Entre vecinas somos todos amigas y nadie se entera de nada

Lo que voy a contaros me sucedió hace ya bastantes años, al poco de separarme de mi primera mujer. Mi nombre es Carlos y en aquel entonces Antonia y yo no éramos todavía pareja, sino buenos amigos con derecho a roce. Como decía, a los treinta y cinco años me separé de mi primera mujer y tuve que irme a vivir a un edificio de pequeños apartamentos, habitados la mayoría de ellos por separados, pero también por personas que venían a trabajar a la ciudad durante una temporada y en menor número por algunas parejas jóvenes, que debían quererse tanto como para poder convivir de forma permanente en un espacio realmente reducido.

En otros relatos os he descrito a Antonia ya como una atractiva mujer madura, pero en esa época tenía unos veintiocho años y era realmente un cañón de mujer, alta, morena, guapa, tetas grandes duras como piedras, un buen culo, aunque no sea su fuerte, y unas largas y bonitas piernas. Su carácter siempre ha sido muy agradable y tanto entonces como ahora muy juguetona en la cama. Pero Antonia no es la protagonista de este relato, sino una vecina del apartamento que tenía alquilado, llamada Mónica.

Durante varias semanas desde que me mude al pequeño apartamento no tuve vecinos, yo era el único inquilino de la planta. Antonia, que entonces vivía en otra ciudad, venía algunos viernes a trabajar a Sevilla y cuando terminaba quedábamos para comer, luego prolongábamos la tarde y normalmente terminábamos follando hasta que ella se marchaba al día siguiente. Como ambos decíamos, teníamos una relación abierta y sin compromisos. Ella hacía lo que le apetecía y yo lo que me daba la gana.

Uno de los fines de semana que estaba solo, el sábado por la mañana escuché ruidos en el apartamento de al lado, supuse que alguien se estaría mudando y por fin tendría algún vecino que terminara con el aislamiento en el que me encontraba en la planta. Cuando terminó el ruido de la mudanza sería sobre la una y media, pensé que era una hora estupenda para darme a conocer al vecino e invitarle a un vino o una cerveza. Llamé a su puerta y una voz de mujer me contestó desde dentro que esperase un momento. Así que no era vecino, sino vecina, mejor, menos fiestas y menos ruidos tendría. Al minuto más o menos me abrió una mujer de unos treinta y muchos o cuarenta años, después supe que tenía más de cuarenta y cinco, más o menos de mi estatura, teñida rubia con mechas, una cara preciosa con grandes ojos negros, unas tetas espectaculares apretadas por un sujetador blanco y una camiseta entallada que le formaban un canalillo sin fin, un poco de barriguita, un culo más bien grande que pequeño embutido en un short negro y unas piernas largas calzadas por unas sandalias de tacón.

– Hola, mi nombre es Carlos y soy tu vecino del apartamento de al lado, sólo venía a presentarme, ofrecerme por si necesitabas algo e invitarte a una cerveza si te apetece.

– Encantada, yo soy Mónica. Eres muy amable, por supuesto que me apetece esa cerveza después de la mudanza. Pasa, está todo desordenado, pero podemos tomarla en la terraza.

La ventaja de los apartamentos de esa planta es que tenían una terraza de buen tamaño, que permitía un desahogo en una superficie tan pequeña. Efectivamente, el salón estaba lleno de cajas a medio deshacer, lo cruzamos y salimos a la terraza. Como ella iba delante de mí, el corto trayecto me permitió admirar su imponente culo y sus bonitas piernas.

Cuando abrimos las cervezas nos pusimos a charlar.

– Cuéntame, ¿qué tal se vive aquí? –Me preguntó Mónica-.

– Bien, un poco estrecho todo, pero bastante tranquilo y la terraza en Sevilla es un lujo para las noches de calor.

– Y para tomar el sol, me imagino.

– Si te gusta tomar el sol, pues también.

Seguimos charlando de tonterías un rato. Cuando nos terminamos las cervezas le propuse tomar algo para comer, pero ella rechazó la invitación diciendo que quería terminar de ordenar las cosas. Volví a ofrecerme para lo que necesitara y regresé a casa.

