No me importa, siento demasiado placer cuando lo hago con mi madre. Pero quiero algo nuevo y la introduje al mundo swinger

Llevo, con mi madre,  aproximadamente 8 meses practicando sexo por toda la casa, aprovechando la ausencia de mi padre. Ella es enfermera y actualmente cubre horarios nocturnos en un hospital de la región. Yo acabé el colegio recientemente, así que tengo como pasatiempo penetrarla cuando me plazca, por el orificio que esté a mi alcance: a veces por la boca, culo o vagina. Me he atrevido a asomar mi pene erecto a su oreja en forma de juego y ella lo ha rechazado entre sonrisas. ¿Cómo inicié esta relación incestuosa con mi madre? Esa historia la relataré en otro momento (si el lector lo solicita). Ahora me centraré en cómo he involucrado, al swinger, a esa bella mujer madura que se traga mi semen en forma de agradecimiento, por los orgasmos que le produzco.

Mientras penetraba analmente a mi madre, en su dormitorio, ella gemía de placer y soltaba groserías que me calentaban más y más. Yo embestía su culo contra mis testículos y ese pequeño dolor me extasiaba muchísimo.

–      Qué rico, qué rico. Así, sigue -me gritaba-. Cómo quisiera tener tu pene en los dos orificios.

En mi excitación, me pareció gracioso escuchar es. Era imposible, lógicamente. Pero luego pensé que ella me estaba mandando un mensaje implícito: quería otro pene, además del mío.

Luego de haber cogido como animales aquella noche, fui a mi habitación pensando lo que me había dicho. Pensé que podíamos incorporar un dildo en nuestras prácticas sexuales, pero luego descarté la idea porque ella ya tenía uno y no lo usaba mucho. Hacer un trío era lo más lógico. ¿A quién podría llamar para que se nos uniera? Yo no tenía celo alguno de que alguien más se follara a mi madre porque yo tenía novia por ese entonces y también la cogía cuando me daba el tiempo. Mi madre nunca me recriminó nada por andas con mujeres más jóvenes que ella.

En la tarde de ese día, en mi momento de ocio, busqué por internet a sujetes que se ofrecían a hacer tríos con mucha discreción. Fui descartando a varios porque trataba que se parecieran a mí. Entre los muchos correos que me llegó a la bandeja de entra, hubo uno que me llamó la atención. Decía: Somos swingers ¿Hacen intercambio?

Sinceramente en ese momento desconocía esa palabra. Así que la busqué en internet y me di cuenta que era toda una comunidad. La posibilidad de entregar a mi madre a otro hombre y recibir, a cambio, la mujer de ese mismo hombre, era perfecto. Todos ganábamos. Inicié la comunicación con esa pareja y me contestaron que eran una pareja de casados. Él tenía 39 y ella 25. Yo, obviamente le comenté que nosotros éramos una pareja de enamorados. Aunque tengo 17 años, muchos me han dicho que aparento 20 o 23. Mi madre con sus 42 años, para mi suerte, aparentaba unos 37. Así que les envié esa información falsa. Luego me pidieron fotos. Le mandé unas que me había tomado con Verónica (mi madre) en una fiesta. Cubrí nuestros rostros.  Ellos inmediatamente me mandaron sus fotos desnudos con el rostro cubierto. Sara(25) tenía buen cuerpo: tetas pequeñas, pero gran culo. Daniel(39) era de contextura normal y un pene grueso: una medida estándar, así como mi miembro. La pareja ideal.

Ahora, era evidente que yo también le debía mandar algunas fotos de mi madre y yo desnudos para que haya confianza. En mi celular tenía un vídeo de 20 segundos que había grabado hace un buen tiempo en la que tengo en cuatro a mi mamá mientras le metía mi verga por la concha. Edité un poco el material y se lo envié. Al parecer les agradó y me solicitaron más información para llevar a cabo nuestro encuentro. Caí en la cuenta que estaba haciendo todo esto sin habérselo consultado mi madre.

Mi padre era como un fantasma, casi nunca paraba en la casa y sólo venía para dormir.

Mientras almorzábamos, le dije directamente el contacto que había hecho. Ella se quedó muda al escuchar lo del intercambio. No sabía qué decir. Luego de un momento habló:

–      ¿Estás loco?

–      No

–      ¿Por qué has hecho eso?

–      Tú me dijiste que querías otra verga.

