Mi atrevido tío Ignacio

Lo que voy a contarte pasó antes de ese día, de aquel instante en que mi tío me hizo lo que me hizo, desde que me rozó apenas con la yema de los dedos, acariciándome los genitales de atrás hacia adelante y yo tuve que forzarme para ocultar el erizo de la piel, por lo que el quejido contenido retumbó hacia adentro mío para que él no se diera cuenta. Me siento re mal, porque yo sabía que todo eso era anormal, sucio, perverso, pero la verdad es que no podía decirle que no. Porque le tengo mucho miedo, porque sabía de lo que era capaz. Ese día, me miró con esa sonrisita, los ojos furiosos, violentos, y me ordenó que me desvistiera y me pusiera la bombachita negra de encaje de mi tía y la falda negra cortita que se abría en forma de campana desde la cintura. Después me hizo una señal para que me sentara a su lado y me apartó levemente las piernas y metió la mano ahí rozándome por dentro los muslos. El muy enfermo se demoraba a propósito. Sentí la tibia aspereza de los dedos que subían por el interior de mis piernas lisitas y depiladas y un miedo húmedo me palpitó en las sienes de solo pensar lo que me iba a hacer si lo rechazaba, hasta que llegó la caricia en forma de cosquilla y no pude evitar que se me hinchara y él se diera cuenta. No. No. Ya está, me dije, soy un asco,  no tengo perdón de Dios. La vergüenza que sentí por excitarme me enrojeció las mejillas. En ese instante se detuvo y me buscó los ojos para ver mi reacción, pero yo los tenía apretados y no podía ver como sacaba la lengua entre el amarillo de sus dientes, su lengua húmeda que me pegó en medio de los labios y abriéndolos me penetró y me llenó de sabores ajenos.  Me golpeó un asco indeleble pero no hice nada. Después de un rato de manosearme para ponerme caliente, me corrió la bombacha y con el dedo encremado lo metió entero por el agujero de mi cola.

Me gustan las faldas de telas finitas que flotan, porque la gente te ve cubierta y creen que vas vestida, pero la realidad es que vas desnuda por debajo. La primera vez que lo noté me había puesto una tanga roja de mi hermana y una pollerita campana que me calzaba justa y, entallada en la cintura, se iba abriendo mientras me descendía por las caderas hasta un poco más de un palmo por encima de la rodilla. Me había afeitado las piernas por primera vez y sentía que la brisa me acariciaba.

—Es como andar  desnuda, —pensé. Imaginé que el más mínimo de los vientos dejaría ver mi culo redondo a los costados del triangulito de tela de la braga. Y ese pensamiento me calentó tanto que se me salió la pija de la bombachita y creció la carne hasta hacerse notable el bulto que empujaba la seda hacia adelante.

Una noche de audacia y de miedo salí a la calle y caminé hasta la avenida con el mismo equipo y unas sandalias finitas de taco. La sensación de desnudez me hizo sentir muy puta, la brisa circulaba entre mis piernas y se metía por la falda acariciándome la cola. Me aferré con ganas a la carterita que llevaba y encaré por la vereda con el tráfico de frente. El botón superior de la blusa se había soltado y el viento descubría los collares de colores que flotaban en mi pecho entre mis rulos. Caminé tres cuadras hasta la esquina del boulevard. Desde adentro mío una voz clamaba abriéndose paso en el mar de miedos que me azotaba, “Ay Dios, hoy sí que te pasaste, Gaby. Estoy en el límite. Mierda, todos se dan cuenta, qué puto soy”. Me encantaba provocar. Entre la ida y la vuelta sentí los silbidos desde los autos. Un tipo me cruzó y me hizo el gesto de relamerse con los ojos desbocados. Apenas vi el gesto y baje el cabeza temblando de miedo. Volví al seno tibio del departamento, nunca me había excitado tanto. Me sentía bien.

El que se dio cuenta enseguida de lo que me pasaba fue Nacho, mi nuevo tío. En realidad, Nacho no es mi tío sino la nueva pareja de mi tía Soledad, la madre de mi prima Berenice que tiene la misma edad que yo y que es hija de su primer matrimonio. Mi tía se había divorciado y, aunque es una hermosa y sexy mujer, por años no le conocimos pareja. Pero en la fiesta de cumpleaños  en la que Berenice y yo celebramos los dieciocho, la tía Soledad nos presentó a su nuevo novio. Desde la primera vez se notaba que algo estaba mal. Era bastante más joven que la tía, de piel morena. Su crecimiento parecía haberse detenido a destiempo dejándolo a media altura y el conjunto de sus rasgos deambulaban entre la malicia y la perversidad. Por momentos se me figuraba calculador y sombrío y al instante le brotaba una simpatía irresistible. Cuando nos presentaron nos saludamos con un beso en la mejilla. Fue la primera vez que me estremecí. Aunque solo yo lo noté. El que sería mi nuevo tío se demoró en el beso y sentí sus labios abiertos, que después se cerraron sobre mi piel. No era la forma en la que se saludan dos hombres, que lo hacen con un roce formal. Ese día, un rato después, me dirigió  miradas que me incomodaban. Sucedía en un instante, cuando los otros no prestaban atención, y yo le descubría un gesto en los ojos que me inquietaba y hacía que le tuviera un miedo irracional. Era irritante que nadie lo notara salvo yo. Desde el primer momento me di cuenta que algo lascivo se le había cruzado conmigo. Aunque mi familia lo tenía por un tipo amable y seductor, yo me sentía tan incómodo que nunca sabía cómo actuar. Lo peor era que Nacho, con esa habilidad que tenía de que nadie se diera cuenta, elegía cada ocasión para mandarme insinuaciones eróticas. Cómo explicarlo, me miraba así, sexualmente. Era en extremo perturbador, el peligro me erizaba la piel y me llevaba a abismos de pavor. Me hice la película de que el tío podía adivinar lo que yo pensaba, que sabía exactamente aquello que había tratado a toda costa de ocultar, eso de lo que nadie, nunca, hasta aquí se había dado cuenta.

Ahora, que te cuento lo que pasó después, no puedo sacar de mi cabeza el hecho de que, aunque no quería que me obligara, siento que tuve una parte de culpa en el abuso de Nacho. Desde su mentalidad perversa, digo. A ver si me explico de otro modo,  es que me parece que algo de mi secreto se notaba por fuera de la coraza que siempre me había impuesto. Ahora estoy casi seguro de que Nacho se había dado cuenta al instante y el muy hijo de puta me acosaba sin disimulo, a la vista de todos. Y nadie se daba cuenta.

 Es que entre los 12 y los 18 crecí en altura pero no se me ensanchaba el torso, y los brazos me caían flaquitos, como apenas colgados de unos hombros estrechos. En ese entonces todavía me avergonzaba de la feminidad de mi cuerpo y no me sacaban de los pantalones amplios y las camisetas inmensas con los que me escondía. Pero un día, en que había encerrado mi depresión en el baño, me llenó de curiosidad la pregunta de lo que pasaría si me vestía con la ropa de mi mamá. Allí, algo se aflojó en mí. Desde el primer momento me abandoné a la sensualidad del roce de las telas, el gusto por lo apretadito de los pantalones y los vestidos, me excité con los perfumes y me desbarranqué. Ya no pude parar. En cada oportunidad en la que me encontraba solo —y empecé a buscarlas con dedicación— me transformaba en chica y me excitaba y me masturbaba y me avergonzaba, y volvía a empezar en un ciclo sin fin. Al año me animé a depilarme todo el cuerpo y a los dos averigüe la forma de tomar hormonas. Las caderas se consolidaron, la cara se me afeminó más y me brotaron unas tetitas magras. Lo que era en potencia se desbordó en una realidad que a duras penas ocultaba de todas las maneras posibles. Por entonces ya era consciente de mi culo redondo y duro, de mis piernas largas y mi cintura finita y mi cara de adolescente afeminada, casi andrógino. Y entonces apareció el tío Nacho con su sonrisa perturbadora, sus insinuaciones. ¿Entendes porque creía que gran parte de la culpa de lo que pasaba era mía?

