La profesora de matemática y el último día de clases

En 3º de Bachillerato, del Bachillerato antiguo del año 1973, yo tenía una profesora de matemáticas que por inercia de un pasado infantil aún reciente, todos llamábamos señorita. Y lo hacíamos, no solamente con ella. A todas las profesoras las llamábamos así, con independencia de su edad o estado civil. Se trataba de la señorita Martínez. No recuerdo ni su nombre de pila, ni mucho menos su segundo apellido. Tendría algo menos de treinta años, aunque por aquel entonces no estaba muy ducho en calcular edades, y mucho menos de las mujeres. Era morena, con media melena que le caía por encima de los hombros, el pelo medio ondulado, no era alta pero tampoco baja, y estaba muy bien proporcionada. La verdad es que tenía un cuerpo muy sugerente. Pero…..tenía un pequeño defecto. El labio superior lo tenía medio retorcido, o remangado de un lado…, ahora no lo recuerdo exactamente cómo era, creo que no era exactamente lo que llaman labio leporino, pero constituía un defecto de esos que los adolescentes de esa edad magnifican para hacer burla de la persona, con toda la crueldad de que son capaces.

Era evidente que ese defecto le acomplejaba, y yo le atribuía a ello la razón de que habitualmente mostrara un semblante serio y unas maneras adustas. Ello a su vez provocaba que los chicos –todavía las clases estaban separadas por sexos- fueran más hostiles con la señorita Martínez.

Como yo no era de los revoltosos, más bien era calladito, y prestaba atención en las clases, lo que me permitía ir superando los exámenes, y gozaba en definitiva de una consideración de alumno aplicado y formal, la señorita –dejaré de repetir continuamente su apellido- debió tomar nota de ello. Había otros compañeros aún más empollones que yo, y que sacaban mejores notas, pero digamos que formaba parte del grupo selecto. Me dí cuenta un día en que, dirigiéndose a mí para pedirme que borrara la pizarra me llamó por mi nombre de pila:

– ¿Alberto, quieres borrar la pizarra, por favor?

Ese día, y algunos más después, fuí objeto de chanza entre los demás alumnos.

Sucedió que el último día de clases, antes de las vacaciones de Navidad, tras despedirse de toda la clase y desearnos unas felices fiestas a todos, mientras iban saliendo los alumnos alborotadamente, como siempre, me llamó nuevamente por mi nombre y me dijo:

– Alberto, Alberto!!…-tuvo que repetir mi nombre debido al ruido- ¿puedes ayudarme a llevar todo esto a mi despacho?

– Sí, claro.

Miré brevemente a mi compañero José, que hizo una mueca jocosa, que ambos entendíamos perfectamente.

Tenía un gran montón de folios que parecían exámenes de otros cursos, más la cartera que habitualmente llevaba la señorita a las clases, más un gran paquete adicional que le había traído un bedel durante la clase, y que parecían libros, unos ocho o diez, y que por tanto pesaba bastante. Me dijo que cogiera yo el paquete con los libros y que ella llevaría lo demás, pero una vez que la vi con la cartera y el montón de folios que pretendía llevar asido por los extremos con las dos manos, me pareció que iba sobrecargada, y que mi obligación era mostrarme más galante ofreciéndome para llevar más peso, liberándola a ella de tan penoso cometido.

– Deje, ya llevo yo el paquete de folios.

– ¿No será demasiado? Mira que pesa bastante…

Pero yo no podía rechazar el reto. Así que insistí, acercándome a ella para que me colocara el paquete encima de los libros. Yo había colocado mis brazos en forma de gancho hacia arriba, formando una especie de cuna, y le indiqué que los depositara por encima de los libros, a fin de que los pudiera sujetar con la barbilla. Entonces se acercó ella también a mí iniciando la maniobra, y en el momento en que dejó algunos de los libros sentí que con los dedos de mi mano derecha presionaba en algo blando, que al principio no identifiqué. Duró apenas un par de segundos. Ella debió notar también el inesperado contacto, porque cruzó su mirada con la mía, como buscando una explicación; al menos así lo interpreté yo entonces. Sin duda me puse colorado, porque noté el acaloramiento de la cara que siempre me descubría; por desgracia para mí, tenía demasiada experiencia en esas situaciones que era incapaz de controlar. Ella percibió mi turbación, lo que enseguida me llevó a la conclusión de que habría pensado que el contacto había sido provocado por mí.

