuentro.

Después del impacto inicial de el reencuentro. Tomaron asiento, sosteniéndose de las manos mutuamente. Eva apretaba fuertemente las manos de Lisa, se le notaba inquieta, casi desesperada. Mientras charlaban alegremente poniéndose al tanto de sus vidas, no podía evitar buscar con su mirada los hermosos ojos grisáceos de su amiga. Luego se veía afectada por un nuevo apreso de risa, se tranquilizaba acariciando disimuladamente el rostro encendido de Lisa.

—No puedo creer que al fin estés aquí, Lisa…

Verónica se apareció nuevamente, para ofrecerles una bebida que aceptaron de buena gana al tiempo que festejaban las ocurrencias de la joven. Al tiempo, Eva aprovechó para pedirle que preparara el cuarto de huéspedes para su amiga, que pasaría algunos días en la casa.

—Ven conmigo, Lisa; voy a mostrarte tu habitación.

Eva prácticamente la arrastró hasta su recámara, cerró la puerta tras de sí y contra ella recargó la espalda de Lisa, le levantó la falda al tiempo que se ponía en cuclillas, pegó su boca directamente en la entrepierna de Lisa y comenzó a succionar con desesperación. Ante tal acción, Lisa suspiró profundamente, abandonándose a las caricias de la rubia que saboreaba el líquido que la excitación había producido y que ahora se filtraba a través del fino encaje blanco de la más íntima de sus prendas.

—No es que me disguste lo que estás haciendo, cariño; pero me hubiera gustado más que me hubieras besado antes.

Momentos después, Lisa sintió flaquear sus piernas y sus manos que permanecían recargadas a los costados de su cuerpo se movieron de lugar, enredando sus dedos en la rubia cabellera de Eva y haciendo presión para que no abandonara su posición. La reacción de Lisa le anunció a Eva la proximidad de su orgasmo, incrementó la intensidad de su succión, una descarga de líquidos le confirmó el suceso, continuó succionando y lo hizo cada vez más levemente hasta que el resabio de la descarga disminuyó. Luego se puso de pie, sus ojos buscaron los de ella, acercó su rostro rozando con su nariz la de Lisa.

—Disculpa, mi amor; estaba ansiosa por saborearte así.

Tomó con ambas manos la cabeza de Lisa y se apoderó de su boca, succionando sus labios y su lengua con la misma intensidad con la que momentos antes lo había hecho con su entrepierna. La sesión de besos apenas comenzaba, Eva tenía muchas ganas de extenderla indefinidamente, pero la situación no se lo permitía. Como lo esperaba, no tardaron en llamar a la puerta, era Verónica que venía a preparar la recámara para la visitante.

Eva y Lisa se recompusieron apresuradamente, se ayudaron mutuamente, entre divertidas y alarmadas. Cuando juzgaron estar totalmente presentables, Eva abrió la puerta. Verónica, la simpática muchacha del servicio entró llevando un juego de sábanas y haciendo comentarios que denotaban su alegre manera de ser al tiempo que preparaba la cama para la visitante. Eva y Lisa permanecían en la habitación disfrutando del resabio de las caricias compartidas apenas momentos antes. De vez en cuando sus miradas se encontraban tratando de que el ardor que las encendía pasara desapercibido para Verónica, quien no paraba de hablar y hacerles preguntas.

—¿Hace mucho que se conocen? —preguntó Verónica.

—Sí, estuvimos juntas en el internado —contestó Lisa.

—¿Con las monjas?

—Sí, con las monjas —repuso Eva…

—Pobrecitas de ustedes, no me hubiera gustado estar en sus zapatos. Deben haber sufrido mucho.

—No, cómo crees… —Lisa soltó una sonora carcajada, secundada por Eva—. Eran estrictas, claro; pero tampoco eran unas carceleras malditas como en algunas películas.

—Además, era un lugar precioso —añadió Eva.

—Y tenía un jardín de ensueño, me encantaba verlo desde el dormitorio todas las mañanas.

—Pues le tengo muy buenas noticias, Señorita. No es por nada, pero este cuarto es el más bonito de toda la casa, mire nada más que bonita vista tiene al jardín.

—¿En serio?

Lisa dio unos pasos hasta el ventanal y corrió las cortinas. Verónica no mentía, la recámara estaba ubicada en el segundo piso y desde ahí se tenía una vista magnífica al fastuoso jardín de la casa. El ventanal se abría y daba a un balcón, Lisa se dio cuenta de ello e instintivamente buscó el mecanismo para poder abrirlo, pero se contuvo al percatarse de que tenía el seguro puesto.

—Ábrala y asómese desde el balcón con toda confianza, está en su casa… ¡ups! —reaccionó Verónica, dándose cuenta de que se estaba tomando atribuciones que no le correspondían, por lo que volteó a ver a Eva a manera de disculpa—: ¿Verdad, Señora?

Eva soltó una carcajada minimizando con un ademán la metida de pata de la muchacha.

—No hay cuidado, Vero; ésta también es tu casa. Pero tienes toda la razón. Vamos, Lisa… —Eva se encaminó y le mostró a Lisa la forma en que se quitaba el seguro.