Y sin embargo, yo era el amo y señor de mi perversión, sabía que ser mujer era solo para mi uso personal. En esa época era un chico tímido que apenas entablaba relaciones con otros. Aunque, por otro lado, me encantaban las mujeres, así que no paraba de excitarme con la imagen que había fabricado. Vestirme sexy, pintarme los labios, depilarme, era una práctica que me absorbía, que me deleitaba como nada en el mundo, así que me miraba en los espejos y se me paraba, me calentaba mirando y sintiendo, y dosificaba mi placer un largo rato hasta que eyaculaba con un gemido animal y mojaba la bombacha y las medias. Cuando yo quería me traía para mirarme, tan puta, paradita en esos tacos, envuelta en medias finitas y transparentes, sacando el culito para mirarse. Me calentaba, y al calentarme, se calentaba ella y fantaseaba. Cuando avanzó aún más, lo hizo con juguetes sexuales que le compré por internet, un plug con cola de zorrita que se metía con crema por el culo y salía entre mis nalgas como extensión de mi cuerpo y lo meneaba sacudiendo las caderas. Las palabras no alcanzan, decirte que me subyugaba es poca cosa. No podía detenerme. Era toda una gata en celo. Lo que trato de explicarte, aunque te parezca mentira, es que para nada estaba entre mis planes tener sexo con hombres, fuera Nacho o con cualquier otro. En ese momento, lo mío eran solo fantasías para esos días en que vestida de zorra, sexy y seductora, me imaginaba historias. Creeme  que en el resto de mi vida los tipos no llamaban en absoluto mi atención. Estaba escindido en dos. Pero otra cosa era cuando me transformaba, mis fantasías se desagregaba en argumentos inverosímiles en los que algún hombre, o muchos, me atrapaban montada de nena y entonces me extorsionaban con mantener mi secreto a cambio de que se las chupara o se saciaran llenándome el culo de leche. Ellos me/se la  follaban, y ambos acabábamos. Gaby me calentaba tanto que algunas veces llegué a masturbarme hasta cuatro veces por día.

Volviendo a mi tío, ya te conté del terror que me provocaba. Así y todo no pude evitar que desde el primer momento ese tipo horrible se instalara en mis fantasías de Gaby. Cuando no había nadie en casa y  yo me vestía de chica, imaginaba que Nacho aparecía de repente por atrás, sin que yo pudiera percatarme de su presencia, y cruzaba su brazo en mi cintura para dejarme inmóvil, su cuerpo apretado al mío, para que sintiera la dureza de su pija en el abismo de mi cola y la mano que me subía por la pierna y levantaba la pollera. Me alucinaba indefensa y sometida a su lascivia. Mi tío me sujetaba para poseerme como un demonio en celo. Yo escuchaba mis gritos desesperados para que no lo hiciera pero nada le importaba, me buscaba con su verga caliente y abriéndose paso me llenaba la cola con su carne en llamas. Me encantaba esa fantasía. Inventé mil historias en las que Nacho abusaba de Gaby hasta que terminábamos jadeando  satisfechos. En la vida real trataba de evitarlo a toda costa, en las fantasías de mi intimidad se había convertido en mi amante imaginario.

Ese verano mis tíos alquilaron una casa en el campo. La tía preguntó en una cena en mi casa si yo querría pasar unos días con ellos. Mi mamá insistió en que fuera, que la íbamos a pasar bien, que si no después me quedaba encerrado todo el día, que no desaprovechara la oportunidad. Busqué todas las excusas posibles, me enojé, me encerré en mi cuarto, hasta que al final me obligaron a decir que sí con la cantinela de siempre: lo que iba a decir la tía Soledad.

Llegué un miércoles por la tarde con una lluvia persistente que lo inundaba todo. La casa estaba alejada del pueblo más cercano como cinco kilómetros, así que me fueron a buscar a la parada del ómnibus. Por suerte, al contrario de lo que temía, Nacho se mostró indiferente a mi presencia. Parecía otra persona, y a los dos o tres días  de mi estancia debí reconocer que tal vez mis miedos fueran infundados. Se mostraba simpático, alegre y dispuesto a no molestarme durante el tiempo que pasara con ellos.

La casa era grande y cómoda y destinaron un cuarto para mí en el primer piso. Por detrás había una suerte de terraza solárium que culminaba en una pileta de natación y más allá, alejado unos doscientos metros, rodeado de árboles añosos se alzaba un galpón antiguo y rustico que en una parte se había acondicionado como lugar de trabajo para el par de peones que atendían las labores agrícolas del lugar. Pero esto estaba por la parte de atrás del edificio y no tenía comunicación con el frente, que daba hacia la casa y tenía un portón independiente. En  ese lugar era donde se guardaban las herramientas y también era caballeriza para tres hermosos potros de carrera que el dueño había dejado al cuidado de los trabajadores del campo en el tiempo del alquiler de la casa. A los peones apenas se los veía cerca de donde estábamos. Por comentarios supe que se retiraban los viernes por la tarde para retomar las labores los lunes. Los días que siguieron a mi llegada, todos se portaron bien conmigo y trataban de integrarme a la rutina familiar trastocada y vuelta al interior de la casa por el mal tiempo.

Pero el viernes mi prima se descompuso, una dolencia de la que yo no sabía nada hasta entonces, que cada tanto los obligaba a una internación por un par de días. Les dije que no había problema, que me volvía con ellos, pero me aseguraron que regresarían el lunes, o a más tardar el martes, y que me pedían si me podía quedar para cuidar las cosas por el fin de semana, que a fin de cuentas recién había llegado. No cabía en mi asombro lo que estaba por pasar. Ante ellos simulé responsabilidad y compromiso mientras imaginaba la delicia de mi soledad inesperada. El viernes por la tarde se despidieron dejándome todo tipo de recomendaciones y provisiones. Un rato antes, los peones habían abandonado el trabajo anunciando que también volverían cuando recomenzara la semana; estaba solo en medio del campo. No se había desvanecido todavía la figura del auto en la ruta y ya estaba poseído de una excitación que me aceleraba el corazón.

Lo que llamamos silencio en el campo es la transformación del sonido al que estamos acostumbrados. Al principio parecía agobiarme la ausencia sonora hasta que mis oídos comenzaron a percibir las señales de la vida que me rodeaba, el agudo canto de los grillos, el roce de las hojas de los árboles por la brisa de la noche, a lo lejos, cada tanto se escuchaba una rana.  Me preparé un baño de agua tibia en el que me sumergí provisto de un porro y una larga copa de vino blanco. Al rato, relajado y con la piel erizada por el deseo, me dispuse a vestirme con todo lo que llamara mi atención de la ropa que habían dejado mi tía y mi prima: unas braguitas rojas bordó, con encaje en los bordes, más el corpiño que le hacía juego me calzaron de maravilla. Las pantys negras de lycra afirmaron mi culo y me arrancaron un suspiro cuando las deslicé sobre las piernas depiladas. Todo mi yo ardía de placer. Antes de continuar me maquillé con deleite durante casi una hora hasta encontrar lo que buscaba; me solté el pelo y lo enrulé con el secador. Tengo boca de puta —recuerdo que pensé. Me rocié todo el cuerpo con perfume, incluida la entrepierna, por delante y por detrás. Recién entonces pensé en los zapatos. No tenía muchas opciones, por el talle, así que opté por unas sandalias de tiritas con tacos de mi prima que, aunque me apretaban un poco, me acomodaron bastante bien.

Me sentía flotando en un paraíso de olores excitantes, entrecruzado de sensaciones morbosas. Yo mismo estaba bastante impresionado de lo que había logrado hasta ese momento, así que me dije “tenés todo el tiempo del mundo para disfrutarlo, aprovechalo” y, antes de vestirme me llene de pulseras, anillos y aros y me paseé por la casa medio desnuda, caliente, como flotando. Al llegar al ventanal que daba al fondo me asaltó el temor que tenía siempre, de que alguien pudiera verme, pero al instante me reí del impulso. Estaba solo en el medio de la nada, rodeada de campo y oscuridad. Era libre. Justamente, la oscuridad de la noche por fuera de la casa hizo que viera mi figura reflejada nítidamente  en el vidrio del ventanal, mi cuerpo perfecto, la curva de mis caderas, el triángulo obsceno de la bombachita. Me elevó un palmo del piso el olor profundo de mi perfume, amplificado por la excitación que me provocaba la marihuana, una aureola placentera me rodeaba e invadía todos mis poros. Salí a la oscuridad de la terraza. En el aire libre de la noche abierta, los olores mezclados de la llanura, de la siembra, de los árboles,  los reflejos de la luna en el agua de la pileta, me llegaban cercanos. El fresco de la noche hizo evidente mi desnudez y tuve frio. Entré para vestirme y servirme otra copa de vino.

Opté por una pollera roja cortita, con tablas adelante, que me calzó perfecta porque evidenciaba la redondez de mi cola,  y una blusa de seda gris, entallada en la cintura. El vino empezó a marearme un poquito, me encantaba: —Caliente y borracha, —dije en voz alta. Y agregué mientras  reía—, ¡qué puta que soy!