Mientras cavilaba todo eso, la señorita se dirigía hacia los cajones de la mesa del profesorado, y abrió el más bajo. Parecía como si buscara algo, inclinada para acercarse. La blusa abotonada que llevaba cedió por efecto de la ley de la gravedad y por el peso de carne que seguía la misma pauta, dejándome ver desde mi posición una buena parte de uno de sus pechos, eso sí, arropado por el sujetador. En esa postura, sin que yo tuviera tiempo de preverlo, me dirigió otra mirada que hizo que yo desviara la mía, aunque ya era tarde. En pocos segundos me había pillado “in fraganti” dos veces. En esta ocasión, mientras se incorporaba lentamente, se recolocaba el escote de la blusa. No estoy seguro, pero me pareció que se le colorearon las mejillas. Eso me hizo pensar que, por un lado, se había dado cuenta de qué es lo que yo miraba, y por otro lado, no adquiría ese aire de superioridad que se podía esperar para afrontar una situación como ésa entre una mujer adulta y un adolescente.

Volvió a acercarse a mí, cogió los libros que faltaban por cargar en mis brazos, y que en un principio había decidido que llevaría ella, para repartir el peso, y mirándome a los ojos de una manera que me resultó extraña me preguntó:

¿Podrás con estos también?

Sí, sí! No hay problema.

Los colocó encima de los otros y volvió a aproximarse de forma que mi mano derecha entró nuevamente en contacto con esa parte blanda, que a esas alturas empezaba a tener claro que se trataba de un pecho. Ella, sin perderle la vista a los libros, hizo como que los ordenaba para que fueran alineados, lo que hizo que el contacto durara cinco o seis segundos. Además, esta vez al contacto se sumó un pequeño frotamiento, que provocó ella misma moviéndose. Cuando acabó la operación, mientras se separaba me dirigió una mirada que me resultó inquietante.

Salimos de clase, yo detrás de ella, sin hablar. Tras recorrer el largo pasillo que nos separaba del vestíbulo, dejamos atrás el bullicio de estudiantes y profesores entrando y saliendo. Aún quedaba una hora más de clase, pero ni la señorita tenía que ir a darla a ningún curso, ni yo estaba obligado a asistir a la clase de trabajos manuales que tocaba a esa hora, porque ya había presentado mi trabajo trimestral. Por fin llegamos a su despacho, que era el último del sector de seminarios de ciencias. Abrió la puerta con su llave y entró, haciendo que la siguiera.

– A ver, de momento los vamos a dejar aquí encima –dijo señalando su escritorio.

Yo me acerqué a la mesa, y esperé a que ella fuera deshaciendo poco a poco la montaña de libros y papeles, que la verdad es que ya empezaban a pasarme factura en mis no muy pródigas fuerzas.

– Oye ¿tienes clase ahora?

– Tengo clase de trabajos manuales pero no pensaba ir, porque ya presenté el trabajo trimestral la semana pasada, y la señorita Mari Paz dijo que hoy sólo utilizaríamos la clase para los que aún no lo habían terminado.

– ¿Qué bien! Entonces, ¿qué tal si me ayudas un poco más a colocar aquella cajas encima del armario? No tardaremos mucho.

– No hay problema –contesté con mi reducido léxico.

Ella sonrió. Era raro verla sonreír, seguramente por su defecto en el labio que, ciertamente la afeaba.

Primero, déjame que me asome a ver cómo está. -Cogió la silla del despacho, se quitó los zapatos y se encaramó para intentar ver el techo del armario en cuestión. Como la silla era giratoria, al levantar el segundo pie del suelo, rotó sobre sí misma, provocando que la señorita se desestabilizara, y al tiempo que ponía violentamente las manos sobre las puertas del armario para intentar asirse a algún punto seguro, gritó:

¡Ay, que me caigo!