Apenas se abrió el ventanal, Lisa se sintió atraída por un extraño cúmulo de sensaciones al contemplar directamente el jardín. Se recargó en la balaustrada de piedra y aspiró el aroma que flotaba en el aire. No se trataba solamente de un perfume, Eva había construido una replica del jardín del internado, tan fiel, que hasta el aroma despedido era el mismo. Cerró los ojos para percibir mejor los recuerdos que ese perfume traía a su mente. Llevó sus manos al rostro conmovida al borde de las lágrimas. Ya no pudo contenerse cuando sintió el cuerpo de su amiga recargarse a sus espaldas, sus brazos rodeando su cintura para apretarla fuertemente, haciendo coincidir el vértice de sus piernas con su trasero. Lisa podía imaginar a pesar de las ropas, los pezones erectos de su amiga punzando en su espalda. Esa era una postura que acostumbraban en sus años del internado y generalmente era Eva la que la abrazaba así, aunque de vez en cuando la postura era inversa. Permanecieron entrelazadas de ese modo durante largo tiempo. Se habían transportado a otra dimensión, abandonando completamente la noción del espacio y tiempo que la realidad les reclamaba para sumergirse en el cúmulo de sensaciones que en ese instante las tomaban por asalto. La excitación no había menguado en ningún momento, de modo que la calidez del momento era francamente inaplazable.

—¿Cómo lo lograste? —susurró Lisa, acariciando con suavidad los brazos que la rodeaban, sentía cómo la respiración agitada de Eva buscaba refugio en su cuello, Lisa no pudo menos que girar un poco su rostro para permitir el beso por el que ambas bocas clamaban.

—Fue una labor de mucha paciencia… —agregó Eva en la primera pausa que el beso les permitió, la miraba intensamente, sus labios se rozaban y ambas respiraban sus alientos entremezclados con el perfume del jardín—… movida por la nostalgia… —completó la idea intercalando un suave beso entre cada frase—… e inspirada por el amor… —remató ofreciéndole el beso más largo y profundo que le hubiera entregado jamás.

Fueron abrasadas por la pasión, Eva deslizó sus manos en ascenso, recorriendo con gran lentitud la anatomía de Lisa, hasta que cada una de sus manos se apoderó de un seno, los aprisionó; eran de la justa medida que recordaba, nunca había pensado en ellos como grandes o pequeños, simplemente sabía que eran del tamaño adecuado para ser contenidos y acariciados por sus manos.

—Nunca quise apartar de mí esos momentos que vivimos tú y yo en el internado. Nuestro despertar al amor, nunca he sido tan feliz como lo fui contigo y todos estos años he tratado de reconstruir el escenario en que vivimos nuestra felicidad. Solamente faltabas tú para que estuviera todo en su sitio, sólo faltaba tu aroma envuelto en el del jardín…

Una mano de Eva se deslizaba delicadamente en busca de la entrepierna de Lisa que estaba hecha un manantial de excitante humedad, tras sortear los obstáculos que representaban las ropas, Eva finalmente hundió un par de dedos en las profundidades de su adorada amiga. Luego de hurgar unos instantes en la cálida cavidad, retiró sus dedos llevando consigo el fruto de su incursión, los llevó a la altura de su rostro, donde ambas podían deleitarse con el aroma de la pasión.

—Es este el aroma que completa el perfume que me hace feliz… Sólo hay algo mejor que esta fragancia… —Lisa la miró a los ojos interrogante— … tu sabor… —y Eva hundió lentamente los dedos en su boca, perfectamente sincronizados con los dedos de su otra mano que hacían exactamente lo mismo entre las piernas de su amiga, que hizo acuse de ello con un largo suspiro.

Lisa veía embelesada como Eva degustaba sus dedos impregnados con sus jugos, lo hacía lentamente, con fruición; tenía los ojos cerrados y con un gesto que la hacía ver como sumida en un trance hipnótico del que también ella estaba siendo víctima porque no pudo resistirse y se sumó al ritual compartiendo su boca con ella, buscando también el sabor del que estaban impregnados los dedos.

De vez en cuando los dedos que se hundían en la entrepierna intercambiaban su lugar con los de la boca y el frenesí sensual continuaba, siempre en ascenso, a medida que la excitación se incrementaba y el efecto de las ansiosas caricias de Eva se dejaba sentir en la intimidad de Lisa, que no podía resistir los estragos que el placer le causaba, de modo que finalmente fue arrollada por los espasmos del orgasmo.

—¿Lo sientes ahora, mi amor? Me siento nuevamente plena, feliz… En mi boca sólo faltaba el sabor de eso que tú y yo llamamos de una manera especial… ¿Lo recuerdas?

—Sí… «El Néctar de Venus»…

Momentos después, Eva y Lisa estaban de vuelta en la tierra, sólo entonces repararon en la muchacha que se había quedado en la habitación arreglando la cama. Un escalofrío recorrió la espalda de Eva. Ambas entraron en la habitación, pero ya no había rastro de Verónica. La cama en cambio estaba preparada para ser ocupada de inmediato, casi podría interpretarse como una invitación. Eva estaba pasmada preguntándose si las habría visto. Lisa en cambio, parecía divertida.

—Por supuesto que se dio cuenta, hermosa… ¿No lo estás viendo?

Eva estaba angustiada, paralizada al pie de la cama. Lisa se sentía más cómoda en esta situación, era a lo que estaba acostumbrada con Eva, cuyos arrebatos de las últimas horas la habían mantenido, aunque placenteramente excitada, sin algo que le era vital: el control. De modo que decidió tomarlo y sacarle jugo al escenario que ahora se le presentaba. Ahora fue ella quien se recargó en la espalda de su anfitriona apretándola suavemente por la cintura.

—¿Qué es lo que temes?, ¿Qué te expulsen, acaso? —le susurró al oído.

Eva sonrió nerviosamente sin estar totalmente convencida de que debía estar tranquila.

—Ella no nos hará daño… Simplemente, se dio cuenta de lo nuestro y se alejó para que pudiéramos estar tranquilas, ¿no te das cuenta? —las palabras de Lisa eran acompañadas por una serie de suaves besos en el cuello, que poco a poco iban doblegando a la rubia.