Salí al mundo con la decisión de una diosa en la pasarela y caminé decidido y sensual hacia el galpón, dejándome atrapar por la inmensidad de la pampa. Eran como cien metros y la luminosidad de la casa fue quedando atrás mientras me internaba en el campo a pasos cortitos, luchando con los tacos. Como aquella vez en la avenida, me excitó el saberme desnuda por debajo de la falda y el recuerdo me encantó y me arrancó una sonrisa. El portón estaba cerrado pero yo percibía la vida de su interior antes de entrar. Hice fuerza pero no pude con el cerrojo. Encontré un pasante que no había visto antes y lo saqué. Las maderas se deslizaron en la corredera y el ruido se confundió con el resoplido de alerta de alguno de los animales. Estaba a punto de abandonar el intento de ir más allá cuando encontré el tablero de la luz. Ahora sí había despertado a los caballos y los podía ver en sus corrales. Había uno negro azabache, uno dorado y el otro blanco con manchas negras. Demás está decir que soy un chico de la ciudad y rara vez había tenido contacto con los animales. Igual me acerqué muy lentamente y entré al corral del negro y de a poco lo acaricié. Tenía el pelo lustroso. Yo seguía con los dedos el camino de las crines, el cuello, el lomo. Creo que el animal había tomado confianza. Yo estaba demasiado borracha para pensar correctamente en lo que hacía. En mi calentura, me di media vuelta y me agache un poco para que mi cola fuera invadida por la pierna delantera del potro en un acto irresponsable. Estaba tibio y lleno de vida. Al pensarlo ahora, me parece irreal y bastante estúpido todo lo que hice. Aunque estaba atado, notaba la fibra nerviosa del caballo, aunque nunca se encabritó; para mi bien, porque no sé lo que hubiera sucedido entonces. Me di la vuelta para apoyar mi mejilla sobre el costado del cuello y finalmente metí la mano por debajo, inconsciente de lo que hacía. Te cuento que jamás imaginé que me iba a atrever, pero mi voluntad hacía rato era llevada por el delirio morboso de mi mente enferma. Mi mano siguió, lentamente, hacia atrás, acariciándolo, buscando excitarlo, ni siquiera pensaba en lo que pudiera pasar. Yo estaba caliente, era una chica sexy y quería tocar otra vida, abrazarla. Le rocé los testículos y le brotó un pene largo y grueso, como de sesenta centímetros, feo y rosado. Movió las patas traseras, nervioso, azuzado por el deseo. Recién entonces me asusté. La excitación del caballo iba en aumento y retrocedí unos pasos. La bestia me miraba, encabritada,  tratando de soltarse y pateando el suelo con las patas traseras. Es tiempo de retirada, me dije. Tratando de no tropezar por los tacos finitos, logré escapar del galpón mientras escuchaba el resoplido del caballo perderse detrás de mí. Medio a los tumbos por la borrachera, logré llegar al piso de mosaico que rodeaba la pileta. Al aflojarme, me llegó la risa por lo que había sucedido. Estaba ardiendo de sensaciones y me senté en una reposera para acariciarme suavemente, envuelta en las imágenes del potro alzado, hasta arrancar el volcán de leche con el que mojé la ropa que traía.

Desperté con el cuerpo húmedo por el calor. El sol  se encontraba ya por encima de la copa de los eucaliptos. Me dolía un poco la cabeza. Entré para darme una ducha tibia que me reanimó. El agua se deslizaba por mi cuerpo desnudo haciéndome saber que comprendía toda mi sensualidad. Me sequé el pelo para que brotaran los rulos y volví a perfumarme todo el cuerpo. Tenía dos días por delante antes del regreso de mis parientes, así que me dispuse a disfrutarlos. Lo primero sería tomar sol en la pileta. Mi búsqueda en los cuartos me brindó varias opciones. Al final me decidí por una bikini mínima de mi prima en una combinación de verdes y ocres que me abrazó la cola con delicia mientras en la parte de adelante acomodé la pija hacia abajo, entre medio de las piernas. El resultado me pareció bien. Parte de mi elección se debió a la forma del corpiño, que era armado,  y me rozaba las tetas con una suavidad que me sacó un leve suspiro. Unos meses después de haber comenzado el tratamiento de las hormonas femeninas, noté con sorpresa el alerta de mis pezones. El roce de las telas me ponían cachonda como nunca antes y el sostén provocaba ese efecto. Me puse las sandalias de taco del día anterior y antes de salir me unté el cuerpo con una crema protectora. El sol en lo alto abrasaba los campos de girasol que me rodeaban y mi piel lo recibió con delicia. No me importaba nada. Sin embargo, en los primeros momentos todavía estaba inquieto a los movimientos cercanos, aunque solo fuera para comprobar la soledad eterna de la pampa. Nada parecía amenazar lo que estaba por hacer. Me tiré boca abajo, elevé la cola al cielo,  sentí los rayos en esas partes que nunca había expuesto antes,  y recibí con un largo suspiro el impacto del sol del mediodía lamiéndome el culo. El tiempo se demoraba en la morosidad de la tarde infinita de la pampa. Estuve como una hora y media dormitando con el trasero entregado al horno del mediodía. Una caricia entre tibia y ardiente me estaba bronceando con deleite. Al cabo, me di la vuelta para que lo mismo pasara por delante. El agite de la noche anterior hizo que dormitara la mayor parte del tiempo. Como a las cuatro de la tarde, con varias zambullidas en el agua fresca para arrancarme el sol que por momentos se volvía intolerable, me metí en la casa para ducharme nuevamente, esta vez con el agua fresca del manantial del que se alimentaba la estancia. Al salir de la bañera, mientras me secaba, la ansiedad me llevó a mirar los resultados. El espejo me informó que todo había salido bien, la marca del bikini pasaba por la mitad superior de los glúteos marcando los lados inferiores de un triangulito mínimo que se completaba por arriba en una línea penas por encima de la hendidura, por encima del coxis. Estaba feliz, las marcas en mi piel no hacían sino resaltar la feminidad de mi cuerpo, la ondulación de mi figura y la saliente de mi cola.

Te cuento que desde el mismo momento en que mis parientes se fueron el viernes por la tarde, un fenómeno inédito se había producido en mí. Nunca antes había tenido un estado de excitación permanente como el que tuve en esos días. Apenas lograba calmarme con las repetidas pajas que me dejaban cada vez más exhausto, aunque al rato todo recomenzaba. Mi figura en el espejo con las marcas del bronceado hizo que arremetiera una vez más hasta sacarme un hilo finito de leche.

La ducha fría me dio nuevas fuerzas. Con toda la tarde para mí, me dediqué a ponerme crema en todo el cuerpo y la masajeé hasta que se confundió con mi piel dejándola brillante y sedosa, el efecto del dios sol era religioso. El tiempo no se mide por minutos u horas sino que transcurre por fuera de nosotros de manera extraña. Estaba concentrado de tal manera en mis placeres que la tarde cayó sin mi conocimiento. Cuando estuve lista, la penumbra había ocupado la sala y afuera el crepúsculo se demoraba rojizo y perezoso acosado por las sombras de la noche. Me puse una calza finita, gris con diseños de colores, que me entró en la cola como un amante y me dibujó dos globos perfectos, uno a cada lado de la raja. Para arriba una blusa de algodón roja, cortita, los hombros desnudos y lindo escote. Al rellenar un poco el corpiño con algodón mis tetas se abultaban y brotaban engañosas en el medio del pecho. Otra vez me tomé el paciente trabajo de maquillarme. Pintar mis labios me producía una tibieza suave que inundaba toda mi piel. Me encantan los aros colgantes, los collares y las pulseras tintineantes. Unos borceguís góticos y estaba lista para calentar la cena y regarla de porro y chablis blanco. A la hora estaba tan colocada y caliente que decidí cambiarme el atuendo y optar por un vestidito corto de tela finita, con tonos florales entre verdes y rojos, cuya falda se ondulaba como una bandera al caminar; salían por arriba breteles finitos, espalda desnuda y escote audaz. Me cambié los zapatos por unos clásicos stiletto, elegantes, de taco finito. Las piernas libres, desnudas, cubiertas solamente de la pátina dorada del sol de la tarde. La brisa leve de la terraza me estremeció al hacer evidente mi desnudez apenas tapada con las braguitas negras de encaje. En el sube y baja de mi calentura eterna, había subido nuevamente al cenit.

—Hola, —la voz sonó cerca atravesando mi mutismo— no te asustes, por favor. Somos los empleados de la estancia, ¿podemos hablar?

Me quedé inmóvil, confuso y sin palabra, temblando. Atiné a asentir con la cabeza.

—En serio, por favor, no te asustes. Pasamos anoche para ver si necesitabas algo, pero estabas dormido en la reposera y no quisimos molestarte.