Instintivamente y sin pensarlo me abalancé sobre ella para intentar sujetarla con ambos brazos, yendo a parar éstos uno sobre su nalga derecha y el otro sobre su muslo izquierdo. Como ella intentaba reponerse del susto y se mostraba insegura, yo no cambié de posición mis manos, que la presionaban de forma notoria. Además, aún no me había dado cuenta de donde habían ido a parar mis manos. Tras el primer contacto, en el que primó la urgencia del momento, tomé noción de la situación comprendiendo que le estaba tocando el culo a mi profesora de matemáticas, y que ella, tras cinco o seis segundos, no mostraba ningún rechazo ni voluntad de hacer que quitara las manos de esas partes de su cuerpo. Mientras le preguntaba si estaba bien, sin saber muy bien por qué, aflojé la mano con la que le tocaba el culo para seguidamente volver a una presión, esta vez más dulce. La señorita llevaba una falda de un tejido recio y tosco, como correspondía a la estación del año en que estábamos, pero aún así mi mano percibía el calor de aquella mullida nalga.

– Ya puedes soltarme –me dijo por fin, esta vez claramente sonrojada, aunque ahora tenía la excusa del peligro de caída que acababa de correr.

Así lo hice, expectante por comprobar si había percibido el atrevimiento por mi parte. Como para no darle tiempo a que se preparara alguna frase de reproche, le dije:

– Deje que me suba yo.

– Bueno, pero ten cuidado, que ya has visto cómo se mueve la silla. –Estaba claro que no pensaba regañarme. Me subí, y entonces añadió: -Será mejor que te sujete para que no te caigas.

Apenas acabó de decir la última frase noté que sus manos me cogían las piernas, presionando muy levemente, peo produciéndome un cosquilleo, más fruto de la escenificación que yo tenía en mi mente, que de otro efecto realmente físico.

– Dime si hay algún bulto, por si hay que quitarlo antes de poner nada.

– Hay un montón de papeles que parecen muy viejos, pero no veo bien de qué son.

Entonces me alcé un poco sobre las puntas de los pies para tener mejor vista, lo que hizo que la silla volviera a moverse un poco, e instintivamente la señorita me rodeó fuertemente con los dos brazos, pero a la atura de los muslos, yo noté ahora mucho más calor porque, al que proporcionaban sus brazos se unía el producido con su cuerpo, que estaba en contacto con la parte trasera de mis muslos. Percibía ahora sus pechos, uno en cada muslo, también calientes.

Cogí unos cuantos de los papeles que había encima del armario y se los mostré. Pero me dijo que bajara de la silla y sólo cuando lo hube hecho, me soltó del todo, porque había ido deslizando sus manos por mi cuerpo hacia arriba, a modo de mantener la alerta por si me trastabillaba.

Se había sonrojado de nuevo, o era aún el mismo sonrojo. Se puso a mirar esos papeles y tras unos instantes dijo que quería ver cómo estaba el sitio, y que si yo le sujetaba bien, que se atrevería a subirse a la silla. Yo, por supuesto le di toda clase de garantías. Entonces puso un pie en la silla, a modo de estribo y me dijo:

– Ayúdame a subir.

Le cogí por la cintura y la aupé a lo alto. Entonces me dijo que la sujetara mejor por las piernas. Yo pensé entonces que quizá la había violentado el hecho de que tocara su cintura, y llevé mis manos a sus pantorrillas. No llevaba medias, a pesar de ser invierno. Ella, mientras, manipulaba los papeles que había en lo alto.

-Si me sujetas por ahí, me puedo caer igual. Sujétame más arriba.

Entonces deslicé lentamente mis manos hasta llegar por encima de las rodillas. Ello provocó que le levantara un poco la falda por delante. Ella seguía manipulando los papeles y entonces hizo un movimiento de auparse para alcanzar algún punto más lejano. Como yo la tenía cogida no con fuerza pero sí con seguridad, resultó que la frenaba en sus movimientos, así que me dijo:

– ¿Puedes sujetarme más arriba? Es que si no, no llego.

Al decir esto último, la voz le había cambiado. Casi le tembló.