—Tranquila, amor; déjate llevar y disfrutemos…

Las palabras y las caricias de Lisa disipaban lentamente los nubarrones que se habían formado en la mente de Eva, al grado que ella misma recogió su cabello para dejarle espacio libre a la boca que recorría su cuello y espalda, se dejaba llevar mientras su vestido se deslizaba en dirección al suelo, arrastrado por la gravedad y seguido por las caricias de Lisa que recorrían su espalda, dejando una efímera estela de humedad en la piel recién acariciada por la tela. Lisa siguió todo el trayecto hasta acabar de rodillas en el suelo sentada en sus talones en un ritual que consistía en recorrer totalmente el dorso de las piernas de Eva con su lengua y boca mientras sus manos se deslizaban por el frente.

Bastó un ligero empujón a sus nalgas para que cayera suavemente sobre la cama. Lisa se arrodilló en la cama con las piernas abiertas dejando entre ellas la figura de la hermosa rubia, la contempló durante unos instantes, plácidamente recostada boca abajo, enfundada tan solo en un discreto conjunto de ropa interior y expectante de lo que le deparaba. Lisa se montó sobre el trasero de Eva, levantó su falda hasta la cintura para poder abrir mejor sus piernas buscando el mayor contacto posible de su entrepierna con las nalgas de su amiga, inició un suave vaivén que producía una agradable ficción de fibras y pieles. Sus manos también entraron en acción y en perfecta armonía con sus otros movimientos comenzaron un delicado masaje en la espalda baja de la mujer que, a su juicio, era poseedora de la piel más tersa y suave que jamás hubiera acariciado. Esta revelación la llevó a tratar de hacer un rápido recorrido entre las múltiples pieles que sus manos habían recorrido en un ritual semejante al actual, acabó encontrando uno igualmente grato en una piel equiparable, pero la protagonista era la misma mujer que acariciaba en este instante.

—Tú ya me obsequiaste un par de hermosos orgasmos. Quiero que ahora seas tú la que disfrute —fue la promesa de Lisa mientras sus manos se elevaban en la prolongada caricia.

—Soy tuya, lo sabes, y no opondré resistencia, como no lo he hecho desde aquella vez.

«Aquella vez». Era precisamente a la que Lisa se había remitido, recordando su primer encuentro en los años en que compartieron habitación en el internado, había sido muy parecido a lo que vivían justo ahora, pero en ese entonces ninguna sabía cómo terminaría el masaje.

—Tus nalgas siguen siendo tan bonitas como las recordaba, siempre me volvieron loca…

Un sordo gruñido, parecido al de una gata en celo, fue la única respuesta que recibió el comentario de Lisa. Eso la excitaba, Eva lo sabía muy bien. Habían iniciado su relación como un juego en el que ambas se obsequiaban masajes, Lisa había iniciado de manera espontánea con esa costumbre que les dejaba una sensación relajante primero, excitante después…

—¿Ya te sientes mejor?, ¿Estás relajada?

—Hace rato que estaba relajada, pero ahora ya no…

—Entonces, ¿cómo te sientes ahora? —preguntó Lisa con una hermosa sonrisa dibujada en el rostro.

—Caliente… —comentó Eva, exactamente como lo hizo aquel día.

—¿Mucho?

—Sí; muy caliente…

—¿Es la primera vez que te pones así?

—No… Siempre me pones así; pero es la primera vez que te lo digo… —las dos estaban conectadas, tanto, que estaban jugando a recordar la primera vez.

Lisa se recostó sobre la espalda de Eva procurando mirar fijamente los ojos de su amiga que destacaban como dos luceros en su rostro encendido, acercó su rostro hasta sentir su aliento cálido confundiéndose con el propio.

—Pues quiero que sepas que yo no soy de piedra… y mucho menos cuando te tengo entre mis manos…

Eva cerró los ojos y entreabrió sus labios. Lisa no pudo menos que aceptar la invitación. No sólo fue el primer beso entre ambas, era el primer beso de ambas. Era una sensación exquisita que no querían dejar que se extinguiera, cuando parecía que la caricia llegaba a su término, la retomaban con más bríos que antes y se exploraban mutuamente cada rincón de sus bocas, de sus lenguas, con paciencia y detenimiento en momentos, en otros se devoraban y succionaban con ansiedad. Se abrazaban fuertemente pegadas la una a la otra de modo que las ropas parecían desintegrarse entre ambas, sus piernas se enredaban con fuerza frotando su entrepierna en el muslo de la compañera. De vez en vez giraban intercambiando posición. En esta ocasión cayeron de la cama, pero las sensaciones eran tan intensas que ni se dieron por enteradas y continuaron enredadas en un espacio mucho más amplio que la cama, en un momento dado, sus músculos todos, se tensaron y el abrazó se estrechó volviéndolas una sola criatura unida por la vorágine del orgasmo sincronizado, intenso, interminable y agotador. Se sumergieron ahora en una calma tierna en la que continuaron prisioneras de la boca ajena, mirándose, a ratos sonreían y volvían a compartir sus besos susurrando.

—Te amo… Quiero vivir siempre así…

Se miraban intensamente, sonreían y los besos se sucedían nuevamente. El torrente se llenaba nuevamente de pasión y la intensidad de las caricias se incrementaba en una nueva oleada de sensaciones hasta llevarlas a caer en cascada, en un nuevo orgasmo compartido, cada vez más devastador que el anterior. Ese camino lo anduvieron muchas veces el día de su primer encuentro, de manera idéntica lo hicieron en esta conmemoración maravillosa. De igual manera solamente el cansancio las contuvo, quedaron rendidas, agotadas, pero no saciadas.

