Maestra sumisa, su primera vez termina mucho peor que como empezó

Yolanda bajó a la sala y se puso cómoda. Puso la televisión y puso el libro en la mesa al lado del sofá Puri limpió el baño y recogió todos los cabellos, y limpió bajo el lavabo y la taza. Estaba muy frustrada y quería terminar lo que había empezado, pero tenía miedo de Yolanda. Yolanda no había mostrado ninguna señal de compasión y Puri no quería encolerizarla. Comenzó a sentir sus pies sumamente doloridos a causa de aquellos tacones ridículos, pero de nuevo se veía obligada a llevarlos puestos.

Después de limpiar el baño, se dirigió a su alcoba, donde estaban amontonada su ropa y otros artículos personales. No tenía ninguna caja o cualquier cosa para embalarlos, así que tuvo que bajar la escalera hasta la cocina para coger algunas bolsas de basura.

“¿Cuánto va a tardar, señorita Gómez?”, gritó Yolanda desde la sala. “No tarde demasiado. Estoy hambrienta.”

Puri se dio prisa en subir la escalera y metió todas sus cosas en las bolsas de basura. Había seis bolsas. Eso significaba bajar y subir tres veces la empinada escalera del sótano. “’Mis pobres pies”, pensó Puri. Después de dar los tres viajes, a Puri le dolían tremendamente los pies, pero siguió adelante hacia la cocina. “¿Qué le gustaría comer a Yolanda?”, deseó saber. A todos los adolescentes les encantan las hamburguesas y las patatas fritas, así que preparó dos hamburguesas y un montón de patatas fritas. Mientras cocinaba se dio cuenta que tenía mucha hambre. Puri fue a poner la mesa y recordó que Yolanda le había dicho que un plato solamente. ¿Y dónde como yo?”, pensó Puri. Cuando la comida estuvo preparada y todo listo, Puri llamó a Yolanda a la cocina.

“Señorita García, la comida está lista.”

Cuando Yolanda entró en la cocina vio a su una vez respetada maestra desnuda al lado de la mesa, preparada para servir su comida. Eso provocó que una sonrisa apareciera en su cara.

“Póngase aquí al lado mío, señorita Gómez, mientras como”, le dijo Yolanda mientras se sentaba a la mesa.

La hambrienta maestra se quedó de pie sobre sus doloridos pies al lado de Yolanda mientras ésta empezaba a comer la deliciosa comida.

“Me gustaría tomar una Coca-Cola, señorita Gómez”.

“Sólo tengo Pepsi, señorita García.”

“De ahora en adelante comprará Coca-Cola.”

“Sí, señorita García.”

“Bueno, señorita Gómez. ¿Ha sido usted lo bastante buena como para comerse una patata?”.

“Sí, por favor, señorita García.”

“Abra sus piernas.”

Una Puri confusa abrió cautamente sus piernas. Yolanda cogió una patata frita y la resbaló entre las piernas de Puri, por encima de su coño. Entonces la acercó a los labios de Puri.

“Cómasela, señorita Gómez”.

La asustada maestra mantuvo sus labios cerrados mientras su cara se ponía roja ante el toque íntimo de su estudiante y al pensar en lo que se le pedía que hiciera.

“Abra la boca, señorita Gómez. Bien abierta”. Puri abrió su boca y Yolanda le metió la empapada patata frita en ella.

“Ahora mastíquela, señorita Gómez.”

La horrorizada maestra intentó no vomitar mientras masticaba la patata frita introducida en su coño.

“Aquí tiene, señorita Gómez, enséñeme cómo se empapa la siguiente”

Como deslumbrada, Puri cogió la patata de Yolanda y la resbaló por su coño, FLASH, y luego se lo metió en su boca.

“¿Quiere la señorita Gómez una hamburguesa?”.

“No”, le susurró la derrotada maestra agitando su cabeza violentamente de lado a

lado.

“Aquí tiene”, dijo Yolanda, dándole un pedazo grande de hamburguesa a su maestra.

“Métasela primero en el coño, señorita Gómez”.

Puri hizo cuanto se le mandó, pero estaba cerca de vomitar por el sabor y la humillación de tener que hacer esta cosa repugnante.

“Limpie todo esto, señorita Gómez, y reúnase conmigo en la sala. Traiga una cinta métrica, papel y lápiz. Y no tarde todo el día.”

Puri rápidamente lo limpió todo y cogió una cinta métrica, lápiz y papel del cajón y fue a la sala.

“Póngase aquí, delante de mí”, le dijo Yolanda mientras miraba a su maestra desnuda moverse por el cuarto.

Le cogió la cinta métrica y empezó a tomar las medidas de su maestra. “Apunte lo que le diga, señorita Gómez”.

