Juan estaba nervioso, pero fue a contarle a madre lo que le pasaba. Lo perdono, pero detrás hay un secreto, hay algo que es más oscuro

Madre, dueña y señora.

La madre de Juan era una mujer estricta, dura, severa…

La disciplina en su casa era sagrada, llevaba a sus hijos por el camino que ella consideraba correcto y esto lo conseguía a base de castigos que normalmente eran físicos, es decir, azotainas más o menos duras dependiendo de la gravedad de la falta. Estos castigos iban acompañados de largas y duras reprimendas que hacían que los pobres chicos se arrepintieran de su falta.

La casa de doña Elisa, como a ella misma le gustaba que le llamara todo el vecindario, era una balsa de aceite, allí no se oía una palabra más alta que otra, tanto Juan como su hermana pequeña sabían que si gritaban, jugaban o hacían la más mínima irregularidad serían duramente azotados sobre el regazo de su madre con la zapatilla, como siempre.

Los dos  hermanos le tenían a su madre un respeto casi reverencial, en realidad, era un miedo casi enfermizo, iban del colegio a casa sin entretenerse lo más mínimo, como podía hacer cualquier niño, ayudaban a su madre en casa, no osaban molestarla, a la más mínima llamada de ésta acudían solícitos. En realidad más que hijos parecían sirvientes, sobre todo de puertas hacia dentro aquella casa era un cuartel y la generala, doña Eloisa, a la que hasta sus hijos debían de llamar de usted.

Una tarde poco antes de Navidad, el pobre Juan iba de camino a casa compungido, su hermana le decía:

–       Eso no es nada Juan, yo creo que no deberías decirle nada a madre.

–       ¿Pero, y si llaman del colegio? Ya sabes cómo son las monjas. Si llaman a madre y se lo dicen, me mata. Ya la conoces, ya sabes que debemos contarle todo lo que ocurra en el colegio.

–       Pero si no ha sido culpa tuya, tú no has hecho nada.

–       Yo se lo voy a decir. Que ella haga lo que quiera.

–       Bueno, tú verás.

Los hermanos llegaron a su casa y como hacían cada tarde fueron a saludar a su madre. Ésta los esperaba en su sillón donde leía o veía la televisión. Eloisa era una mujer bien parecida, aunque de aspecto adusto, con su eterno moño bajo donde se recogía su melena castaña, ojos verdes-pardos, y siempre elegantemente vestida. En esta ocasión vestía falda negra, suéter verde oliva y sus sempiternas zapatillas.

Como llegaba el invierno, ahora llevaba unas cerradas, granates de felpa con un aspecto muy abrigado, la suela amarilla (siempre limpísima) era compacta, dura pero flexible, en el empeine de la zapatilla había una pequeña estrella de hielo que servía de adorno y a la vez indicaba que eran de invierno.

Como decíamos, sus hijos le daban un beso en la mejilla, que ella nunca devolvía, y le contaban novedades. Sólo entonces podían merendar y empezar con sus tareas tanto escolares como domésticas, que no eran pocas.

La chica saludó a su madre y le contó cómo fue el día sin más novedades, pero el pobre Juan estaba nervioso, no sabía si contar o no el pequeño incidente que ocurrió en su clase y sin pensárselo mucho, se arrodilló delante de su madre y le dijo:

–       Madre, pégueme -mientras le decía esto le quitaba la zapatilla, siempre que cualquiera de los hermanos recibía una tunda, tenían que descalzar a su madre, de rodillas, y entregarle la zapatilla en mano. Después de la paliza, le volvían a calzar la zapatilla y le besaban la mano dándole las gracias a su madre por haberlos corregido.

–       ¿Qué ha pasado Juan? -Fue la amenazante y contarte respuesta de doña Eloisa.

Juan le contó el levísimo incidente ocurrido, mientras miraba cómo su madre tenía la zapatilla en su mano derecha y con ella se acariciaba la palma de su mano izquierda.

De una manera extrañísima, esta vez hubo indulgencia. Eloisa lanzó la zapatilla al suelo (PLOC) y dijo:

–       Pónmela, anda.

El pobre Juan lloraba de alegría. Fue tan inesperado ese indulto de la azotaina, que se comía a su madre a besos, le calzó la zapatilla y se la besó y después besó su mano.

–       Anda, anda. Déjame y marchaos a hacer vuestros deberes. Y lo quiero todo bien hecho, ya lo sabéis.

–       Gracias madre, muchas gracias. Es Usted la mejor. Muchas gracias -dijo el pobre Juan mientras se levantaba del suelo entre lágrimas.

–       ¡Vamos, a vuestras obligaciones! ¡A ver si voy a cambiar de opinión!

Cuando los dos hermanos estuvieron solos en la cocina, preparándose la merienda, le dijo Juan a su hermana:

–       ¿Ves? Madre es la mejor del mundo.

–       No sé yo Juan. No habías hecho nada.

–       Es la mejor, y punto.

Coontinuará…

Acepto sugerencias para la continuación.

Slipper2013