Lulú tiene el coño más rosita que existe, las ganas de comerlo que tengo

Cuando desperté la noche estaba cayendo. Lulú se había sentado en el silloncito contiguo al mío; no sentí cuando llegó, como tampoco recordaba haber estado viendo una película.

Ella traía un vestido muy sencillo de rayón, blanco, con estampado de flores negras. No era muy bonito pero se le veía tan bien que me hice la dormida para quedarme ahí a mirarla. Tal vez el vestido le oprimía el busto un poco de más. Yo no podría llevarlo tan ceñido, habría pedido al menos una talla más grande; aunque puesto en ella se veía tan bien que pensé que podría probarme algo así alguna vez.

Sin bajar la vista sentí en mi mano el libro que había estado leyendo, lo que me hizo pensar que no había sido yo quien encendió la tele, sino Lulú; habría estado muy aburrida allá abajo. Algunas tardes, después de terminar las actividades de la casa, Lulú venía a mi cuarto a ver qué estaba yo haciendo. Casi siempre me encontraba leyendo algo o escribiendo. La invitaba a sentarse junto a mí en los silloncitos verdes; pero no duraba mucho, se enfadaba también de mí y a los pocos minutos se iba.

Pero yo no podía regresar al libro. El poder de las imágenes de la primera vez que hallé a Lulú en su cuartito, tocándose, era absoluto. No había forma de borrarla de mi mente; y ella se iba con mi atención, se llevaba mi equilibrio y mi voluntad. No podía reprimir mi curiosidad que surgía de repente, que me cosquilleaba en el cuello y me bajaba desde la base de mis senos hacia el centro, hasta abrirse paso debajo de mi ombligo. Y yo perseguía la sensación con las yemas de mis dedos, seguía su rastro por el caminito castaño de vello que llevaba a mi sexo.

Las piernas de Lulú eran morenas y gorditas, de una redondez perfecta que apenas le cabían en el vuelo del vestido; y me hacían pensar que haría falta un hombre de manos enormes para abarcarlas, para recorrerlas desde las rodillas hasta el cuerpo; un hombre, que al igual que sus manos, tendría un miembro grande y grueso, como esos que leía y releía yo en los libros de aeropuerto que poblaban las mesitas de mi casa. Y me perturbaba un poco pensarlo, pero me atraía más la idea erótica de ella que la de él. Las imágenes de bravucones viriles y velludos me intimidaban, como tampoco me identificaba con esas mujeres de apellidos compuestos, que hablaban francés y lloraban de intensidad para caer desmayadas enmedio del fuego cruzado de sus pistoleros del semen.

Tal vez la culpa era mía. Tal vez las muestras de pasión en casa habían escaseado desde siempre; mis padres y yo éramos descafeinados, descoloridos y estúpidamente reflexivos. Jamás los había visto encerrarse en su cuarto buscando intimidad; ni había escuchado a mi madre en su soledad, jadeando. Lo pensaba y me sentía diferente a ellos. Aunque no podría ser tan distinta cuando mi herramienta sexual de cabecera era un borrador sabor frambuesa de Hello Kitty; no mientras Lulú, a esa misma hora, en esa misma casa se daba vuelo calentando entre los labios de su vulva las calabacitas que sacaba del refri.

Ahora estaba ahí, sentada junto a mí, viendo una película sosa de un par chicas despechadas que durante un par de semanas cambian de casa. Para entonces yo no sabía de despecho, yo sabía de soledad: la soledad mía de ser invisible, tímida y adolescente, la soledad escogida de mis padres; la soledad helada de Lulú a oscuras en su cama restregándose contra el novio de sus recuerdos. La soledad de nosotras juntas, calladas, mirando cómo Jude Law no paraba de ser hermoso aunque pidiera el baño para orinar, aunque pidiera asilo en un sofá porque andaba demasiado ebrio para conducir.

Y la chica despechada saca ventaja, le propone aparearse y se le echa encima; y aunque yo sabía que de la escena de los besos iríamos a otra del día siguiente —porque no se permite mirarle el pene a los actores lindos—, no pude evitar deslizar mi libro entre mis piernas y acariciarme con él discretamente. Jude Law tendría que tener un falo chiquito, amistoso como él; que dieran ganas de verlo, y que de tenerlo en la boca no se atragantara nadie. Quizá Lulú tuviera la impresión contraria… o tal vez no, pero no iba a preguntárselo y romperle el embrujo al que todas tenemos derecho cuando aparece en la tele un hombre como ese.

Parecía hipnotizada con sus ojos enormes clavados en la pelicula, brillándole, brindándome una coartada para mirarla a mis anchas, de arriba a abajo; desde sus mangas cortitas hasta las uñas recortadas como niña pequeña; desde la base de sus pechos, siguiendo la ruta circular hasta a las puntas achatadas, porque era claramente más bustona que la talla 36 de su vestido. Y me dieron ganas de avanzar hacia ella y recogerle el cabello, quitárselo de ahí; descubrirle el cuello y sentir en mis dedos el filo de sus clavículas, ocultas en su piel de barro.