Eran dos. Y me habían visto. Me estaban vigilando. Mi cabeza volaba en la confusión de mis impulsos buscando la forma de lograr que se fueran sin tener que hablar pero no hallé respuesta. Así que mis labios rojos se abrieron para solamente atinar a un ruego inútil:

—No. Váyanse, no quiero nada. Se los pido por favor.

—Lo que digas. Pero trajimos algunas cervezas por si querías charlar y comer algo con nosotros. No tengas miedo. Nos gusta que seas como te dé la gana ser. Te vimos sola y por eso pensamos invitarte a pasar un rato.

Era mi primera vez como mujer con hombres, la primera vez que unos tipos me veían como Gaby; estaba temblando.

—Además, —siguió el más grandote, el que había hablado antes— no hay nadie más que nosotros, estamos aislados, nadie tiene porqué saber nada, nosotros no te conocemos, ni vos sabes de nosotros. Dale, una cervecita nada más y nos vamos.

—¿Sos muy linda, sabés? —el que habló fue el otro, el más bajito, el más lindo de los dos.

Pensé que si me enojaba sería peor, me imaginaba que podían ponerse violentos. Aunque no sé por qué me pasó por la cabeza este pensamiento. Hasta ahora, solamente habían sido amables, y creí que podía manejarlos. Lo que habían dicho tenía lógica, además ¿Quién se iba  a enterar de lo que pasara? Esta última idea se instaló en mi cabeza. Estábamos solos en la mitad de la nada, aislados del mundo, lo que pasara aquella noche o la siguiente se desvanecería entre nosotros. No estaban en posición de contarle a nadie lo que hicieran conmigo. “Lo que hicieran conmigo”, pensé, y al instante, ¿quiero que hagan algo conmigo? “Nadie tiene porqué saber”, “Nadie tiene porqué que saber”. La idea se hizo remolino. Soy libre. Puedo hacer lo que quiera y nadie lo va a saber.

—Bueno, —dije al pasar— una cerveza. —La idea no quería abandonarme y flotaba en mi cerebro como una nube. —Pasen.

Entré al salón por delante de ellos sabiendo que me miraban la cola. Aunque no sé cómo lo supe, por el reflejo de la ventana me pareció que se miraban entre ellos e intercambiaban un gesto. Me senté en un sillón individual para evitar —por ahora— el contacto. Abrieron las latas mientras yo los observaba con las piernas juntas, la faldita del vestido apenas me tapaba y estaba seguro que desde donde estaban estarían notando la trama oscura de la bombacha ¡Malditas fantasías! Me estaba relajando y sopesaba las alternativas que se presentaban. Apareció la marihuana y al rato estábamos riendo como tres amigos que se conocen de toda la vida. Estaba otra vez excitada. Me levanté para ir al baño y al volver uno de ellos había ocupado mi sillón, así que me tuve que sentar al lado del más grandote. Un poco mareados, nos reíamos de cualquier cosa. Poco a poco el contacto casual se transformó en intención. Mi compañero en el sillón me acomodaba el pelo o me rozaba los hombros al pasar con una caricia. Me dejé llevar. Una vez más, mi deseo de Gaby me hacía flotar, como una balsa a la deriva, inexorablemente, a mi destino. Fijate si sería  estúpido que todavía, a esa altura de las cosas, dudaba de la razón que los había atraído hasta mí aquella noche. De repente me decidí y me levanté para que me vieran. Noté mi reflejo en la ventana, las piernas firmes y desnudas, la cola parada por los tacos.

—¿Puedo hacerles una pregunta? A los dos, ¿a ustedes les parece que estoy bien? ¿Que soy linda?

En el momento en que se dieron cuenta de que yo estaba dispuesta, todos los diques estallaron.

—Perdón la grosería —dijo el más lindo—, pero yo la tengo dura desde que te vi. Me encanta tu cuerpo. Me ponés.

—Tenes el mejor culo que haya visto —dijo el otro. Te haces la tímida pero bien que sabés que estás re buena y nos tenes calientes desde que entramos.

—¿Ustedes por qué vinieron hoy? ¿Qué esperan de mí?—dije con ingenuidad. Y todavía no entiendo cómo me animé a tanto.

No dijeron nada. Solo se levantaron y vinieron hacia mí.

—Pero todo esto queda entre nosotros, ¿no? —dije para afirmarme.

Al grandote lo sentí llegar por atrás. Me abrazó, sentí los pelitos de la barba en mi espalda desnuda y me dijo suave al oído:

—Claro que sí. Nadie sabe que existimos, somos fantasmas.

Los dejé hacer sin oponer ninguna resistencia. Lo que sigue lo viví con una inconsciencia tal que todavía me asombra. Creo que no me detuve a pensar en las consecuencias y me dejé arrastrar por el estado de exaltación en el que me encontraba. Sentía el olor del grandote respirando en mi cuello y la saliente masculina entre sus piernas que se acomodaba con naturalidad, metiéndome la tela del vestido en la encrucijada de la cola. El chico lindo se acercó por delante y me tomó de la cintura, su boca, que había quedado a la altura de la mía, se acercó lentamente. Nuestros labios se rozaron, las bocas se abrieron y nos comimos lentamente. Por momentos me apretaba los labios con los suyos. Nuestras lenguas jugaron entre ellas en el marasmo creciente de los labios. El de atrás sube las manos de la cadera y me manosea las tetas con ganas apenas controladas, me suelta del beso con el chico lindo y me arrastra de la mano para llevarme con él.

—Ponete de rodillas —lo dijo desabrochando el cinturón de sus pantalones.

Obedecí.  Se sacó toda la ropa. Yo quedé como rezando frente a él, me acordé de cuando mi mamá nos llevaba a la iglesia. Ahora otra iba a ser mi primera comunión, pensé.  Ante mí, se erguía el mástil duro de carne de un macho en celo. El olor de la pija se confundió con mi perfume. Abrí apenas los labios y la atraje hacia mí con las manos para envolverla en un besito, apenitas, en la punta,  después me tragué con delicia el glande entero. Lo sentí palpitar encima de mi lengua y le acaricié dulcemente los huevos con la mano que me quedaba libre. El interior de mi boca respondió llenándose de saliva. Se la estaba chupando y me sentía muy puta. La empujé hacia afuera con una sonrisa y lo miré directo a los ojos para comprobar lo que me imaginaba, que lo estaba volviendo loco con la mamada, y me la volví a meter, ahora un poco más adentro, casi rozándome la garganta. Lentamente la sacaba un poquito y me la volvía a tragar pasándole la lengua y apretando levemente con los labios. En un impulso la expulsé de mi boca y un rato le pasé la lengua por fuera, en la parte de abajo, lamiéndole los huevos. Yo, como te imaginarás, volaba de fiebre y se me puso durita debajo de la falda. El lindo se había sentado en el sillón y miraba la escena con el bulto evidente que le crecía por delante. Así que, cuando lo tuve bien caliente al grandote, fui por él gateando en cuatro patas, felina, puta.

Me vio venir y se acomodó. Lo acaricié por encima de la tela apenas el tiempo de ir sacándole el pantalón y bajarle el cierre para meter mi mano y buscarlo. Se dejó hacer. Primero el cinto, después el cierre. Notaba algo extraño y cuando tiré de los pantalones para que bajaran entendí lo que pasaba. Una pija más grande de lo común salió disparada del encierro de tela que la apretaba, gordita y larga como un chorizo, de unos 25 centímetros. Tanto se dio cuenta de mi sorpresa que me pidió perdón. Nunca había visto algo así. Me la metí en la boca como pude pero a pesar de mis intentos solamente alcanzaba a meterme la cabeza y apenas un poco más. Igual noté que los ojos se le daban vuelta y suspiraba con quejidos rítmicos como una melodía. Yo no podía más del placer que me envolvía. Le subía y bajaba la piel con empeño. Apenas podía respirar con la boca llena de carne. Estaba poniendo todo de mí en la mamada cuando una brisa por detrás me anunció que me levantaban la pollerita. El grandote había vuelto a la carga. Lo miré por encima del hombro  en el momento que me acariciaba el culo con intención de metérmela. No dijo una palabra y no era necesario. Su cara lo decía todo. Me corrió la braguita y me acarició la entrada con sus dedos rudos de campesino. Aunque yo flotaba en un océano caliente y cualquier cosa que me fuera a hacer se la hubiera permitido, todavía atiné a pedirle que no me lastimara, que tuviera compasión y que buscara algo de crema en el baño. De la punta del monstruo que tenía entre mis labios brotaba un juguito transparente. Yo lo chupaba y me lo tragaba con deleite. Al rato volvió el grandote y me bajó la bombacha por debajo de la cola y me buscó suavemente el ano. Me sorprendí de la dulzura con que trabajaba para que no me doliera. Sus dedos, húmedos de aceites, resbalaban en los bordes de la abertura. Con paciencia de orfebre me lo entró de a poquito, esperando que la crema hiciera efecto hacia adentro, milimétrico, exacto. Me arrancó un suspiro gozante que interpretó como permiso y me lo metió unos centímetros. Me aflojé para que le fuera más fácil. La situación me superaba. Me había lanzado cuesta abajo decidido a una noche de placer pero esto era demasiado. Si en un instante creía que no podía estar más caliente aún, al siguiente la realidad superaba mis fantasías más morbosas. Fue entonces cuando creí que había traspasado todos los límites socialmente permitidos. Todavía no sabía que faltaba mucho, pero mucho más.