Esta vez, sintiendo mi corazón al galope por lo morboso de la situación y la calentura que ello provocaba, además de la erección que ya estaba en su apogeo, deslicé más lentamente las manos en una ascensión cuyo final desconocía. Yo no había tenido nunca ninguna experiencia sexual con chicas. Hasta ese momento, no había pasado nunca de la masturbación. Todo era nuevo para mí. La falda seguía subiendo a medida que lo hacían mis manos. Sentía su piel suave y caliente, tremendamente caliente. Por primera vez pensé que mi profesora de matemáticas quería que le tocara las piernas, y empecé a acariciarle los muslos, porque me di cuenta de que ella había parado en su trajín manipulador, y por tanto no corría peligro de caerse de la silla. Tras sobarle los muslos por delante, cinco o seis veces, empecé a oír su respiración, que se hizo más ruidosa. Dirigí mis manos hacia el interior de los muslos, notando aún la zona más caliente y tierna. Ella se agarró con las dos manos al borde del armario, aplastándolo literalmente con su cuerpo. Al cabo de un ratito de estar magreándole los muslos en esa posición, retiré mi mano derecha, y ya sin ninguna precaución la llevé a su culo, por el interior de su falda. No se las vi, pero por el tacto identifiqué el tipo de bragas que llevaba. Eran de encaje, y por tanto permitían un contacto muy próximo con la carne. Empecé a sobarle el culo, en sus dos nalgas, con esa mano, mientras que con la otra seguía sobándole el muslo izquierdo, hasta que me decidí, poniéndome perpendicular a ella, a llevar la mano a sus bragas. La miré y tenía los ojos cerrados y la boca abierta, respirando ruidosamente. Estaba claro que le gustaba. No había rechazo. No habría bronca. Podía seguir.

En esa posición quise explorar más y acerqué los dedos a la conjunción del pubis. Ella, al darse cuenta quiso separar más las piernas para facilitarme el acceso, pero entonces se movió otra vez la silla, lo que produjo otro sobresalto, mayor en ella que en mí.

– Espera, déjame bajar –dijo retirándome las manos enérgicamente, al tiempo que ponía los pies en el suelo.

Una vez estuvimos frente a frente, nos miramos fijamente y enseguida ella se abalanzó sobre mí, llevando sus manos a mi cabeza para atraerla hacia sí. Me besó en los labios.

– ¿Te gusta que te bese? ¿No te molesta mi labio?

Yo simplemente dije que no, refiriéndome claro está a la segunda pregunta. Ella, con una leve sonrisa acercó nuevamente su boca a la mía, pero esta vez noté que de su interior salía la lengua, intentando abrirse paso entre mis labios, hasta entonces sellados. Enseguida cedí a la presión; estaba en sus manos. Se suponía que ella era una mujer experta. Su lengua penetró en mi boca moviéndose ansiosamente hasta que entró en contacto con mi lengua, fundiéndose cálidamente e iniciando un forcejeo en el que las dos lenguas atacaban y retrocedían sucesivamente. Nos cogíamos mutuamente la lengua con los labios. Yo le lamí los suyos, apreciando la carnosidad del labio defectuoso, lo que me proporcionaba más carne para disfrutar.

No sabía qué hacer con las manos, cuando de repente ella me las cogió y se las puso encima de sus pechos. Como yo no reaccionaba, ella misma las guió para que se las sobara, hasta que entendí y continué yo solo con el magreo. No los tenía muy grandes, pero los percibía blandos, tiernos y calientes.

Tras un rato sobándole las tetas, siendo guiado por sus propias manos, y morreándonos a placer, la señorita Martínez me separó otra vez las manos, se dirigió hacia la puerta del despacho y cerró con llave. Yo pensé que lo hacía para evitar que alguien entrara de repente y nos sorprendiera, pues parecía lo más prudente, a pesar de que la pared que daba al pasillo por donde se accedía al despacho era de cristal adoquinado grueso, a través del cual se podía adivinar la sombra de cualquier persona que se dirigiera a la puerta para entrar.

