Estaba muy triste, mi papito me regalo un pastor alemán para no estar sola. Una tarde me di cuenta del placer que me puede hacer sentir

La muerte de mi madre me tenía muy afectada. No quería salir con mis amigas, a pesar de sus constantes invitaciones para salir a divertirnos; yo ya no era la misma chica alegre y divertida de antes. Mi padre trataba de motivarme para que saliera y me distrajera un poco, pero sus esfuerzos tan dulces eran en vano. Yo no quería saber nada de nadie. Solo quería vivir mi dolor y poder llorar a mi madre y dejar salir todo mi sufrimiento mediante aquellas lágrimas.

Un día después de salir de la Universidad mi padre me tenía una gran sorpresa en casa. Mi padre no estaba yendo a trabajar porque lo obligaron a tomar sus vacaciones ya que nunca las quería aceptar, tal vez  porque el trabajo le ayuda a distraer un poco su mente de tanto dolor. Cuando entre a la casa mi padre me dijo:

–Cierra los ojos, te preparé una gran sorpresa para alegrarte un poco mi amor.

–No necesitabas traerme nada papito, estoy bien de verdad.

–No protestes y solo cierra los ojos –dijo sonriendo levemente, como tramando algo.

–Está bien, lo haré.

Mi padre fue al patio trasero apresuradamente y yo mantenía mis manos cubriendo mis ojos.

–Aquí esta chiquita –dijo mi padre.

Yo quité las manos de mis ojos y los abrí completamente.

–No puedo creerlo papito –dije con una gran sonrisa dibujada en mi rostro.

– ¿Te gusta pequeña? Lo compre para ti, espero y lo cuides y lo quieras mucho.

Era un gran perro pastor alemán, era muy cariñoso y me besaba la cara como loco mientras yo estaba sentada a su lado.

–Me encanta papito, muchas gracias.

Yo le había comentado a mi padre en ocasiones que me moría por tener una mascota, y que siempre me habían gustado los perros pastor alemán. Este en particular ya era un adulto pero era muy muy cariñoso. Había pertenecido a unos vecinos muy amables pero tuvieron que venderlo porque se cambiaban a un apartamento y ahí no permitían mascotas. La verdad era muy triste que ellos tuvieran que separarse de él. Pero a la vez era una felicidad inmensa para mí. Desde ese día me prometí que lo cuidaría y consentiría mucho.

Cada día después de terminar mis tareas, lo sacaba a pasear y hacer ejercicio. Jugábamos mucho en el parque con un frizbee que le encantaba y una pelota de tenis que ya estaba muy opaca por la tierra y su saliva. Max, como le había puesto, nos daba mucho cariño a mi padre y a mí, que tanto lo necesitábamos. Era un fiel compañero y aliado. Cuando mi padre regreso de sus vacaciones prácticamente obligadas, empecé a quedarme de nuevo sola todas las tardes. Mi padre y mi hermano, por su trabajo, no regresaban a comer a medio día y yo comía sola después de la universidad. Mi padre en ocasiones se preocupada y me llamaba de vez en cuando para ver cómo estaba. A mi hermano no le importaba en lo más mínimo.

Todas las tardes Max, era mi acompañante. Se sentaba al lado de mi cama mientras yo hacía mis tareas. Esperaba afuera del baño mientras me duchaba. Comía a mi lado mientras yo lo hacía. Él y yo éramos inseparables. Sentía que podía estar con el de maneras que no podía estar con mis amigas. La verdad era un muy buen perro que hasta el día de hoy lo extraño. Un día que hacía mucho calor me encontraba haciendo tareas después de haber comido. Mi perro estaba en el patio porque había estado orinando toda la casa y no quería que manchara el piso porque acababa de trapearlo. Tenía más de media hora haciendo unos trabajos para la universidad cuando empecé a escuchar una rascadera increíblemente fuerte en la puerta del patio. Max estaba como loco chillando y rascando la puerta con las patas delanteras como si se lo quisiera comer un oso. Yo algo molesta bajé para ver qué era lo que tenía y calmarlo un poco. La verdad era que solo quería entrar para esta conmigo, no tenía nada, ni se había lastimado, ni tenía hambre o sed. Solo me extrañaba.

Lo deje entrar, no sin antes limpiarle bien todas sus patas. Él se puso como loco y entro rápidamente a la casa.