Mientras terminaba de prepararme la comida pensé en lo buena que estaba la vecina y lo simpática que parecía. En esa época yo estaba caliente todo el santo día, así que la vecina no tardaría mucho en pasar a formar parte de las mujeres que me mantenían excitado. Desde su apartamento seguían oyéndose ruidos de abrir cajas y colocar cosas. Después de comer me eché una siesta en el sofá, viendo cualquier programa de televisión, lo mismo daba, todos eran igual de aburridos.

Como solía ocurrirme en esa época desperté de la siesta empalmado. Ya no se escuchaban ruidos en el apartamento de Mónica. Recordé que había dejado ropa tendida en la terraza y ya debía estar seca. Al salir miré hacía la terraza de Mónica y lo que vi me empalmó bastante más todavía. Estaba tumbada boca arriba sobre una toalla en el suelo tomando el sol en tanga y sin sujetador. Las tetas le desbordaban el pecho cayéndole sobre los brazos que tenía pegados al cuerpo. Eran todavía más grandes de lo que me parecieron un rato antes con la camiseta. Tenía las areolas grandes y rosadas y los pezones también grandes y duros en ese momento. No tenía ninguna marca del sujetador del biquini, pese a estar bastante morena. Después de mirar unos segundos volví a entrar al apartamento, me daba vergüenza que me pillara mirándola. Pasé el resto de la tarde caliente como un mono, hasta que terminé haciéndome una paja pensando en Mónica y sus tetas.

Desperté tarde el domingo y estuve ganduleando buena parte de la mañana, hasta que sonó el timbre de la puerta. Me puse unos pantalones cortos y un niqui y fui a abrir. Era Mónica, que por cierto estaba deslumbrante. Debía haber estado haciendo gimnasia o trabajando porque venía sudando, llevaba un top mojado del sudor y el vientre, que llevaba descubierto, también perlado de gotas.

– Buenos días Carlos, perdona que te moleste…

– No es ninguna molestia Mónica, sino todo lo contrario. –Me había levantado galante-.

– Gracias. Como te ofreciste ayer a ayudarme, pues vengo a abusar de tu ofrecimiento. –Ya me gustaría a mí que vinieses a abusar de otra cosa, pensé-. Necesitaría que me echaras una mano… –hizo una pausa que me obligó a pensar dónde le echaría yo no una mano, sino las dos,- …con el montaje de uno de esos malditos muebles de IKEA.

– Bueno esa es una de mis especialidades después de haber montado este apartamento. Tú me dices cuando te venga bien, yo no tengo nada que hacer hoy, que no pueda esperar a otro día.

– ¿Te parece sobre la una? Así me da tiempo a ducharme y luego te devuelvo la cerveza de ayer.

– Por mí perfecto.

La observé por detrás mientras se marchaba a su apartamento, ¡joder como estaba la vecina, no se podía estar más buena!

A la una en punto estaba tocando al timbre. Me abrió Mónica vestida con un albornoz de verano muy corto y el pelo envuelto en una toalla.

– Al final me he liado y se me ha echado el tiempo encima. –Me dijo dándome paso-.

– Si quieres vuelvo más tarde cuando hayas terminado de arreglarte. –Llevaba el albornoz un poco abierto, lo que me permitía ver parte importante de sus imponentes tetas-.

– No, pasa, no tardo ni cinco minutos. Así vas viendo el mueble que hay que montar.

Me dejó en el salón con la caja del mueble y se marchó hacia el dormitorio. El mueble era una mesita de las que no se tardan más de cinco minutos en montar y sin herramientas. Desde luego las mujeres le tienen fobia a determinadas cosas, cualquiera era capaz de montar aquello sin tener la más mínima noción, pensé. Mientras desembalaba el mueble observé que Mónica había dejado la puerta del dormitorio entreabierta, no pude ni quise evitar mirar. Estaba desnuda de espaldas a la puerta, poniéndose crema por todo el cuerpo ¡y qué cuerpo! Se ponía la crema no como un tratamiento, sino de una forma muy sensual, como si se estuviera acariciando cada centímetro de su piel. El culo, que parecía duro como una piedra, y las piernas eran de lo más apetecible y con el sobe sensual que se estaba dando, no pude evitar comenzar a empalmarme. Al rato empezó a moverse por el dormitorio y yo dejé de mirar no fuera a verme embobado y empalmado. Cuando saqué las piezas del mueble de la caja, me fijé que en el salón había otra mesa igual ya montada y entre las cajas de la mudanza la caja de la otra mesita. Si ya había montado una mesita, ¿para qué me había pedido ayuda? Encima me había recibido con el mini albornoz entreabierto, sin nada debajo, y se había dejado la puerta del dormitorio entreabierta, mientras se ponía la crema desnuda. Mi cabeza se volvió loca, ¿es que quería un lío conmigo y me estaba vacilando?