Una vez hubo cerrado, me miró desde la entrada y avanzando lentamente hacia mí, dijo:

– Alberto, esto que ha pasado no está bien. Yo soy tu profesora y tú eres mi alumno. Además yo soy mucho mayor que tú. En realidad tú tendrías que estas persiguiendo a chicas de tu edad –mantenía la mirada fija en el suelo- Lo que has hecho está mal. Yo no lo voy a decir a nadie, pero tienes que prometerme que tú tampoco se lo dirás a nadie, ni siquiera a tu mejor amigo. Sabes que si esto llega a saberse, posiblemente te expulsarían del instituto ¿verdad? –yo permanecía callado sin asentir, y sin saber a qué atenerme.

En aquel momento no me di cuenta de lo que intentaba la señorita Martínez, pero con el tiempo y el sentido común he ido ordenando los recuerdos, y he llegado a la conclusión de que lo que ella pretendía era asustarme, haciéndome pensar que yo era el único responsable y culpable de la situación, por si llegaba a saberse. Pero que en realidad, lo que quería era evitar precisamente que se llegara a saber, llevándome a una especie de pacto de silencio, porque después de decirme esas palabras, al verme con el semblante preocupado, se acercó a mí diciéndome:

– Pero no te preocupes. Si tú no dices nada, yo tampoco diré nada a nadie. Olvidaremos esto y los dos seguiremos como hasta ahora. ¿De acuerdo?

Y tras pronunciar las últimas palabras, llevó su mano a mi mejilla, acariciándomela. Y entonces añadió muy cerca de mí, casi susurrándome:

– ¿Es que acaso te gusto? –yo me apresuré a asentir ostensiblemente con la cabeza por dos veces.- No te preocupes, eso es normal, suele pasar entre profesores y alumnos. –Siguió acariciándome la mejilla-. Si te gusto tanto, y ya que estamos aquí, … si quieres….

Empezó a arrimarse más hasta que todo su cuerpo se encontró pegado al mío. Noté su calor y las partes más blandas de su cuerpo, las tetas y el vientre, que me abrasaban. Enseguida me di cuenta de que podía seguir con los tocamientos de antes, a condición de guardar silencio, que por supuesto yo aceptaba sin reservas. Así que me abandoné al magreo a discreción, tocándole las tetas por encima de la blusa, el culo por encima de la falda, hasta que se la levanté para tocárselo por encima de las bragas. El culo también estaba calentito. Se lo magreé a gusto. Ella se reía discretamente, hasta que me dijo:

– Me gustaría que me besaras.

Yo inicié el gesto de acercar mi boca a la suya, pero ella me detuvo.

– No. En otro sitio.

Se deshizo de las tenazas de mis brazos y se dirigió a un sofá que había a un lado del despacho. De cara hacia mí, se quitó las bragas lentamente tirándolas a un lado, se sentó en el sofá, que era amplio, de forma que podía estar con las piernas flexionadas, se remangó la falda ofreciendo a mi vista el panorama de su coño, que desde mi posición, solo lo apreciaba en cuanto al vello púbico, muy frondoso y negro. Me dijo que me acercara y cuando estuve a su lado me dijo que se lo besara. Me arrodillé en el suelo y un poco dubitativo acerqué la boca a su coño. A medida que me iba acercando iba percibiendo cada vez con más intensidad un olor no conocido hasta entonces, pero que me excitaba aún más de lo que ya estaba. Ella aguardaba en silencio pero con la respiración cada vez más ruidosa, al tiempo que el pecho subía y bajaba de forma acelerada, producto de la excitación que también iba alcanzando. Por fin mis labios contactaron con su coño. Al principio solo percibía pelo, y dediqué unas cuantas lamidas a esa capa protectora. Luego me di cuenta de que se esperaba de mí que llegara más allá, a la fuente del placer de las mujeres –algo había oído al respecto a los chicos mayores- y empujé la lengua hasta que alcanzó la carne rugosa y caliente, encontrándola inesperadamente mojada. Aquello me desconcertó un poco, pero como ella no interrumpía la operación, no lo iba a hacer yo, así que continué lamiendo mientras la señorita empezaba a retorcerse, llevándose una mano a la boca, dándome la impresión de que se la mordía. Yo, de vez en cuando tenía que parar para tomar aire, porque el hueco no era muy abierto, y cada vez que lo hacía aprovechaba para mirar sus gestos de placer en su cara. Si demoraba en exceso la reanudación de la operación, ella misma me instaba a que continuara enseguida:

– No pares. Sigue….