–Ni se te ocurra subirte a los sillones –dije reprimiéndolo un poco. El agacho las orejas y camino más despacio. Era un perro algo consentido y por eso si no teníamos mano firme se portaba muy mal.  Subimos a la segunda planta, el me seguía detrás como si fuera aun un cachorrito y entro a mi cuarto. Eran más o menos las 4 de la tarde y todavía tenía más de 4 horas a solas en la casa.

Esa semana tenía mi periodo. Ya me había cambiado la toalla sanitaria en la mañana, pero tenía un fluido abundante y cuando me pasaba así normalmente tenía que cambiarla dos veces por día. En ese tiempo no eran tan buenas como ahora y tuve que hacerlo como ya había previsto. Fui al baño y la cambie. Cuando regrese mi perro estaba encima de mí. Acerco de repente su hocico olfateando mi entrepierna desesperadamente.

–Quítate Max –dije empujando su cabeza lejos de mi vagina, cubierta solo por mis pequeños shorts de algodón, color amarillo. Él se quitó pero de inmediato metió su cabeza entre mis piernas de nuevo. Yo lo empujaba para que no me incomodara pero lo que había entre mis piernas le interesaba demasiado.

– ¿Qué es lo que te pasa hoy Max? –le pregunté–.  Max comenzó a tratar de lamerme encima de la ropa y yo estaba atónita con lo que estaba ocurriendo. Mi perro estaba tratando de lamer mi vagina. Ya estaba totalmente seca, pero el olor era lo que lo estaba volviendo loco. El olor de mi menstruación lo estaba volviendo completamente loco. Su respiración era agitada, como si hubiera estado jugando en el parque por horas y brincaba encima de mí echándome sus patas encima de mi espalda como si quisiera derribarme.  Estuvo así por algunos minutos y después vi algo que me sorprendió  Algo que nunca había visto en un animal, al menos a esa corta edad. Su miembro rojizo y muy grande se asomaba de entre su pelaje. Era largo y de una forma muy extraña, nada parecida a la de un humano. Tenía una forma muy peculiar y parecía estar goteando una sustancia transparente y babosa. Su glande tenia forma de punta y parecía estar muy lubricado. Algo de mi despertó. Un lado salvaje que no conocía. Mi pecho sentía el latir de mi corazón. Mis ojos no podían separarse de la vista de aquel miembro bestial, tan puro y salvaje. Por un momento, pensé que estaba así por mí, porque deseaba que fuera suya. Unos minutos antes me había querido montar como si fuera una perra en celo. Me dije –porque no satisfacer su deseo, yo también necesito sentirme deseada, sentirme amada por alguien–.

Me quite la blusa y los shorts quedando mi cuerpo desnudo y sudoroso frente a mi perro. Max se acercó de nuevo a mi vagina y esta vez como si fuera el plato más delicioso de agua fresca, comenzó a lamerme como loco. Yo no podía creer lo que estaba haciendo. Estaba dejando que mi mascota me diera placer. Yo sujetaba su cabeza peluda con mis manos mientras su áspera y jugosa lengua recorría mi vagina salvajemente. Mi cuerpo temblaba, mi piel se erizaba y mordía mis labios reteniendo el placer que mi perro me causaba. –No pares chiquito, sigue Max, has que mamita tenga un orgasmo –dije dominada por la lujuria–. Max seguía lamiéndome con desesperación y yo gozaba con locura. Me case de estar parada y lo detuve por un momento. Me recosté boca arriba y él se quedó mirando desde el piso de la habitación. Me golpee la vagina dos veces levemente y le dije –ven chico, ven–. Max de un salto subió a la cama y comenzó a comerme la vagina con dedicación de nuevo. Cada lengüetazo hacia crecer más y más mis pezones que estaba ya erectos y duros. Mis voluminosos senos se movían y danzaban al ritmo de los lengüetazos de Max. Yo acariciaba su cabeza mientras el recostado en la cama no dejaba de lamer.

De pronto pude sentir esa marea desbordarse en mi interior y grite – ¡Max! –. Mi vagina se estremeció y un terremoto se desato en todo mi cuerpo. El maremoto de mi orgasmo emergió de mi vagina. Mi eyaculación cubrió a mi perrito por toda la cara y el sacaba su lengua tratando de lamerla como si fuera agua, saboreándola sin saber realmente que era lo que bebía. Yo temblaba incontrolablemente y con los ojos cerrados. Había tenido mi primera experiencia sexual con un animal, en ese mismo instante comenzó mi remordimiento.