Ni yo mismo me creía que esa era mi primera vez. Había fantaseado tanto con ese momento que actuaba como una experta; con boca de puta golosa le pasaba la lengua por el cuello del glande al lindo, mi cola estaba preparada porque la había entrenado con juguetes sexuales antes de ese día. Todas mis barreras habían sido derribadas. Delante de mí —y también detrás— dos hombres enardecidos pujaban por vaciarse dentro de mí. Flotaba en un magma tibio cuando la cabeza de la pija del grandote me abrió el culo y se metió descarada, dura y tibia. abriéndome el esfínter y más allá. Grité. Me arrancó un gemido apagado, entre dolor y placer infinito. Le solté la verga al lindo para concentrarme en la arremetida del grandote. Se me puso dura por enésima vez. Empecé a temblar. La pija entraba y salía de mi culo con ritmo y frenesí. Me quedé sin aire y pensé que iba a morir, que iba a partir al infierno del exceso, que me iban a encontrar mis parientes en medio de un mar de leche, empalada, con los ojos abiertos de placer y una sonrisa en la boca. Al rato, no tengo consciencia del tiempo que duró, lo sentí venir. El glande le palpitaba involuntariamente y jadeaba como un burro. De repente se quedó quieto con la pija entera en mis entrañas. Y rugió, un gruñido grave, fuerte, un plañido, como una canción de muerte. Y se derramó adentró de mí. Sentí la leche tibia que me inundaba y al instante  un nuevo placer, la pija que se desinflaba de a poco y me sacaba un suspiro sensual, felino. Hasta entonces no había creído que se podía tener un orgasmo con la cola. Era delicioso.

Se fue. Y la faldita cayó suavemente a su lugar acariciándome los glúteos bronceados. Me erguí entre las dos piernas del chico lindo, como una flor que crece de repente, y le acaricie el miembro con las tetas hasta quedar mi cara a la altura de la suya, y así, con la boca húmeda de las mamadas, le estampé un largo beso de lengua que él recibió con gusto con la suya. Nos entrelazamos. Sus manos me acariciaban la cola. No sé cómo hizo pero me alzó en el aire como a un peluche y me depositó con suavidad sobre la pija parada. Tuve miedo por primera vez. Por suerte el no insistió con obligarme a sentarme plenamente sino que me abrió apenas con la punta como pidiendo permiso.

—No me lastimes —le rogué. Tomé otra vez el pomo de crema que había dejado el grandote a nuestro alcance y sin mirar le unté todo lo que pude la víbora monstruosa que iba a tratar de meterme por el culo.

—Dejame a mí. —me escuché decirle—.

Lo único que se me ocurre para explicar lo que pasó entonces es mi calentura del momento. Yo estaba dispuesto a lo que viniera. El lindo me bajó el vestido por arriba y descubrió mis tetitas hormonadas para besarlas y morderlas con sus labios. Se me volvió a poner dura ante sus ojos. Por la forma en que estaba sentado sobre él, tenía mis genitales a la altura de su pecho.  Creo que lo mío es normal, pero comparado con lo que me había metido en la boca, parecía minúscula. La crema hacía lo suyo en la entrada, así que empecé a presionar un poquito para empezar a comérmela como se traga la anaconda pequeños animales enteros. En realidad esa fue la imagen que me vino a la cabeza, una escena de la National Geographic en la que una víbora se engullía viva una liebre entera. A pesar del miedo de lastimarme, el recuerdo me sacó una sonrisa. Era la venganza de la liebre. La liebre era yo y me estaba engullendo la anaconda, viva, palpitante. El lindo me tuvo toda la paciencia del mundo. Ahora que lo pienso, me parece que no le cabía otra. Me dejé caer un poco y la cabeza me llegó al esfínter, que opuso resistencia. Me quede quieta, asimilando el dolor que me invadía. Un rato más y el dolor se disipa un  poco, me descuelgo del cuello del chico y me hundo entrándola otro poco. Me besa por todos lados, la boca, el cuello las tetas. Me salgo para encremarme más, con los dedos, con varios dedos juntos para abrirla. Vuelvo a la posición en la que estaba y empujo. El esfínter cede pero me duele. En un momento algo pasa y entra más. El dolor es fuerte pero aguanto. Vuelvo a detenerme. Ya la tengo adentro, pero no tiene nada de placentero. Tengo el culo abierto como una flor. Nuevamente salgo para tomar un respiro y me vuelvo a encremar. La acomodo y me siento con fuerza, decidido y ¡oh, Dios! La pija se abre paso cruzando el anillo del esfínter sin dolor y la siento adentro, me abre, cómoda, tremenda. No sé cuánto entra pero la siento subir por el recto, y de repente quedo sentada en él con el tronco caliente todo metido adentro. Te juro que no pude más y grité:

 —¡Cómo me gusta esto, qué puta que soy!, —la voz me sale quebrada y  se vencen todas mis barreras y no puedo aguantar más— ¡Me voy! ¡Me voy! ¡Aaaay, sí! ¡Me muero, me voy!

El orgasmo llega con la intensidad de un terremoto y un hilo de semen me salta con fuerza en sucesivas oleadas  y le moja el pecho al chico lindo. Siento un larguísimo y delicioso espasmo de placer repartido entre mi culo y mi pija. Estoy enajenada, en lo mío, cuando escucho el gemido largo de mi amante y la leche que me llena a borbotones, con espasmos. Viene, se calma, viene de nuevo, una y otra vez hasta que se ablanda, se diluye. Pero la tiene tan grande que lo que queda adentro me deleita todavía más. Lo cabalgo. El compás de mi cadera lo sigue masturbando con movimientos ondulantes de atrás hacia adelante hasta que me quedo exhausta en sus brazos, satisfecha, feliz.

Desperté desnudo en la cama de mis tíos sin saber cómo había llegado hasta allí —alguien me había llevado en la noche— con mis dos amantes uno a cada lado. Con la cabeza despejada me aplasté en una avalancha de remordimiento. Estaba abatido y lleno de culpa. Pensaba en los excesos que había cometido. Como en fotos sucesivas, me venían los recuerdos de mi lujuria sin freno. Me atormentaba, preso de una vergüenza y un sentimiento de pecado incalculable. Me escapé de la cama y me encerré en el baño atormentado ¿Qué hice? ¿Ahora como salgo de esta? Me sentía como viviendo una película en la que yo era el protagonista y el espectador al mismo tiempo. Abrí la ducha y el agua tibia me relajó un poco, con el duchador me fui recorriendo el cuerpo enjabonado y me detuve con el chorro entre las piernas. Mis pensamientos se atolondraban en una carretera que se iba angostando y eso me hacía desesperar. Hilos de tibieza me resbalaban por la piel devolviéndome la sensualidad que había perdido. Poco a poco me volví a dejar llevar hasta que me vi envuelto en las caricias de una crema que me aliviaba las consecuencias del sol del día anterior. Alboroté mis pelos con la toalla y envuelto con ella salí al cuarto más tranquilo. Lo que no sabía todavía era cómo iba a lograr que los peones se fueran sin que se pusieran violentos conmigo. La verdad es que no tenía por qué tener tantas prevenciones si hasta aquí se habían mostrado más amigables que muchas de las personas que conocía, así que por ese lado también la presión de mi cabeza se fue aflojando. El verano encandilaba la copa de los árboles y se escuchaban los pájaros que pasaban en bandadas ordenadas. Otra vez me deslizaba en la intensidad de mis sensaciones entreveradas ¿Por qué no?, pensé. Total, si llegué hasta acá ya está, ya me perdí. Aprovecho hoy y mañana veré. Sí. Mejor. Total va a ser solamente este día, hasta que lleguen. Y mientras mis pensamientos flotaban en mi cerebro como los pájaros saliendo y entrando en la copa de los árboles, me enfundé en otro conjunto mínimo de lencería erótica. Me miré la cola en el espejo  y, tras cartón, me enfundé en un pantalón blanco de esos de montar que me entró como una funda ajustada dividiéndome el culo en dos globitos que en el medio evidenciaban la saliente del triangulito de la tanga. Me puse una blusa estilo corset, también blanca, con los hombros desnudos y un escote generoso. Otra vez estaba encarrilada y satisfecha con mi imagen. Me pinté los ojos y la boca y unté un poco de rubor en mis mejillas. Me puse unas botas de montar y con un suspiro de resignación fui a despertar a mis hombres.