* * *

Fueron un par de suaves toques en la puerta los que la sacaron del letargo del sueño. Cuando Lisa los volvió a escuchar tuvo la certeza de que eran parte de la vigilia. Sonrió, se sintió maravillada de despertar en brazos de una realidad mucho tiempo soñada, finalmente recibía la luz del día en compañía de la mujer amada, sin prisas, sin sobresaltos.

Se puso de pie y atendió la puerta, al abrir se encontró con el desayuno dispuesto en una charola. Volteó a un costado, y al fondo del pasillo se encontró con la silueta de Verónica que le saludaba con un ademán al tiempo que le dedicaba una sonrisa pícara. Lisa correspondió con otra sonrisa y vio desaparecer a la joven que aparentemente sólo quería cerciorarse de que su entrega fuera recibida. Tomó la charola y cerró la puerta de un caderazo. Contempló nuevamente a Eva que permanecía en el suelo alfombrado, enredada entre sábanas. Tras dejar la charola sobre la cama, se deslizó con extrema cautela, metiéndose bajo las sábanas para obsequiar a la rubia un agradable despertar. Consiguió ubicarse exactamente donde lo deseaba, y con gran suavidad comenzaron sus caricias. Durante los primeros instantes, Eva no atinaba a descifrar si la sensación entre sus piernas era fruto de sus sueños o si pertenecían al mundo real. No fue sino hasta unos minutos después que despertó completamente con la certeza de que era Lisa quien le prodigaba un maravilloso cunnilingus, las placenteras sensaciones se fueron incrementando hasta que arqueó su espalda, la sujetó de los cabellos y sus muslos aprisionaron su cabeza hasta casi asfixiarla. Señal inequívoca del magnifico orgasmo que experimentaba. Lisa se siguió esmerando en las caricias hasta que por fin el efecto del orgasmo se fue diluyendo, dando paso a un agradable calorcito. Ascendió hasta que pudo ver directamente el rostro encendido de su amada y le sonrió diciendo:

—Buenos días, dormilona…

Como única respuesta, Lisa sintió su boca asaltada por la de Eva, que buscaba saborear el húmedo néctar con que su intimidad había impregnado todos los rincones que su lengua se dedicó a recorrer con ansiedad al principio y después con gran parsimonia.

—Es hora de desayunar, mi vida —dijo Lisa, en la primera oportunidad…

—¿En serio? —preguntó Eva reanudando inmediatamente la sesión de besos.

—No pude soportar la tentación de comenzar comiéndome el postre —repuso Lisa, respirando entrecortadamente, tratando de aligerar y espaciar más las caricias.

—Ja, ja, ja… Tengo que reponer fuerzas por si quieres repetir postre en un rato más.

—Eso tenlo por seguro, preciosa. Pero antes, debemos comer algo menos “amoroso”.

Le dieron un reposo a medias a la pasión para ingerir el desayuno, que era ligero para no atiborrarlas, pero no tan escueto como para dejarlas con hambre. La joven del servicio daba muestras de poseer una singular intuición que permitía cumplir con las necesidades de la pareja sin que se le expresara nada al respecto. La ingestión de alimentos no estuvo para nada exenta de caricias y palabras tiernas, de modo que culminaron el desayuno otra vez envueltas la una en los brazos de la otra, devorando la boca ajena con la propia. La calentura aumentó tanto, que Lisa acabó cumpliendo su promesa de repetir postre, brindando en consecuencia un orgasmo glorioso a su anfitriona.

Intentaba recuperarse del mismo, cuando Eva descubrió una tarjeta en la charola. Era un mensaje que había escrito Verónica y le avisaba que el baño estaba preparado para el momento en que gustaran tomarlo.

—Tú ya comiste doble postre, y yo no me he comido el mío todavía —comentó Eva con una sonrisa coqueta—, Verónica nos preparó el baño para que yo me coma ahí mi postre.

—Dios mío, tienes un tesoro en casa. Creo que me estoy enamorando de ella… ¡Sabes que es broma, preciosa! —se apresuró a reponer Lisa ante la mirada de reprobación de Eva.

Ambas se dirigieron al baño, no había seña de Verónica por ninguna parte, pero estaba todo dispuesto, ciertamente, la joven parecía dotada de una intuición especial para facilitarles las cosas. Tomaron un largo y placentero baño, compartiendo besos y caricias que continuamente las llevaban al éxtasis amoroso, pero todo ello en un tono suave, pletórico de ternura. En un momento dado, Eva se empeñó en “comerse su postre”, y de paso poner en práctica algo imaginado por muchos años, transformarse en una especie de ventosa y permanecer unida a la entrepierna de su amada Lisa, tratando de prodigarle el mayor número de orgasmos posibles. Se ayudó con un par de dedos que se empeñaban en buscar el punto exacto que alguna vez había descubierto casi accidentalmente, el estremecimiento que sintió en el cuerpo de Lisa le dio la certeza de que había dado con él, y entonces se dedicó a estimularlo, casi con crueldad. Tras el primer orgasmo, Lisa le pidió piedad, pero Eva no estaba ni cerca de concederla y continuó hasta desmadejarla, hasta desgranarla en una serie de orgasmos tan intensos como interminables, cada uno de ellos acompañado de una descarga de líquido cada vez menos abundante, era el néctar de Venus que Eva bebía con fruición.