No sé cuánto duró aquello, pero al final me dolían las rodillas de apoyarlas en el suelo. Hasta que empecé a notar que su cuerpo se iba moviendo cada vez más deprisa y llevó sus dos manos a mi cabeza, acariciándome el pelo al principio, pero hundiéndomela después contra su coño cada vez más mojado. De pronto dio una especie de mini alarido, como si hubiera conseguido levantar un peso muy pesado, o algo parecido. Noté que su coño se mojaba aún más, pero yo seguí lamiendo y chupando sin importarme nada. Hizo dos movimientos algo más enérgicos que los anteriores y quedó relajada y quieta. Intuí que ella había acabado de gozar. Me separé, levanté la cabeza y la miré. Estaba con los ojos cerrados y respirando aún ruidosamente, pero como recuperando el resuello.

– Lo has hecho muy bien…-ahora me da vergüenza recordarlo, pero en ese momento me sentí como cuando ella misma me felicitaba por haber resuelto alguno de los problemas de matemáticas que nos ponía como deberes.

Me puse en pie sin saber qué debía hacer a continuación. Si debía irme porque todo había acabado, o tenía que pedirle permiso para salir. Ya me había olvidado de los paquetes cuyo transporte era el motivo inicial de mi presencia en aquel lugar. Entonces la señorita, tras recuperar una postura más digna, poniendo los pies en el suelo y manteniéndose sentada en el sofá, dijo:

– ¿Qué tal estás tú? ¿No quieres también que te bese en algún sitio… especial?

Enseguida comprendí a qué se refería, pero como seguía soportando la losa que para mí constituía la relación de jerarquía existente entre profesora y alumno, entre adulta y jovencito, apocado por la timidez, me limité a hacer un gesto de medio asentimiento indiferente, torciendo simultáneamente un hombro y la cabeza. Ella rió divertida por la forma de responder, haciéndose cargo de la situación y de lo que me rondaba por la mente. Quiere, pero no se atreve…, pobrecito!

Así que tomó nuevamente la iniciativa. Me hizo señas con la mano para que me acercara a ella, que permanecía sentada. Cuando estuve a su alcance, acabó de acercarme ella atrayéndome hacia sí, cogiéndome del cinturón. Empezó a desabrochármelo, así como el pantalón. Lo dejó caer al suelo. Entonces experimenté un sentimiento de vergüenza porque se apreciaba el calzoncillo hinchado por el bulto producido por la erección que desde hacía rato experimentaba. Me sonrojé. Ella se dio cuenta y volvió a sonreír. Me rozó con el dorso de su mano el bulto, provocando un respingo en mi polla y un pinchazo de excitación en todo mi cuerpo. Miraba alternativamente mi entrepierna y mis ojos. Sin dejar de sonreír. Yo me dejaba hacer. No me atrevía a adoptar ninguna iniciativa. Empezó a bajarme muy despacio los calzoncillos, dejando en libertad mi polla enhiesta, y ahora manteniendo fija la mirada en ella. Cuando el calzoncillo se reunió en el suelo con el pantalón, la señorita acercó otra vez el dorso de su mano derecha y esta vez contactó directamente con la piel de mi polla. Percibí su mano como una fuente de frescor que calmaba mi enorme calentura, lo cual me hizo aspirar por la boca ruidosamente, llamando la atención de mi profesora, que me preguntó si me había hecho daño. Yo, sin atender a si continuaba o no sonrojado, le dije que no, que me gustaba mucho lo que me hacía. Ella siguió frotándome así la polla y también los huevos, aunque éstos estaban totalmente contraídos.

De pronto acercó su cara y se metió mi polla en la boca. Yo iba de sensación en sensación, todas nuevas para mí, y ésta última superaba a todas las anteriores. Noté primero una clara succión en el glande, que me hizo sentir en la gloria. Después me di cuenta de que estaba moviendo la lengua, muy lentamente, por todo el trozo de polla que tenía dentro de la boca. A los pocos vaivenes de su lengua alrededor de mi polla, yo empecé a sentir que iba a reventar. En efecto, aquella iba a ser la paja más rápida de toda mi vida. Casi en el mismo momento la señorita se retiró:

-Si te vas a correr, avisa antes, ¿vale?