Le tomó sus medidas. “Pecho, 95; Cintura, 23; Caderas, 33. No, señorita Gómez, no está nada mal”.

Entonces Yolanda le dijo, “Abra sus piernas, señorita Gómez.”

Alargó las manos hacia las piernas abiertas en V de su maestra y colocó el extremo de la cinta métrica en un punto a unos tres centímetros de la rodilla de Puri.

“Longitud, 30. Señorita Gómez, mañana cogerá todas las faldas y los vestidos que he dejado encima del silla de su dormitorio y los acortará hasta una longitud máxima de 30 cms. También quitará el botón superior de todas las blusas y vestidos que preservamos.”

“Sí, señorita García.”

“¿Le gustó su comida?”.

“No, señorita García, no me gustó.”

“Muy mal. Usted debe aprender a que le guste ese sabor, señorita Gómez. ¿Es su marido bueno en la cama, señorita Gómez?”.

“Sí, señorita García.”

Puri estaba muy avergonzada por tener que contarle cosas sobre su marido y su vida sexual a su estudiante.

“¿Se la han follado a usted por el ano, señorita Gómez?”.

“¡No, nunca!. Nunca me han metido nada por el ano.”

Yolanda sonrió. “¿Le gusta el sexo, señorita Gómez?”.

La maestra totalmente desnuda delante de su estudiante no podía creer que Yolanda le hiciera estas preguntas. “Sí, señorita García.”

“¿Le ha chupado la polla a su marido, señorita Gómez?”.

“Sí”, susurró la avergonzada maestra, con una cara muy roja.

“¿Le gusta?”.

“Sí, señorita García.”

“¿Se traga su semen?”.

“Nunca haría eso. Por favor, no me haga esas preguntas.”

“¿Ha engañado alguna vez a su marido?”.

“No”.

“Antes de casarse, ¿con cuántos hombres ha follado usted, señorita Gómez?”.

Con su desnudo y afeitado coño ahora muy mojado, Puri contó mentalmente el número de sus compañeros de sexo. “Tres.”

“¿Les chupó las pollas a todos, señorita Gómez?”.

“Sí.”

“¿Le gustó chuparles las pollas, señorita Gómez?”.

“No, pero ellos querían que se lo hiciera y a mí me gustaban ellos.”

“Pero ahora a usted le gusta chupar una polla, ¿no, señorita Gómez?”.

“Sí”, cuchicheó Puri.

“¿Ha mantenido alguna vez relaciones sexuales con más de una persona a la vez?”.

“No”.

“¿Ha mantenido relaciones sexuales con una mujer?”.

“No, creo que es horrible”.

“¿Ha besado alguna vez a una mujer?”.

“No”.

El interrogatorio siguió durante más de una hora.

“Estoy muy cansada, señorita Gómez, y mañana tendremos un día ocupado. Extenderá sus horizontes. Vamos arriba.”

Cuando entraron en la alcoba, Yolanda se dio cuenta que no habían cogido los productos que habían comprado en la tienda.

“Coja las zanahorias y los pepinos del refrigerador y vuelva aquí deprisa.”

Mientras Puri estaba cumpliendo la orden, Yolanda cortó dos secciones de soga y anudó los extremos a las varas metálicas. Cuando Puri volvió, Yolanda le mandó que se arrodillara en el suelo. Entonces Yolanda hizo que Puri colocara sus brazos entre sus piernas y le ató cada muñeca a un tobillo. Luego obligó a Puri a que se pusiera boca abajo en la alfombra y levantara su trasero en el aire. Entonces le ató cada tobillo al extremo de la vara obligándola así a mantener sus piernas muy abiertas.

“Ahora, señorita Gómez, esta posición sirve para dos propósitos. No quiero que se masturbe esta noche y voy a usar su pala en su trasero para que así se acuerda de mostrarme el respeto debido y obedecer sin preguntar.”

Yolanda cogió la pala. GOLPE. “Uno.”

“¡Owwww!. Por favor, no me pegue”.

GOLPE. “Dos.”

Su trasero le ardía y las lágrimas aparecieron en sus ojos. “¡Por favoooooorrrr!”.

GOLPE. “Tres.”

“¡OOOOOOwwwwwwwwwww!.”

Yolanda sonrió cuando el trasero de su maestra enrojeció.

GOLPE. “Cuatro”. GOLPE. “Cinco.”

“Eso es todo por esta noche, señorita Gómez. Déme las gracias por enseñarle a respetarme.”

“Gracias, señorita García”, sollozó la humillada maestra con su trasero caliente.

Yolanda se acercó a la cama, se quitó su ropa y se metió en la cama, dejando a su maestra atada y sollozando en el suelo.

“Buenas noches, señorita Gómez.”