—Después de que coman algo me tienen que enseñar a montar, —pedí.

Al mediodía ya estaban dos potros ensillados y listos —uno de ellos era el negro, que yo creía que me recordaba por la forma rara en que me miraba. Como yo nunca me había subido a un caballo, le pedí a grandote que me llevara con él para enseñarme. Chico lindo montó sobre el otro y salimos al trote, pasando la tranquera, campo adentro. Al no tener estribos para apoyarme, el trote me hacía rebotar rítmicamente en la entrepierna de grandote que, al rato, la tenía dura como una estaca y me la deslizaba en la hondonada que el pantalón hacía con mi culo. No me podía agarrar de nada y el golpeteo me tenía bastante incomoda, así que les pedí que hiciéramos un alto en la sombra de un bosquecito. Lo tenía al grandote como pegado por atrás. Me sorprendió aflojándome el cierre del pantalón y bajándolo con ambas manos hasta dejarme la cola descubierta.

—¿Qué haces?, —lo encaré con un gesto entre enojado y divertido.

—Para que vayas más cómoda, vas a ver.

Soltó los estribos y me indicó que me parara en ellos, así que me elevé por encima de la montura lo suficiente para sentir los ungüentos que grandote me prodigaba en la entrada. Como yo estaba elevada, él se desplazó un poco hacia adelante en la montura hasta quedar un poco por debajo de mi cola. Jugueteó un rato hasta que la cabeza atravesó el ano y me pidió que me sentara hasta meterla plenamente.

—Ahora sí. —Taloneó al potro que se lanzó al trote por el camino. El golpeteo del andar hacía que la pija subiera y bajara hundiéndose en mi carne. Con un brazo me rodeó la cintura y con el otro se aferró a las riendas.

Me dice al oído: —Ahora pásame a mí los estribos y levantá las piernas.

Quedé flotando empalada y agarrada firmemente por Grandote. Empuñé con miedo las crines del caballo, con las piernas aferradas al costado del cuello e inclinada hacia adelante.  Con los estribos en su poder, el peón azuzó al potro taconeándolo. El animal corcoveó y salió disparado al galope por un sendero  con paredes de girasoles. El ritmo de nuestro vuelo se acomodó y empezamos a flotar en la carrera. Pero ya no golpeaba como en el trote anterior sino que volábamos. Me elevaba y bajaba al compás de la sinfonía del caballo y de la pija dura que me entraba y salía. En un momento creí que nos íbamos a matar de tan rápido que íbamos. Cuando el caballo apoyaba las patas, la verga se me incrustaba toda hasta adentro y cuando se elevaba por los aires nos separábamos. Grandote gritó y yo lo acompañé. Le aullábamos de placer a la inmensidad de la llanura. Cuando el camino se acabó, al lado de unos árboles que hacían de frontera de un arroyo correntoso, la pija de Grandote se aflojó y me depositó suavemente en la montura de lana que sentí áspera al contacto con la entrada ardida de mi cola desflorada.

—Sos un bruto, me lastimás —le mentí mientras me acomodaba los pantalones ya en tierra firme. Tenía la cara roja de la calentura que me había dejado la experiencia. Me estaba hundiendo en el infierno de una lascivia descontrolada sin que nada pudiera torcer mi destino, salvo el resabio que en mi mente, y tan solo por momentos, luchaba contra la puta golosa en que me había convertido.

La aventura me había dejado sofocado por el calor. Nos juntamos los tres en el arroyo dejando los caballos a la sombra del montecito. Grandote se desplomó buscando el reparo de un árbol, cerca de los animales.

—Me voy a bañar —anuncié—, ¿vienen?

Me quité toda la ropa hasta quedar  casi desnuda apenas tapada por la bombachita y el corpiño mínimos. Me metí en puntas de pie en el arroyo apenas profundo hasta que encontré una roca en la que acomodarme para que el agua me cubriera por debajo y el chorro de la corriente me acariciara por encima, desde los hombros, hasta perderse nuevamente en el cauce. Chicolindo se desnudó por entero y pude observar su cuerpo moreno y musculoso, marcado por las labores cotidianas de la granja. Parecía duro como la piedra en la que me apoyaba y entre las piernas le sobresalía el miembro que, aunque tengo que confesar no me parecía tan grande como mi recuerdo del día anterior, de todas maneras era inmenso. Se internó decidido en el agua, sin reparar como yo a las salientes, para salpicarme la cara con patadas en el torrente. Nos reímos con ganas. Jugamos. Tenía fuerza y me dominaba cuando se le antojaba. Yo me resistía como podía pero nada podía hacer. Me sumergió en la pileta de agua en la que había estado antes y me inmovilizó dejando mi cabeza afuera. Se acuclilló con una pierna a cada lado de mi cuerpo. La mano entró entre en el torrente buscándome, sin prejuicio, manoseándome, cariñoso, suavemente, la cola y también mis genitales. Las bolas le colgaban entre las piernas y se las alcé para acariciarlos de la manera en que sabía era mi propio deleite. Lo miré implorante y le separé el brazo con que me aprisionaba para erguirme, la boca abierta, y empezar a mamársela despacito, a lengüetadas pegaditas a la piel, recorriéndole el cuello mientras lo masturbaba con ambas manos de abajo hacia arriba, de arriba hacia abajo, mis labios besando, chupando. Perdí la noción del tiempo. Cerré los ojos.  Solamente escuchaba el ruido del agua borboteando y los jadeos de macho caliente, gozando a cada entrada de mi boca, los gritos de unos loros que pasaron por encima de nosotros. El agua del arroyo me salpicaba las mejillas. En un momento me animé y avance hasta meterla bien adentro de la garganta. Fue un instante mínimo pero me gustó. Entre la lengua, las manos y los labios se la puse dura. Arriba y abajo, arriba y abajo, beso, lengua, la mano que sube y baja, beso, lengua, adentro y afuera, arriba y abajo. Saqué la boca y me pasé la lengua por los labios, para humectarme, en el momento en el que un chorro espeso y blanco me dio de lleno al costado de la cara, apenas por debajo del ojo, el segundo en la frente, y los siguientes espasmos directo en la boca. Tragué pero una parte se derramó por las comisuras. Le atrapé la cabeza entre los labios capturando la salida para sentir los últimos hilos directo al paladar. Mi lengua resbalaba por la viscosidad de la leche. La que se había desbordado hacia abajo por el tronco de la pija la recogí con la lengua, meticulosa, prolija, hasta dejársela limpita como al comienzo. Volvimos a la casa con el sol todavía en alto, yo en ancas del potro de Chicolindo, con los brazos cruzándolo desde atrás para sostenerme, mi mejilla pegada a su espalda. Nos tendimos al sol como lagartos.

Cuando lograba escapar de la locura exaltada en la que me sumía, mi mente se estremecía al recordar la manera en que me había arrastrado a lo más bajo de la depravación femenina. Ya no me importaban nada de las reglas de la llamada decencia y las costumbres, solamente saciaba mi sed con el oscuro placer de mis orgasmos cada vez más desviados. Ni siquiera pasaba por mi cabeza lo que me esperaba luego de ese fin de semana, vivía en el absoluto presente de mis desenfrenos.

Dormí un rato en la reposera de la pileta. Soñé una escena con caballos. Me desperté cuando el sol ya había penetrado el horizonte. Sentí la desazón por el tiempo que se acababa y recurrí al alcohol y la droga para animarme. Al rato mi sensualidad se había restablecido como consecuencia de la marihuana y por la noticia de que Grandote había encontrado unas pastillas azules en un cajón de la mesa de luz de mi tío. Con el Viagra en el estómago, me dispuse a convertirme en una diosa sexy que jamás olvidaran mis efímeros amantes y vivir la última noche de mi vida.

El baño siempre me limpiaba de los efluvios anteriores. Me entretuve un rato largo con el agua tibia que me relajó por completo. Escuchaba las risas que llegaban desde alguna parte de la casa. De algo más que polvos había que vivir, por lo después supe que mientras me vestía para ellos, mis amantes habían preparado un asado criollo en la parrilla del parque.