Lisa casi había perdido el sentido, le costó bastante reponerse de tal experiencia. Decidieron salir del agua, había un inexplicable silencio, como si temieran romper el encanto de lo acontecido. Sólo atinaban a dedicarse sonrisas y de vez en vez unían suavemente sus bocas temblorosas, casi sin tocarse. Húmedas, volvieron a la recámara, donde se secaron lentamente, con parsimonia, contemplándose mutuamente y cada una recorriendo la anatomía entera de la otra, detallando, tratando de memorizar cada rincón, cada poro de la piel amada. Y así se tendieron en la cama, abrazadas, enredadas en su desnudez, se apretaron fuertemente, como tratando de evitar que el más hermoso de los sueños se les esfumara de entre los dedos.

—No tienes idea del tiempo que estuve soñando con vivir lo que hemos pasado estos días —rompió el silencio Eva, finalmente, susurrando al oído de Lisa—. Dime, ¿cuánto tiempo durará este sueño?

—Un par de días más… solamente.

—No quiero que te vayas.

—No quisiera hacerlo, pero bien sabes que no puedo. Debo volver…

—Esta vez no creo poder resistir la separación —la voz de Eva se quebraba al tiempo que su boca buscaba la de Lisa, ninguna pudo evitar que las lágrimas rodaran al tiempo que su abrazo y su beso se hacían cada vez más intensos.

* * *

La casa era enorme, tenía más habitaciones de las que se llegarían a usar, amplios y hermosos jardines. Era el lugar perfecto para aquella celebración. Y es que no muchas parejas pueden cumplir cincuenta años de casados. El evento era grande, casi todos los invitados eran parientes, unos cuantos eran amigos. Por supuesto que Eva estaba invitada y acudió acompañada de Lisa, esta última iba con bastantes reservas. Se sintió gratamente sorprendida al notar la calidez de tal familia, pese a ser la familia política de Eva, le manifestaban bastante afecto y se respiraba en el aire un ambiente de franqueza y sinceridad que pronto la hicieron sentir como parte de ellos.

—Y bien, ¿qué opinas de mi familia política?

—Ay, Eva; que envidia, se ve que te quieren un montón.

—No estoy demasiado segura de que sea a mí exactamente a quien quieren… Antes de que ellos murieran no eran así conmigo… a ellos los querían muchísimo y ahora siento que ese afecto lo proyectan en mí…

—No seas tan severa contigo, por supuesto que es a ti a quien quieren… aunque sabes que nunca te querrán más que yo…

Sus manos se buscaban continuamente, se apretaban con fuerza, como tratando de mantener al lado a la mujer amada, como un desesperado intento por postergar un instante más lo que a la postre parecía inevitable.

Eva, hacía las veces de guía y de cuando en cuando, se ofrecía para mostrarle a Lisa algún lugar interesante de la casa, de modo que, con dicho pretexto, continuamente se desaparecían, buscando un rincón que les proporcionara algo de discreta privacidad y ahí se entregaban a sus caricias, que lejos de saciarlas, las dejaban con ganas de más.

En una de esas escapadas la llevó a conocer el cuarto de lo cachivaches, una especie de bodegón separado de la casa principal donde guardaban las cosas viejas. Lisa esperaba ver todo lleno de polvo y de telarañas, pero se sorprendió de ver las cosas acomodadas de manera casi impecable, como si estuvieran en exhibición, aunque algo apiladas. Estuvieron curioseando por un buen rato, Lisa andaba por delante y Eva la seguía respondiendo a sus preguntas, siguiendo con su mirada el contoneo de sus caderas al caminar. Llegó el momento en el que Lisa ya no tenía hacia donde avanzar y se recargó de espaldas contra la pared, se quedó mirando fijamente a Eva que permanecía a varios metros de distancia.

—¿Sabes? Me siento algo incómoda, algo me está molestando… —dijo Lisa, esbozando una mueca.

—¿Y qué es eso que te molesta? —preguntó Eva avanzando un par de pasos.

Lisa tomó el borde del vestido por la parte posterior y lo elevó muy lentamente, sus dedos sujetaron la única prenda íntima que llevaba puesta y lentamente la fue deslizando hacia abajo hasta sacarla primero elevando una pierna y después la otra. Finalmente la mostró a Eva sosteniéndola únicamente con su dedo índice.

—Ah, era esto… —suspiró Lisa aliviada— ya me siento mucho más cómoda.

Una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro de Eva que siguió avanzando hasta estar a escasos centímetros de Lisa.

—Tú también luces algo incómoda, déjame ayudarte…

Lisa puso en práctica en Eva lo mismo que acababa de hacer en ella para aliviar su incomodidad, hurgó bajo el vestido y llevó a cabo la operación mucho más lentamente, con la total cooperación de la rubia.

—¿Ya te sientes mejor? —preguntó Lisa cuando ya sostenía una prenda en cada mano.

—No, de hecho me siento mucho más incómoda… —declaró Eva rozando la punta de su nariz con la de Lisa.

—¿En serio?

—Sí, me dio mucho más calor… y sed… —ahora sus labios eran los que se rozaban.

—Probablemente mi boca pueda saciarte… bebe de ella…

Sus bocas se fundieron larga y profundamente, alternando verdaderas embestidas llenas de ansiedad en las que se besaban como queriendo devorarse mutuamente, mientras que las manos de Eva recorrían impúdicamente la anatomía de Lisa, ya por encima de sus ropas o hurgando bajo ellas en sus más íntimos recovecos. Luego venían momentos plenos de ternura, en los que simplemente se contemplaban rozando sus labios y respirando sus alientos.

—Quédate conmigo… —susurró Eva mientras delineaba el hermoso rostro de Lisa con las yemas de sus dedos, lo hacía con mucha delicadeza, casi sin tocarla, como si fuera del más fino y delicado de los cristales.

—Quédate… —repuso la rubia ante el silencio de Lisa.

—Por favor… —insistió su voz trémula, con la vista fija en los brillantes ojos que empezaban a humedecerse. Un instante y la primera lágrima rodó, humedeciendo la mano con que Eva acariciaba la mejilla de Lisa.