La recorrí de regreso, busto arriba y me topé con sus ojos, mirándome. La Lulú de mi fantasía había perdido ventaja con la real, quien sin aviso ni nada me había quitado el libro para seguirlo deslizando encima de mi short, pero con más intensidad; y mi ropa, lejos de protegerme translucía las sensaciones, y me hacía colgarme del brazo de ella para asirme de algo; para evitar que parara y tuvieramos que empezar a charlar del clima o de los ojos lindos de Jude Law.

Pero no habría hecho falta porque Lulú estaba llena de verbos, como mirarme, como dejar caer el libro y seguir tocándome con un dedo; como acercarse y tomarme un pecho en su mano; como mirarme y mirarme hasta hacerme parpadear, hasta hacerme abrir la boca para recibir la suya y sentirla explorándome, inquieta, húmeda y delirante. El olor de Lulú era fuerte, dominante. Aun vestida ella olía, y ese humor alentaba mi sumisión, a que me dejara hacer. Me sentía como un pedazo de mantequilla, abriéndome ante el cuchillo caliente de sus dedos. Me dejé jalar el short hacia abajo, me dejé sacar los calzones. Me dejé levantar las piernas y me sentí una flor, deseada y hermosa; el epicentro de ese pequeño instante que habría de quedarse en mi memoria.

Y contemplé mis bragas tiradas sobre el tapete, a donde también fue a parar mi sostén de corazoncitos. Y me despedí de mis prendas de niña, me despedí de mí; de ésa que había sido hasta el hoy aquel.

Lulú me besó en la vulva, la lamió, la mordió entre sus labios hasta hacerme temblar. Yo acariciaba su cabello, y luego lo jalaba en mis espasmos y la apretaba con mis piernas sin control. Ella paraba y me las abría de nuevo porque le cortaba la respiración. Le pedía disculpas, me guiñaba un ojo y volvía a mordisquearme en los labios; a jalarlos, a horadar en mi vagina con su lengua. En algún momento se detuvo a mirarme; y me dijo, con su voz más quedita, con su mirada más tierna que tenía en su boca la “panocha más rosita del mundo”. Y me hizo apenarme y preguntarme cómo sería la vagina de ella. Había visto a Lulú masturbarse desde lejos y con poca luz; y me habría esmerado en vérsela de haber sabido que iba a quedarme con la duda. Pero Lulú me trajo de vuelta al penetrarme con sus dedos, la sentí tocándome por dentro, palpándome en las paredes de la pelvis, arañando el fondo de mi cérvix; atacando a mi virginidad por un lado y por el otro, hasta darla por muerta.

Pero a mí me mató ella con su lengua, pulsando y recorriendo mi clítoris hasta correrme; sonrojándome describiendo mi cuerpo con esas frases de camionero empalmado. Qué diría Jude Law de escucharla, de verla cabalgando en mi muslo. Qué me diría yo misma antes de dormir, cómo iba a conciliar el sueño de recordarla rozándose contra mí, frotando sus pechos enormes y oscuros contra los míos. No podría. No podría parar de tocarme, de recorrerme sola para recrear las sensaciones eléctricas que volvían en mi espina dorsal como sacudidas, como latigazos.

La película agonizaba, y Lulú me tenía abrazada cariñosamente, jugueteando con su mano sobre mi seno derecho. No había lugar para Beto, como no hubo lugar en mi vida para nadie más que para ella; que me besaba y me pedía no preocuparme por ella, porque esa noche era mía y habría de complacerme en lo que fuera. Rompí mi silencio y le pedí mirarle su sexo, porque había pasado el trance casi completo con los ojos cerrados, y no me había enterado ni de cuando se sacó la ropa de encima. Se incorporó, me dio un beso en la boca y se echó hacia atrás cayendo acostada en el respaldo del sillón. Me hinqué en el tapete, me acerqué, abrí sus piernas que se pusieron chinitas al sentir los mechones de mi cabello; y me colé entre ellas.

Bajo su vello negro y crespo encontré sus labios, oscuros, casi negros y abundantes; se arremolinaban hacia un lado como corchetes tipográficos. Los toqué con un dedo siguiendo su contorno hacia arriba, desenredándolos un poco. Hendí la yema de mi dedo en su vagina —que se aclaraba al abrirla—, apenas para humedecerlo; y me lo llevé a la boca. Me recogí el cabello con una mano; me agaché y le comí el coño, como me como las mitades de naranja: llenándome de jugo la nariz.

Sólo saqué la cara para decirle que su vagina era rosita también. “Pero debes acercarte mucho para saberlo”, me dijo; y me hizo una seña obscena con sus dedos y su lengua, para hacerme volver a lo mío. Y volví.