¡Oh, sorpresa! ¡Qué placer! En uno de los cajones hallé unas medias con ligas, suaves y transparentes. Siempre tuve un sentido fetichista de las prendas de mujer. Lo que tenía a mi alcance en este momento, medias de seda con ligas y elegantes zapatos de charol con taco finito eran de mis preferidas.  Elegí unas braguitas verdes casi invisibles de tan chiquitas. La cola agradeció y mis tetas se vieron favorecidas por el corpiño armado relleno de algodón. Antes que nada me perfumé, el cuello, las axilas, las piernas, sobre el triangulito de las bragas que ocultaba mi sexo y una buena cantidad por atrás, directamente en la entrada. El aroma me envolvió y empecé a sentir el efecto de la pastilla. Mi recuperación era otra vez completa y milagrosa. Me envolví desde abajo con un vestido de gasa negro que se imprimió en mí como la nieve al piso. Por delante escote y unas manguitas y por detrás la espalda toda descubierta, e incluso un poco más allá, apenas por arriba del inicio del desfiladero de la cola. Me estaba encaprichando con las formas onduladas de mi cuerpo. La minifalda revelaba a la perfección la curva de la cintura y el ensanche de las caderas y caía un poco más arriba de la mitad de los muslos, tapando las ligas de las medias. Me entretuve con el maquillaje el tiempo necesario para corregir las huellas de los excesos del último día. Pestañas postizas, los labios carmín y las uñas pintadas. Miré el resultado en el espejo. Me veía hermosa, sexy, ofertando mi cuerpo, mostrando la mercadería, como yo quería. Me agité los rulos y me puse —como siempre— aros, anillos y muchas pulseras. Salí de la casa con paso firme y ondulante y me aferré al cuello de Chicolindo apoyándole con intención las tetas en medio del pecho.

—Quiero coger. Cogeme.

Me abraza fuerte, me toca, las manos bajan a la cola y levantan la faldita para manosearme, rodearme y acariciarme con un dedo travieso el triangulito de la bombacha. El olor a carne asada nos envuelve. Me doy vuelta y le ofrezco el culo. Vuelco el torso hacia adelante y me restriego contra él, estoy muy caliente. Se lo digo.

—Estoy muy caliente. Cogeme, por favor, entrame, no seas malo.

Un giro de media vuelta y entro en la sala con la idea que se me había ocurrido un rato antes. Por delante del sillón, pegado al ventanal, hay una mesa ratona cuadrada, de madera, lo suficientemente grande. De un manotazo barrí lo que había encima y me subí para quedar en cuatro patas, como una perrita en celo. Los miré por encima del hombro.  Los dos hombres descubrieron al instante mi intención y se bajaron los pantalones. Estábamos presos de una excitación irracional, el mínimo roce  nos la ponía dura. Yo sabía que mi pose de puta les gustaba y me encantaba desesperarlos. Un gran espejo en la pared del costado me devolvió la imagen entera de la escena: la falda había subido por encima de mi culo levantado, las medias y las ligas al descubierto. Vi perfectamente cuando Chicolindo me entró por atrás y Grandote por la boca. Me había lubricado a la espera de ello. En el espejo vi la pija larga, lista para entrar, el glande oculto por las nalgas. Y de repente dejé de verla. El suceso de la verga desapareciendo adentro de mi cuerpo me calentó tanto como la sensación de la carne abriéndose paso. Con las dos pijas adentro me sentía plena. La noche comenzaba y el primero de mis objetivos se realizaba tal como lo había planeado. Pasé más de media hora con una  de las vergas en el culo, entrando y saliendo, y mi lengua devorando la otra. El tiempo se estiraba. Comprendí  que podíamos seguir así casi indefinidamente ya que  ninguno de nosotros eyaculaba por efecto de la pastilla. Hicimos una pausa y me levanté para colocarme en el medio de ambos para masturbarlos con las manos. Grandote no me besaba, vaya a saber por qué. En el fondo mejor. A mí me excitaban más la lengua, los labios y la boca del joven. Con mucho esfuerzo les arranqué un orgasmo que los desbarrancó de gozo entre espasmos y gritos apagados. Como yo no había eyaculado, me senté sobre la pija de Chicolindo antes de que le llegara el ocaso y le atraje la mano para que me acariciara los huevos, lo que me arrancó una deliciosa acabada en la mano de mi amante. Me acomodé la ropa y los miré dulcemente a los ojos. Ahora sí podíamos sentarnos a la mesa y deleitarnos con la otra carne.

En algún momento debía pedirles que se fueran para poner todo en orden ante la llegada de mis familiares, pero yo demoraba todo lo que podía el instante final. Comimos y bebimos. Regamos el postre con porro. Bailamos pegados. Me acariciaron. Los acaricié con dulzura, les dije al oído lo bien que la había pasado. Me llenaron de elogios el cuerpo, la cola, las piernas y la boca. Me dijeron que era único. Chicolindo me dijo puto, pero lo dijo con ternura. Llegó sigilosa la depresión del crepúsculo, de aquello que no iba a volver a suceder. Tenía la cabeza llena de nostalgia. No creí que me iba a afectar tanto. Estaba muy triste, como una nena que pierde la muñeca. Los tomé a ambos por las manos, los dejé en la puerta principal y los vi irse por el campo hacia la zona del galpón con la luna de arena sobre los eucaliptos.

Apenas tuve tiempo de poner todo en orden así que casi no dormí tratando de que no se notara el descalabro que había hecho sobre las cosas y la casa. Por la mañana, yo había vuelto a mi imagen de chico tímido y taciturno y, salvo mínimos detalles, había logrado que todo pareciera dentro de la normalidad del día en que los había visto partir.

Llegaron un poco antes del mediodía, lo primero que noté fue el reflejo del auto en la ruta y después la columna de tierra en la entrada al campo, entre las hileras de los árboles. No sabes lo difícil que fue simular normalidad con todos los sentidos convulsionados por las aventuras de los últimos días. La vida de familia se restableció en la casa. Tomaron sol hasta arderse y chapotearon en el agua. Yo ni me saqué la ropa con el pretexto de un repentino malestar estomacal. Por la tarde les anuncié que tenía que volver a Buenos Aires, de ser posible esa misma noche, porque me acababan de avisar de la fecha de un examen y debía comenzar a estudiar con un grupo que me convocaba. Yo creo que se sintieron aliviados de desprenderse de mí y de mis rarezas. Preparé el bolso y Nacho y la tía me llevaron hasta la estación de micros. Estábamos en el andén despidiéndonos cuando en un aparte, y sin que mi tía lo notara, mi tío me largó lo que daría origen a esta historia que te estoy contando:

—¿Te gustó la sorpresa que te dejé el fin de semana? Cuando vuelva tenemos que hablar —me dijo al oído—. Chau, nos vemos pronto”.

No puede ser. No, no puede ser. Hijo de puta, ¿Cómo pude ser tan tarado? ¡Qué hijo de puta! ¿Y ahora qué hago? No, no. ¿Ahora qué hago? Lo tenía todo preparado. Y yo me hundí como un idiota. ¡Qué hijo de puta! ¿Qué hago, qué hago? No puedo más.  Estaba agotado, pero temblaba de furia y de miedo. ¿Y si lo contaba todo? ¿Qué era todo? ¿Los dos mierdas del fin de semana eran sus informantes? ¿Los había enviado él? ¿Qué le habían contado? ¡No lo puedo creer! ¡No lo puedo creer! La cabeza me daba vueltas como un trompo, estaba hundido. A lo mejor en este mismo momento está sentado en la mesa y cena una carne al horno y le cuenta a mi tía que su sobrino es un puto degenerado que se cogió a los dos peones del campo parado en sus tacos y mojando sus bombachas con leche campesina. Y ella iría corriendo a contarle todo a mi mamá ya mi papá. ¡Qué asco que le daría a mi tía Soledad, tan fina ella! Las lágrimas llegaron, inevitables. ¿Y ahora qué hago?

Y así llegué hasta aquí, sentado en el baño de la casa de mis tíos, con la bombachita negra de encaje y la falda negra cortita que se abre en forma de campana desde la cintura, con un dedo encremado en el culo y la boca abierta con la lengua de mi tío jugueteando en ella. La tía y mi prima salieron de compras y no están. Nacho lo tenía calculado. Me arrastró al baño y me lo ordenó, como me ordena ahora que me ponga de pie y apoye las manos en el lavabo, levemente agachada. Por el espejo lo veo que se pone atrás y se abre los pantalones. Lo que sigue no lo veo pero empuja con la cabeza sobre mi entrada, como probando. No pregunta si me duele, me la mete entera, lo sé por la puntada de dolor y porque siento el golpe de sus huevos contra los míos y las puteadas que me lanza (siempre será así, le gusta, me humilla con sus porquerías)

—¡Que buena que estás Gabrielito! ¿Te gusta que te la metan, no? Porque sos muy putito y te encantan los machos. Sí, claro que sí. ¡Cómo le gustan a Gaby las pijas duras, bien adentro del orto! Mirá vos qué lindo culo que tiene el mariquita.