—Sería una ingrata si lo hago —finalmente pudo pronunciar Lisa—. No voy a abandonar a alguien con quien me comprometí a estar hasta que la muerte nos separe, no romperé mi promesa.

—Pero lo hiciste por despecho. Sé que me amas a mí.

—Claro que sí y no lo puedo negar. Además, siempre lo has sabido y aún sabiéndolo, tú hiciste lo que hiciste…

—Yo era muy joven, no sé porqué lo hice.

—¡Claro que lo sabes! Lo hiciste por el “qué dirán”… Sí, yo actué por despecho, porque a ti era a quien amaba y hubiera hecho cualquier cosa por estar contigo y lo sabes.

—¿No crees que ya hemos sacrificado demasiado?

—No somos las únicas. Ha hecho mucho por mí y no le puedo ser tan ingrata. Sacrificó mucho por mí y no le puedo pagar así… Lo que me pides es injusto y lo sabes. Cuando decidiste casarte con él, también decidiste que no estaríamos juntas jamás. Ahora que él está muerto no es tan sencillo retomar aquello a lo que renunciaste, porque bien sabes que yo no soy libre. Deseo más que nada en el mundo estar a tu lado, pero tengo principios, tengo responsabilidades que debo cumplir.

—Cierto. Ahora estoy sola, y lo tengo bien merecido. Son las consecuencias de mis actos.

—De ningún modo estás sola, mi amor. Mira a tu alrededor, estás rodeada de gente que te ama.

—Sabes a que me refiero, yo quiero tener a alguien a quien pueda amar como te he amado a ti estos días maravillosos, quedar exhausta, amar hasta caer desfallecida de placer y tener siempre ganas de más…

—Esto es un espejismo, lo estamos disfrutando mientras dura, pero ambas sabemos que irremediablemente se esfumará. Si finalmente, el destino se empeña en ordenar las cosas de tal modo que tú y yo podamos estar juntas, lo acogeré con gusto; pero te pido que si en el trayecto, alguna vez el amor llama a tu puerta, no le niegues la entrada.

Eva tenía sus manos posadas en las caderas de su amada Lisa, las elevó recorriendo con ansias su espalda y la atrajo hacia sí de golpe abrazándola tan fuerte como podía, hundiendo el rostro en el cuello de Lisa, aspirando profundamente su perfume, permanecieron así unos instantes, Lisa no tardo en sentir la humedad de las lágrimas de Eva confundidas con la humedad de sus labios, con las caricias de su lengua que insistía en recorrer su piel. El calorcillo las envolvía nuevamente, la mano derecha de Eva descendió poco a poco hasta posarse más allá de su espalda, en esas protuberancias firmes y delicadas que la habían enloquecido desde siempre, acariciaba primero de manera suave y después apretujaba casi hasta lastimar, primero una, después la otra. Lisa, que hasta el momento permanecía pasiva sentía que su temperatura aumentaba cada vez más; sintió que finalmente la mano de Eva se posaba entre sus nalgas, pugnando por hundirse cada vez más entre ellas, la otra mano bajó a hacerle compañía a la primera; finalmente sintió el roce de su pubis con el de Eva, se acomodó de tal forma que facilitó el contacto, la sensación traspasaba las delgadas telas de sus vestidos, sus prendas íntimas habían abandonado sus cuerpos un par de incursiones antes, Lisa apretaba la suya en una mano y la de Eva en la otra, las dejó caer cuando sus bocas se fusionaron apasionadamente, para poder abrazarla mejor.

Era el abrazo perfecto, en el que siempre habían comprobado que estaban hechas la una para la otra: sus bocas unidas, sus lenguas hurgando en los adentros de la otra, Lisa bordeando el cuello de Eva, sus senos estrujándose mutuamente, las manos de Eva adueñadas de las nalgas de Lisa, presionando entre éstas acompasadamente en un ardiente vaivén, en el constante y delicioso roce de sus entrepiernas que encajaban perfectamente, dos anatomías difícilmente podrían ser tan compatibles al grado que lo eran las suyas. La pasión fue incrementando el calor corporal, las sensaciones cada vez más intensas y la llegada del orgasmo era más que inminente, y llegó, como una cascada interminable, en breves instantes que se eternizaban porque ellas parecían tener la habilidad de detener el tiempo, mientras compartían el máximo goce a que un mortal puede aspirar en esta vida.

Luego del ensueño, el regreso, la vuelta a la realidad, pero envueltas aún en ese halo de disfrute sin igual que acababan de compartir. Tras recomponerse un poco, volvieron al exterior, al enorme jardín donde estaban todos reunidos.

—Tú adelántate, yo te alcanzo en un momento —dijo Lisa señalando su entrepierna.

Eva comprendió al ver la huella de humedad dibujada en el vestido de Lisa, seguramente vagaría por ahí mientras se disipaba. El mismo rastro de humedad era tal vez más significativo en el vestido de Eva, así se lo hacía sentir el frío del ambiente, sin embargo le favorecía el color del vestido que disimulaba la huellas del encuentro.

Iba en camino a reunirse con sus parientes cuando vio acercarse a ella a Brea, su cuñada pequeña. De las hermanas de su difunto esposo era quizás la más cercana a ella. Siempre había sido muy cariñosa y le había manifestado una admiración especial.

—Eva, que gusto me da verte de nuevo —dijo Brea al tiempo que la abrazaba y le daba un beso en la mejilla.

—Brea, ¿dónde te habías metido que ya tenía mucho sin verte!

—Por ahí… Por ahí… Mira nada más, sigues siendo la cuñada más hermosa del mundo.