Ni que lo hubiera notado, pensé. Sólo me dio tiempo a decirle:

– Creo que….ya!

Al mismo tiempo me sujetaba yo mismo la polla, presionando en la punta, en un intento pueril de contener el derrame. Naturalmente no lo conseguí, y me manché la mano, y la mayor parte del semen fue a parar al suelo, amortiguado por la barrera improvisada.

– Huy! Pues sí que estabas a punto…-dijo ella poniéndose en pie-. No te preocupes que ahora lo limpiamos. Toma, límpiate las manos con este trapo.

Mientras ella limpiaba el suelo con unos pañuelos de papel, yo hacía lo mismo con mis manos. Empecé a subirme el calzoncillo pensando que aquello había acabado pero la señorita me detuvo con su mano diciendo:

Espera. O es que tienes prisa. –Yo no sabía a qué atenerme. Esbozó otra vez esa sonrisita aviesa-. Déjame ver bien lo que tienes ahí.

Se acercó y me dijo:

– Ven conmigo.

Me llevó a un rincón, donde había un pequeño lavamanos que yo no había visto. Se puso a lavarme la polla, echándome agua con una mano, mientras me la sostenía con la otra. Lo hizo con suavidad. El agua estaba fría pero no me importaba, porque sus manoseos concentraban toda mi atención. Así estuvo un buen rato, echándome agua y moviendo su mano alrededor de mi polla.

Después se sentó otra vez en el sofá, frente a mí. Miró fijamente mi polla y sin atender a mi cara de sorpresa, empezó a acariciármela porque todavía guardaba un buen estado de erección, después de la eyaculación, sin duda gracias al manoseo del lavatorio. Al poco de proporcionarle sus caricias, se la metió en la boca otra vez, volviendo a aplicarle las deliciosas lamidas experimentadas unos minutos antes. Me lamió y me chupó sin ninguna precaución ya, pues debió pensar que como me había corrido poco antes, no era previsible una nueva corrida. Comprobé que se deleitaba especialmente presionando dulcemente sobre mi polla, al notarla morcillona por haber perdido la dureza de la erección primera. A mí me proporcionaba eso un placer especial que me hacía levantar la cabeza como evasión. Me acariciaba con la otra mano los huevos, que también habían bajado su bolsa escrotal y podían bambolearse a gusto. Así estaba ella, chupando y lamiendo, el glande, el frenillo, los huevos, la polla entera por trocitos, muy despacito, cuando me atreví a acariciarle el pelo. Como no dijo nada en contra, me decidí a introducirle los dedos separados de ambas manos por entre los cabellos, masajeándole el cuero cabelludo. Me di cuenta de que cerraba los ojos sin dejar de chupar, lo que me confirmó que le gustaba.

Tanto placer me estaba proporcionando esa actividad que en cuatro o cinco minutos recuperé una erección más que aceptable. Al percatarse la señorita de ello, se separó de mí.

¿Has follado alguna vez?

Le dije la verdad….No.

¿Te gustaría hacerlo conmigo?

Yo asentí nuevamente, al tiempo que el corazón me volvía a latir precipitadamente.

Me dijo que me acabara de quitar la ropa. Como yo sólo me deshice del pantalón y calzoncillo que había dejado bajados a los pies, me insistió para que me quitara también el resto. En un principio me asusté, y tuve la peregrina idea de que quizá pretendiera reírse de mí, pero me tranquilicé cuando vi que, poniéndose en pie, empezó a quitarse la falda y a desabrocharse la blusa. Cuando la colocó en el respaldo de una silla, se llevó las manos atrás para desabrocharse el sujetador, pero no le di tiempo a hacerlo porque me abalancé instintivamente sobre ella, llevando ambas manos a sus tetas, que palpé a través del sujetador. Ella me lo permitió mirándome con ternura. Tras unos instantes tocándoselas me dijo:

– Tranquilo…., que ahora las podrás tocas mejor.