–      Era un momento de calentura. Interpretaste mal las cosas.

–      Bueno, ya está hecho.

–      ¿Cómo crees que voy a tirar con un desconocido?

–      ¿Si fuera conocido, lo harías?

–      No he dicho eso

–      Pero lo has sugerido. Mira, te dejo que lo pienses. No es tan malo. Averigua un poco del tema y verás que hay comunidades enteras que hacen eso.

–      Sí sé que es.

–      ¿No te gustaría probar?

–      Lo que tenemos se debe quedar acá. Nadie más lo puede saber.

–      Precisamente por eso contacté con desconocidos.

Le mostré mi celular con las fotos de la pareja. Las miró un momento y se retiró a su habitación sin decirme nada.

Al día siguiente, cuando mi padre se retiró a trabajar, mi mamá fue a mi habitación y me despertó.

–      Hagámoslo – dijo mirándome fijamente a los ojos.

–      Te va a encantar.

Para aprovechar la calentura, nos besamos. Luego le chupe las grandes tetas y mordía un pezón a la vez.  Ella se puso encima de mí y se levantó la falta para que pudiera cogerle el culo con las dos manos. No llevaba ropa interior.  Me baje el pijama y saqué mi pene semierecto. Ella se deslizó por mi abdomen y empezó a lamer el glande. Yo recogía su melena con mis manos para que pudiera realizar la felación con mayor eficiencia. Metí me verga en su boca y oscilaba. Luego empezó a succionar mis huevos y me masturbaba. Había humectado mi miembro. Se reincorporó y metió todo mi macizo miembro en su vagina también húmeda. Empezó a cabalgar y yo apretaba su culo contra mi pene.Pensé en mi enamorada por un breve tiempo.

–      Qué putita

–      Así, así

–      Más rápido

–      ¿Así? ¿Así te gusta, José?

–      Sí, qué rico culito. Qué ricas tetas

La acerqué a mí y empecé a morderle las tetas. Ella movía el culo en círculos. Sentía que me venía. Cambiamos de posición. La eché en mi cama y me puse encima. Embestía como un loco toda su concha. Ella levantaba las piernas, dándome acceso por aquel lugar donde alguna vez salí. La follé durante un buen rato hasta que se corrió, acerqué mi pene a su boca para que finalizara el trabajo que empezó y lo culminó con toda mi leche en su cara. Ambos reímos por la situación en la que estábamos.

Al salir de mi habitación, ella me dijo:

–      Haz el contacto

–      Para mañana mismo

Me comuniqué con la pareja y acordamos encontrarnos en un hotel, la mañana próxima durante la tarde. Conversamos por teléfono para verificar que no se trataba de una farsa. Hablé con Daniel y Sara (obviamente no eran sus nombres). Coordinamos el encuentro en un hotel. Ellos pedirían una habitación y mi madre y yo otra, para no levantar sospechas. Luego ellos vendrían a nuestro cuarto y ahí fornicaríamos como bestias salvajes. Mi madre también habló con ellos con el teléfono que nos solicitaron. Teníamos todo tramitado. Primero cada uno se cogería a su pareja y luego haríamos el intercambio. Tenía la esperanza de que ellos no sospecharan que mi madre y yo, éramos precisamente eso: una familia. Entre la larga conversación que sostuve con Daniel, le mencionaba que mi “novia” era un poco mayor. Para él no hubo problemas, parecía que tenían experiencia.

Sorprendentemente accedieron todo y solo bastaba esperar al día siguiente. Compré preservativos, me depilé los genitales y decidí no tener sexo con mi madre ese día para guardar energías y semen para el día siguiente.

El día llegó. Fui con mi madre al hotel que acordamos y nos quedamos esperando. Ella fue muy sexy. Tenía unas licras que mostraban su gran culo, yo adivinaba, entre sus nalgas, un hilo dental. Llevaba una blusa apretada. Se pintó ligeramente los labios de color rojo y tenía un collar y aretes de puta. Yo sólo fui con una camisa y un pantalón de vestir, que me hacía ver de más edad, creo.

Tocaron a la puerta luego de 15 minutos de espera. Al abrirla, vi un rostro bello. Sara aparentaba menos años de los que me mencionaba. Tenía el cabello negro corto. Traía un buzo negro y gorra. Daniel vestía como adolescente: jeans, camiseta pegada y lentes oscuros.