—Gracias —contestó Eva ante el halago de la joven—, y tú ya eres toda una mujer y cada que te veo te pones más bella.

—Ja, ja, ja… Lo dices nada más para corresponder a mi “piropo”, pero yo sé que no hay comparación entre tu belleza y la mía.

—Ay, no digas eso, que eres bastante guapa…

—¿Te parece?, no lo creo, he visto esas cosas raras que algunos llaman espejos y créeme que si acaso llego a “bonita”; en cambio tú…

Eva reía alegremente ante las ocurrencias de su cuñada, ella siempre lograba arrancarle alguna sonrisa, a pesar de lo negro que estuviera el panorama.

—Hola, ¿no me presentas a esta hermosura de mujer? —escucharon ambas a sus espaldas, era Lisa que estaba de regreso.

Eva hizo la presentación de ambas y se integraron en una conversación que si bien no era trascendental, si resultó bastante divertida. Finalmente, Brea las dejó para ir a saludar a sus primas. De pronto, tras alejarse la muchacha, el ambiente parecía haberse tornado denso.

—Lo dicho, esta familia te quiere un montón…

Eva permaneció en silencio y apretó fuertemente la mano de Lisa. Sus ojos estaban vidriosos, el nudo formado en su garganta no le permitía articular palabra alguna. Volteó a ver a Lisa directamente a los ojos, su mirada lo decía todo, era otra vez la misma suplica. Lisa sumó su otra mano a la que ya apretaba Eva y con la sola mirada le daba la misma respuesta, ella tampoco podía hablar. Con una inusitada sincronía un par de lágrimas rodaron de los ojos de ambas.

—¡Eva, Lisa; vengan que ya va a empezar..! —la voz de Brea a lo lejos las sacó del ensimismamiento.

Era la ceremonia en la que los suegros de Eva reafirmaban su compromiso a cincuenta años de distancia. Todo transcurrió con normalidad, después llegó la hora del banquete. Brea había dispuesto los lugares en la mesa, ella se sentaría a un lado de Lisa y frente a ellas Eva. Las primas de Brea estaban cerca, eran más o menos de su edad y animaban mucho la plática. Eva notó que Brea y Lisa habían hecho muy buenas migas y no paraban de hablar entre ellas. A su vez una de las primas de Brea decidió acaparar la atención de Eva, pues resultó un tema en común que a ambas apasionaba. De vez en vez volteaba a ver a Lisa que parecía llevarse la mar de bien con Brea y sus primas. De pronto, empezó a sentir el cosquilleo de un pie travieso haciendo de las suyas bajo la mesa, miró a Lisa de reojo y ésta le dedicó una breve sonrisa y luego se volteó para continuar comiendo y charlando con Brea.

Era una situación tan incómoda como excitante, Lisa había decidido jugar “en público”, Eva tenía verdadero pavor de ser descubierta, pero eso mismo elevaba su temperatura a grandes alturas. La incursión del pie bajo su falda era cada vez más osada y su humedad crecía. Lisa permanecía impávida ante el asunto, fingía bastante bien; Eva por una parte, quería que parara, pero por otra, deseaba que continuara. El avance había iniciado su recorrido desde sus tobillos, ya había llegado hasta sus muslos y se acercaba peligrosamente a su entrepierna; las sensaciones iban acrecentándose y Eva no sabía si podría fingir la indiferencia suficiente como para no delatarse. Por fortuna para ella, su interlocutora era graciosa y Eva exageraba un poco su risa para disimular los verdaderos estragos que ahora sí le estaban produciendo esos dedos traviesos que estaban ocupados en masturbarla. Nunca había experimentado algo así, y le estaba gustando más de lo hubiera creído. El roce entre sus piernas continuaba y realmente lo estaba disfrutando, de modo, que en unos minutos más fue invadida por los espasmos del orgasmo, lo que coincidió con algo realmente gracioso en la plática y Eva se cubrió el rostro simulando una especie de ataque de risa que en realidad eran los estragos del orgasmo que le acababa de propinar Lisa que actuaba bastante bien su papel.

Tras reponerse, Eva se levantó para ir al baño, le hizo un ademán a Lisa para que la acompañara. Esta hizo lo propio y juntas se alejaron, en el camino Eva la tomó de la mano. Casi la llevó a rastras a uno de los baños que estaba un poco alejado de los que los invitados estaban usando habitualmente. Tras entrar y echar seguro a la puerta la atrajo en un fuerte abrazo y unió su boca con la de ella en un fuerte beso.

—Eres una traviesa… —le dijo Eva interrumpiendo abruptamente el beso, luego lo retomó con más bríos. Descendió luego por su cuello besando y lamiendo con desesperación, luego apartó los tirantes del vestido liberando los senos de Lisa y embistiendo inmediatamente, succionándolos con ansias. De ningún modo las manos de Eva habían permanecido ociosas, hacía rato que hurgaban entre las piernas de Lisa, un par de sus dedos taladraban su interior y ya la tenían al borde del orgasmo. Su boca seguía succionando los pezones erectos casi a reventar, un rato uno, después el otro y de vez en vez hacía lo propio con la boca de Lisa.

Eva notó la proximidad del orgasmo y se inclinó para que sus labios y lengua se ocuparan de la entrepierna de su amada y así degustar el tan ansiado néctar de Venus que el intenso orgasmo de Lisa le ofrendaba. Eva quería eternizar ese sabor en su paladar, cerraba los ojos tratando de retener el momento y todo lo que sus sentidos captaban del momento, la respiración entrecortada, el sabor y la suavidad de la piel que tocaban sus manos y su boca y lengua, los aromas, el ritmo de sus diversos latidos, y por supuesto, las emociones… Este era el instante perfecto, el que quisiera eternizar, tan breve como inolvidable, bebiendo de la fuente de su amada, sin que existiera nada más en el universo. Las sensaciones que invadían a Lisa no eran muy distintas de las de Eva.