Y yo me quedo quieto, aguantando que abuse de mí para pagarle su silencio. Lo que no sé es como voy a salir de este círculo vicioso. Porque él no me va a dejar. Te cuento que, en realidad, ese día fue el peor, el de mi mayor vergüenza, porque aunque había cerrado la puerta con llave y dejado correr la lluvia, la voz de mi tía nos llegó  claramente.

—¿Nacho? ¿Nacho, estás ahí? —Yo tenía la pollerita levantada y el culo lleno de la verga de Nacho, que se ayudaba con las manos aferradas en mis caderas para meterse más adentro. Y el muy turro que responde como si nada, la voz limpia:

—Me estoy bañando, ¿cómo les fue?

El ruido de la puerta de alguien tratando de entrar y el pomo que gira me estremece de terror.

—¿Me podés abrir?

—Estoy en la bañera. —Lo dice sin dejar de cogerme. Solo yo escucho el resoplido mientras la mete y la saca.

—Ah, ¿Sabés donde esta Gabriel?

—No, ¿por qué?

—Se ve que se fue, porque cuando llegamos no estaba.

—Cuando entré al baño todavía estaba. Es medio raro tu sobrino.

—¡No seas malo! No le digas raro. —La voz de la tía se aleja y sin inmutarse por lo sucedido, me sacude con ritmo.

—¡Movete un poco! ¡Sí, así, como me gusta la colita de mi sobrinita, tan putita el! —Y el gemido cuando entra, y la respiración cuando la saca. Yo quiero que termine de una vez. Me da mucho asco lo que me va a dejar adentro y no puedo dejar de pensar la manera de huir de allí sin que se note mi presencia. Contra lo que pensaba, no me lo hizo adentro. La sacó y me acabó en la cola y después la extendió por la hendidura con la cabeza de la pija, para enchastrarme bien, para marcarme que el macho era él y podía hacer conmigo lo que quisiera.

—Ya podes limpiarte, marica —me ordenó.

Pude lavarme y cambiarme. Cuando estuve listo, Nacho salió del baño y con una excusa llevó a las mujeres al balcón para que yo pudiera escapar por la puerta de servicio sin que lo notaran.

Pero no queda ahí. La cosa empeora en los meses siguientes. Me deja mensajes en el teléfono con direcciones para que vaya a su encuentro, a veces me lleva con el auto a un motel. Hace que me pinte los labios para pasar por delante del conserje y después me obliga a montarme con la ropa que me trae. Le gusta que se la chupe de rodillas y le pase la lengua por los huevos. Aunque eso fue el principio nomás, hasta que empezó a venderme. Varias veces me lleva a un sótano de mala muerte donde se desarrollan las escenas más horribles y perversas que haya visto. Me hace protagonista. La primera vez una vieja de tetas fofas le chupaba la pija a un chico negro en un sillón. A su lado dos hombres se besaban y se tocaban. Todo era sórdido. Otros tipos con las panzas caídas se paseaban desnudos y tomaban o se drogaban. Antes de entrar, mi tío me hizo tomar una pastilla. Me había obligado a vestirme con un corset que me afinaba aún más la cintura, unas medias de liguero, suaves y finitas y unos zapatos de taco bien alto. Me pusieron una máscara de gata en la parte superior de la cara. Eso es lo que me acuerdo, porque después entré en un sopor y todo lo que me hicieron parece un sueño. Lo que sí recuerdo es que me ataron los brazos al techo y las piernas separadas me las inmovilizaron en el piso. Por momentos tomaba cierta consciencia y entonces sentía que me estaban metiendo cosas o sentía el cuerpo tibio de alguien que estaba entrando en mi culo abierto de tanto exceso. En un gran espejo de la pared me vi reflejado, inmóvil, con el culo parado, mientras varios hombres jugaban al trencito. El primero la tenía dentro mío y, a la vez, era cogido por el de atrás y este por otro. Yo era la locomotora y los llevaba a la rastra a todos, me estaban cogiendo entre todos. Creo que me desmayé. Desperté con el palo de una escoba metida en la cola. La escoba salía para atrás hasta el piso, me habían puesto un sombrero de bruja y un tipo se hacía la paja mirándome con los ojos desbordados. Ese día pensé con todas mis ganas que quería que Nacho se muriera. De lo que fuera, no importaba, ataque al corazón o cáncer, si, cáncer era más doloroso. Lo odiaba con todo mí ser. Estaba en sus manos.

A veces me entregaba en la puerta de una casa de un barrio desconocido, en manos de varios hombres de los que nunca supe siquiera los nombres. A los tipos les gustaba que llegara como un chico y que me fuera transformando ante ellos. Yo no les importaba para nada. Me decían asquerosidades. Y cuando estaba vestida de lo que me indicaban, pintadita y perfumada, me iban pasando de mano en mano para abrirme, manosearme, acabarme en la cara. Era un objeto. Como a los ocho meses enfermé gravemente. Tenía fiebre alta y no se me bajaba, había adelgazado como siete kilos y estaba hecho un palito, eso decía mi mamá. Esto me trajo un alivio por un tiempo. Pero apenas me recuperé, Nacho volvió a la carga, otra vez en su casa. Ya ni siquiera reparaba en que mi tía hubiera salido. Mientras ella cocinaba me arrastraba al baño y me hacía un rapidito, como le gustaba decir. Había pasado de puta a esclava. Mientras me la metía me insultaba, se ve que lo excitaba decirme puto, chupapitos o describirme la manera en que me iba a romper el culo o cómo siendo tan puto me gustaba tener una pija en la boca. Todo era asqueroso como él. Me juré que lo iba a matar, que era la única forma de librarme. No sabés las noches que pasé llorando mi amargura, en las que estuve a punto se salir de mi closet para acabar con todo aquello. Pero nunca me animé, pues en el momento mismo en que me creía seguro de que todos supieran lo que me pasaba para librarme de la oscuridad en la que me había metido, dudaba, lo postergaba. Me decía que mañana, que tal vez.

Nuevamente llegó el verano y otra vez la invitación de pasar unos días con mis tíos en el campo. Nacho me conminó a contar todo si no iba por lo menos una semana. No tuve más remedio que asentir, para sorpresa de mi mamá que me confesó que había creído que me iba a tener que obligar nuevamente. Nacho no dejó pasar siquiera la primera noche y me encerró en al galpón de los caballos. Me sujeté de uno de los cercos de los corrales para dejarlo que me bajara los pantalones y me descubriera la redondez de mi cola y me entrara de lleno con la pija parada. Yo no decía nada, como siempre, aguantaba. Se sacudió un rato y me llenó con tanta leche que una parte se derramó de mi cola mientras estábamos en la mesa cenando y me dejó una mancha por detrás de tal manera que tuve que disimular para llegar a mi cuarto y cambiarme.

Esa tarde no había ni una manchita blanca en el cielo amarillo de la llanura. Uno de los peones llegó corriendo a la casa para anunciar que Nacho había caído del caballo y que no se movía. Mi tía entró en una crisis y yo mismo tuve que llamar la ambulancia que tardó como cuarenta minutos en llegar. Lo encontraron tendido en el mismo camino de los girasoles que había recorrido un año antes con los peones. Estaba muerto. Los médicos dijeron que se había roto la columna y que era probable que hubiera agonizado un rato largo hasta el desenlace final.

Despues supimos que Nacho había salido solo, montado en el potro negro, que le había encargado a los peones que se lo prepararan para después del mediodía. Nadie supo que yo me había confesado al día siguiente de mi llegada con Chicolindo y Grandote de las penurias que había vivido por culpa de ellos. Todo se calmó unos días después de la intervención de la policía que investigó si había posibilidad de que hubiera sido algo más que un accidente. Entrevistaron a los peones, revisaron las huellas en el lugar y cerraron el caso como un desgraciado suceso. A nadie se le ocurrió revisar si había algo raro en el potro. Al principio, yo fantaseaba que había sido él, que aquella noche en la que Nacho me abusó en la caballeriza, había visto la tristeza de mis ojos. Pero después Chicolindo me contó que con Grandote habían drogado al caballo para que se encabritara y que éste, enloquecido, había hecho lo esperado. Los tres me habían salvado. Les prometí la presencia de Gabriela en el galpón para después del entierro y cumplí mi palabra.