-Pasen- les dije-

– Qué guapo- dijo Sara, mostrando una sonrisa coqueta.

Cerré la puerta. Daniel me miró como pidiendo permiso de acercarse a mi madre. Yo asentí que sí. Él se acercó y le dio un beso en la mejilla que mi madre respondió.

–      Así que tú eres Diana –dijo Daniel, cogiéndola de cintura.

Ese es el nombre que le puse a mi mamá. Yo dije que me llamaba Carlos.

Sara sacó de su bolsillo unos preservativos y los dejó sobre una mesa de noche que había ahí. Intercambiamos unas palabras de elogio entre todos y empezamos con la faena. Mi madre y Sara se quitaron la ropa mientras Daniel y yo observábamos sentados. Mi progenitora traía, como supuse, un hilo dental negro y un sostén del mismo color. Sara llevaba ropa interior de encaje y no llevaba brasier. En su plano abdomen, cerca de su pubis, tenía un tatuaje de rosa roja.  Sus pezones marrones estaban erectos. Y no se quitó la gorra. Se veía espectacular. Me empalme al instante.

Sara se acercó a Daniel y le bajó el pantalón y empezó a chupar su miembro. Lo succionaba tanto que parecía que hacía ruido a propósito. Utilizaba bastante saliva y escupía: yo contemplaba. Mi madre interrumpió mi observación, colocándome de pie y bajándome el pantalón y, de rodillas, empezó a lamer mis bolas. De inmediato, me hizo una paja acelerada apretando con su mano diestra.

El escenario parecía una competencia de “A ver quién saca la leche más rápido”.  Después de unas épicas mamadas, volteé a mi madre hacia la amplia cama y la penetré en modo perrito. Me encanta esa posición. Sara seguía chupando la verga a su marido. Cogí del cabello a mi madre y la penetré con más furia. Empezó con los gemidos.

Luego de una prolongada mamada, Sara se incorporó y le dio la espalda a su esposo, cogió su pene y lo introdujo en su panocha. Daba unas sentones rápidos. Le encantaba hacer ruido. Se volteaba y volvía a chupar el miembro de su esposo y regresaba a dar sentones. Lo hizo varias veces. Yo para ese entonces, tenía a mi madre cabalgando y diciendo lo puta que era.

Mientras fornicábamos y observamos el performance de la otra pareja, con la mirada, determinamos que era tiempo de intercambiar.

Sara, diestramente, colocó un preservativo a su esposo y mi madre hizo lo mismo conmigo. Los cuatro nos encontrábamos de pie, desnudos y empalmados. Mi madre tenía los pezones duros y se los tocaba mirando a Daniel.

–      ¿Vienes? – dijo mi madre, con la voz entrecortada.

–      Ahí voy- afirmó Daniel.

Empezó a tocar a mi madre y a besar su cuerpo. Me excité muchísimo al ver esa escena. Sara se arodilló y me succionó el pene. Le quité el gorro que traía y acercaba con mis manos toda su boca a mi polla. Era una experta mamadora. Mordía poco, escupía. La metía hasta la garganta y daba arcadas. A veces lagrimeaba pero se reía.

Daniel no perdió el tiempo y colocó a mi madre en la cama. Sepuso encima de ella y se la cachó, ahorcándola del cuello levemente. A veces mi madre se quedaba sin respiración y tocía.

–      Sigue, no pares, carajo- gritaba mi madre.

–      Dianita, eres una putita, me encantas – refería Daniel.

Luego Daniel colocó a mi mamá en la posición favorita de ella: piernas al hombro. Le insertó todo el miembro grueso y mi madre cerraba los ojos, disfrutando.

Sara intuyó que estaba a punto de correrme y paró de mamármela. Fue donde su marido y empezó a besarlo mientras él, se cogía a mi madre.

-Ven, Carlos- dijo Sara, mientras me señalaba dónde ponerme.

Daniel sacó su verga con los jugos vaginales de mi madre y me ofreció señaló que era mi turno de penetrarla. Obedecí. Sara volvió a chupar el pene de su esposo. Realmente me fascinaba el ruido que hacía Sara al mamar verga. Después de una cogida a mi madre, que mantenía los ojos cerrados, saqué mi pene.