Luego, ya más sosegadamente, se dedicaron a intercambiar besos y suaves caricias. Finalmente, llegaron las lágrimas, que anunciaban la irremediable separación, pero que también eran fruto de la felicidad que les había ofrendado un instante más que atesorarían durante toda la vida.

Volvieron a la fiesta, sólo les quedaban un par de horas. Lisa había venido a la fiesta con sus maletas hechas, ahí la recogería el taxi. Lisa se había negado rotundamente a que Eva la acompañara al aeropuerto, sabía que eso haría más dura la despedida. Y el plazo ineludiblemente se cumplió.

—Lisa, ¿por qué viniste?

—Porque quería volver a sentir esto, tener la certeza de que fue real, de que alguna vez lo viví… Y porque quería recomponer mi maltrecho corazón que en el fondo siempre tuvo la certeza de lo que confirmé estos días, de que existe alguien a quien amo con esta fuerza y que ella me ama con la misma intensidad. Tal vez en algún momento podamos estar juntas para siempre, pero ninguna felicidad debe serlo a costa de la infelicidad de los demás. Yo no soy infeliz con mi vida, quizás tú seas el camino a la felicidad más completa, pero no eres el único camino a mi felicidad, como no soy yo el único camino a la tuya. De modo que si alguna vez vislumbras uno de esos caminos, no lo arruines en pos de otro que tal vez nunca se encuentre despejado. Te amo y me amas, y saber que existes siempre me dará fuerzas.

Así fue la despedida de ambas, definitiva probablemente, aunque nunca se sabe. Eva volvió a su realidad, la fiesta había concluido también. Estaban recogiendo todo, a medida que avanzaba cruzando las huellas que había dejado la celebración, recordaba el pasaje que acababa de vivir. Se enfrentaba nuevamente a su estado real: la soledad. Pero no era una soledad total, era distinta, mucho más llevadera. Subió directamente a la habitación que le habían dispuesto. Cuando entró se sorprendió de ver a Brea que parecía esperarla, de pie, miraba fijamente hacia afuera, por la ventana, totalmente de espaldas a Eva.

—¿Cuanto tiempo ha pasado desde el accidente? —preguntó Brea con la vista fija en el horizonte.

—Dos años ya —contestó Eva sentándose en el borde de la cama.

—Tengo miedo…

—¿Miedo?

—Sí, como ya te dije, eres muy guapa, y eres muy joven todavía… Tengo miedo de que te vuelvas a casar…

—Pero, ¿por qué?

—Mi hermano y mi sobrino murieron en el accidente… Si te vuelves a casar ya no habrá lazos entre mi familia y tú, y yo no volveré a verte.

—No digas eso, sabes que eso no pasaría.

—Sabes que no es cierto, ninguno de nosotros podría verte casada con alguien más. Pero también sería muy injusto que por ello tú no rehicieras tu vida.

—Pero, ¿por qué estás diciendo estas cosas? —Eva se estaba inquietando con aquel tema, Brea no solía ser así, siempre era alegre y optimista, ese rasgo la había convertido en su principal apoyo cuando sufrió la pérdida referida.

—Te dejé algo envuelto en esa servilleta.

Eva reparó en el envoltorio que estaba en la cama, justo a un costado de donde se encontraba sentada. Extendió los dobleces de la servilleta y la estremeció lo que encontró dentro. Eran las prendas íntimas que ella y Lisa habían dejado en el cuarto de los cachivaches.

—Yo estaba ahí cuando ustedes llegaron y pude verlo y escucharlo todo.

Un frío recorría la espalda de Eva, pero no entendía a ciencia cierta la actitud de Brea, que permanecía con la vista fija en el horizonte. Simplemente no le parecía lógica.

—Las recogí en cuanto ustedes salieron, supongo que Lisa volvió para recogerlas, pero no las encontró, tal vez supuso que tú las recogiste.

Eva miraba fijamente la espalda de Brea, una estampa estilizada por el ballet, delgada pero suavemente curvilínea, el vestido que llevaba la marcaba perfectamente. Eva sacudió su cabeza, su mente se estaba nublando, la situación era bastante preocupante como para reparar en la anatomía de su joven cuñada, que por otro lado, era una hermosa anatomía, el vestido no llegaba a las rodillas, y mostraba en su esplendor esas hermosas piernas desnudas…

Se puso de pie sobresaltada, lentamente se fue acercando a su cuñada; recordó entonces que Lisa llevaba medias, y que la pierna que la había buscado bajo la mesa estaba desnuda. No había sido Lisa. Ahora que estaba detrás de Brea y que podía respirar su aroma, posó sus manos en los hombros de la joven y sintió quemarse, era como si tuviera fiebre, jamás había tocado una piel más caliente que esa, deslizó lentamente sus manos a lo largo de sus brazos hasta tomar sus manos, la temperatura era la misma en toda su piel. Brea le tomó las manos y las subió hasta su pecho, colocó una mano de Eva en cada seno, metiéndolas bajo la tela del vestido, cosa que facilitaban el amplio escote y la ausencia de sostén. Eva se estremeció al contacto de la piel de esos senos pequeños pero con pezones turgentes.

—Eva… Por favor… Quédate con nosotros… quédate conmigo…

Y la petición que salía de aquellos labios tan peligrosamente cercanos a los suyos, se le revelaba ahora como un camino más, uno que no estaría dispuesta a desdeñar en pos de la incertidumbre.