Se quitó del todo la prenda, pero yo no me atreví a tocarlas otra vez, sin duda porque interpreté las últimas palabras como una reprimenda, y al fin y al cabo, seguía siendo mi profesora. La visión de aquella mujer, mayor, desnuda totalmente, me hizo poner los ojos como platos. Me excitaba la sola visión de su cuerpo, de sus pechos, su vientre, sus caderas, sus muslos… Me dijo que me tumbara en el sofá. Yo lo hice boca arriba. Entonces se colocó encima, a horcajadas sobre mi vientre, apoyando las manos a ambos lados de mis hombros. Yo notaba que la punta de mi polla alcanzaba a veces, según el movimiento, sus nalgas. Ella se frotaba lentamente contra mí. Sentía su coño restregarse en mi vientre. Sentía sus pelos mezclados con las protuberancias carnosas de su vagina. Y sentía su líquido que me impregnaba cálidamente. Como yo permanecía quieto, a la espera de órdenes superiores, me dijo que le tocara las tetas. Que se bamboleaban rítmicamente con el movimiento de su cuerpo. No eran muy grandes, según el baremo que yo tenía establecido por las revistas guarras que utilizaba para mis pajas, pero no las podía abarcar con mis manos. Tenía los pezones duros y puse los pulgares en ellos. Ella me miraba y sonreía. Se notaba que disfrutaba viendo cómo yo también lo hacía.

– Bésalas.

Y para que pudiera hacerlo cómodamente, me las acercó a la cara. Empecé a besarlas dulcemente, con los labios cerrados. Ella soltó una carcajada y tuvo que decirme:

– Chúpalas.

Abrí la boca todo lo que pude para introducirme la mayor cantidad de teta posible en ella. Me dijo que lo hiciera despacio. Guiado por ella y por mi instinto, poco a poco fui cogiéndole el tranquillo, y logré aplicarle lamidas y chupeteos que la hacían gozar. Al mismo tiempo se las masajeaba dulcemente, dejándolas reposar sobre las palmas de mis manos, y cosquilleándole con las puntas de mis dedos. En definitiva, le sobaba las tetas, le chupaba los pezones, y se las lamía con la lengua.

Entonces se echó levemente hacia atrás, y ella misma se colocó con una mano mi polla dentro de su coño. Sentí un gran calor. Ella volvió a colocar la mano en el sofá y empezó un pequeño vaivén que provocaba un movimiento de ida y vuelta de mi polla en su coño, sin llegar a salir. Llevé mi mano derecha a su culo, clavándosela en su nalga izquierda. La otra mano seguía rodeando uno de sus pechos, que masajeaba a placer. Ella iba aumentando poco a poco la energía y profundidad del movimiento. Yo solo movía mis manos por delante sobándole una teta, y por detrás magreándole el culo, y ayudando al movimiento de la follada. Aquello fue in crescendo hasta que de repente noté que me volvía la tensión a la polla, y que iba a estallar nuevamente. En ese momento ella aumentó la sonoridad de la respiración, que fue confundiéndose con un pequeño gemido, que también fue aumentando, lo que aceleró mi segunda corrida, esta vez, menos caudalosa. Nos habíamos corrido los dos a la vez.

Tras unos instantes de reposo para recuperar el aliento, la señorita me descabalgó y, después de atender discretamente su higiene íntima, empezó a vestirse. Me dijo que yo hiciera lo mismo. Aún no había terminado de hacerlo cuando me dijo que cuando acabara me podía ir. Yo no decía nada. Al acabar, la miré, ella se me acercó:

– Adiós, Alberto. Recuerda lo que hemos hablado antes. No le cuentes nada de esto a nadie. Debes olvidar esto. Cuando volvamos de vacaciones, los dos seguiremos con nuestras vidas. No tienes que darle demasiada importancia, ¿vale? –y sonrió nuevamente.

– Vale.

Me di la vuelta y me dirigí a la puerta. Ella me acompañó, giró la llave, abrió y salí del despacho. En ese momento no pensé en nada. Solo en irme a casa porque se acercaba la hora de comer. Nunca dije nada a nadie, ni siquiera a José, pero durante mucho tiempo estuve rememorando mentalmente cada una de las escenas vividas aquel día.

Efectivamente, a la vuelta de vacaciones todo siguió igual que antes. La señorita Martínez me trataba como antes de Navidad.

Aprobé el curso con un notable.