Decidí echarme en la cama pero Daniel me cogió del brazo y me acercó a él. Sara, arrodillada, agarró mi pieza  y mientras se la mamaba a su esposo, me pajeaba a mí. Mi madre observaba desde la cama. Empezó a masturbarse viendo la acción.

Sara terminó las felaciones y se echó con mi madre. Ambas se colocaron en cuatro, abriendo con sus manos, sus respectivos culos. Aproveché para metérsela a Sara. Tenía un culo más grande que el de mi madre. Pero mi mamá le ganaba en tetas.

Era una gran fiesta de gemidos. Me excite al ver cómo mi progenitora era cogida por un desconocido mientras se perdía en el placer de la infidelidad. Por mi parte, sentía un gran culo jugoso de una amazona del sexo.

–      Qué rico, dame duro, más, más-  jadeaba Sara.

–      Ah, ah, ah, ah, ah, ay. Me encanta- insistía mi mamá.

–      Ahora una doble penetración, ¿no?- sugerí.

–      ¿Quién me va a dar por el culo? –respondió mamá.

Cabe señalar que mi madre se hizo una limpieza anal, antes del encuentro. Solía hacerlo con frecuencia. No le gustaba manchar mi verga.

“Diana”, mi mujer, se puso en pie, agitada. Daniel se recostó en la cama y mi madre encima de él. Con su mano dirigió la verga de aquel desconocido su cavidad vaginal y lo introdujo lentamente. Yo aproveché y me abrí el ano de mamá. Metí uno dedos mientras Daniel se la cogía, detuve su placer para introducir mi pene con ayuda de saliva. Entró poco a poco. Sara observaba mientras de metía unos dedos a su panocha y apretaba sus pezones

–      Con cuidado- rogaba mi madura-

–      Puedes moverte – acerté para que sigamos tirando de lo mejor.

–      Ayyyyyyyyyy, así, soy una perra, denme, denme, así, soy su perra –desconocía a mamá, estaba en éxtasis.

Daniel jadeaba y ahorcaba a mamá. A ella le gustaba. Tenía lo que quería: dos vergas por su agujeros. Bueno, faltaba la boca. Pero esa historia se contará en su debido momento.

A veces sentía cómo mis testículo rozaban con el miembro de Daniel, pero no le di mucha importancia. Sólo quería gozar con la hembra que tenía en frente, que disfrutaba de la infidelidad y erotismo del momento. Mi madre tuvo un orgasmo. Sacamos nuestros penes de sus carnes y ahora la “víctima” era Sara.

Como si fuera un automatismo, Sara nos puso nuevos condones. A mí me ofreció su vagina y a su esposo la boca. Hicimos lo que quería. Mi madre me abrazaba por detrás tocando mi cuerpo. Me movía al ritmo que jodía a Sara. Daniel introducía todo su paquete en la coqueta boca de su pareja como si fuera una puta más.

Quise cambiar de agujero: mi objetivo era el culo de la joven zorra. Ella me lo impidió. Supuse que no había hecho lo mismo que la puta de mi madre: limpiarse el ano internamente. Lamenté ese hecho. Igual seguí abriendo los labios de Sara por un buen rato.

–      Cáchame así, sigue mierda- decía como una puta en celo.

–      Dale duro, brother. Eso le gusta- justificaba Daniel. Mientras atoraba la garganta de su esposa con toda su verga.

Mamá se acercó a Daniel y lo empezó a besar. Mientras cogía a Sara miraba eso y no lo soporté. Tuve que sacar mi cipote porque sentía que me venía.

Todos terminamos en la amplia cama. Los varones teníamos a la mujer del otro encima. Les dábamos nalgadas y las zorras disfrutaban.

Luego de unos buenos sentones, me corrí en Sara. No lo pude soportar.

Daniel, más astuto, se colocó de pie y se sacó el condón. Le dijo a las dos hembras que se acercaran de rodillas. Mi madre obedeció como si fuera una niña. Daniel se masturbó y se corrió. En la cara de ambas, cual película porno.  La excitación desconoce a las personas. Esa tarde descansamos un rato. Daniel y su pareja se retiraron agradeciso y yo me quedé con mi madre dormidos en aquel hotel donde las cosas verdaderamente sucias, recién empezaban.

Me gusta saber qué piensa los lectores de los relatos. Me agrada saber que tanto mujeres como varones disfrutan de este tipo de historias. Háganmelo saber al correo que contestaré a la brevedad.