Al cabo de unos minutos entró en el salón, llevaba una minifalda escandalosa y una camiseta ceñida, evidentemente sin sujetador, porque se le marcaban los pezones descaradamente.

– Qué bien te quedas después de una buena ducha –me dijo al llegar-. ¿Es muy difícil el montaje de la mesita?

– No, es muy sencillo, cualquiera podría hacerlo. –Dije poniendo algunas piezas encima de la otra mesita, para que viera que me había dado cuenta-.

– Pues debe ser cualquiera menos yo. Yo soy incapaz de entender las instrucciones del montaje.

– Pues ya está –le dije al terminar el montaje en menos de cinco minutos-.

– No me lo puedo creer, desde luego que eres un especialista. ¿Entonces tomamos ya esa cerveza?

– Por mí encantado –le contesté-.

Sacó dos latas del frigorífico, cogió dos vasos y salimos a la terraza. Nos sentamos alrededor de una banqueta que hacía las veces de mesa y con la minifalda que llevaba, al cruzar las piernas sus muslos aparecieron en su integridad, casi podían verse sus bragas, si es que las llevaba.

– Desde luego la terraza es fantástica, ayer tarde estuve tomando el sol tumbada en el suelo y me sentó de maravilla. Además, excepto tú nadie más puede verme y me imagino que tú no tendrás mucho interés en ver a una mujer que te saca unos cuantos años.

Me estaba citando descaradamente y decidí entrar al trapo.

– A mí me pareces una mujer muy atractiva, así que no puedo garantizarte que no te mire cuando pueda.

– Gracias por el cumplido. Tú también eres un hombre muy atractivo. ¿Te apetece quedarte a comer? No es gran cosa lo que tengo para preparar, pero así no comemos solos.

– Por supuesto que me apetece, pero no te preocupes en preparar nada, me lo traigo de casa que ya tenía preparada la comida.

Descruzó las piernas y me hizo un Sharon Stone, también sin bragas, como la copa de un pino. La vecina iba a por todas y yo ya tenía un calentón de mil demonios.

– Pues mientras traes la comida, abro una botella de vino –dijo levantándose-.

Cuando me levanté se notaba a legua que iba empalmado. Procuré no lucirme mucho y salí disparado hacia mi apartamento. Calenté la comida, me tranquilicé como pude, fundamentalmente no pensando en la vecina, y a los diez minutos estaba otra vez llamando a la puerta de Mónica con la polla morcillona.

Cuando empezamos a comer, Mónica disparó más artillería:

– ¿Así que te gustan las mujeres maduras? –Hacía algo de calor, pero no tanto para como me puse a sudar con la pregunta-.

– A mí me gustan las mujeres en general y si son tan guapas como tú, entonces me gustan mucho en particular.

– Cualquiera diría que estamos tonteando –contestó y yo decidí lanzar más artillería-.

– Por lo menos por mi parte no se estaría equivocando mucho.

– ¡Cómo sois los jóvenes! –Dijo riéndose de buena gana-.

La comida siguió más o menos en el mismo tono, sin que ninguno se lanzara abiertamente. Nos bebimos la primera botella de vino y Mónica abrió otra.

– ¿Y tú a qué te dedicas? –Me preguntó al volver a sentarse-.

– Trabajo en una empresa consultora.

– Estás separado, imagino.

– Imaginas bien. ¿Y tú? –Le pregunté. No quería entrar en muchas profundidades. Hubiera preferido seguir con el tonteo, pero me parecía grosero no interesarme por ella-.

– Soy masajista y divorciada hace una eternidad.

– Qué bien tener una vecina masajista, porque yo tengo la espalda hecha polvo.

– He dicho masajista no fisioterapeuta –me corrigió-.

– Perdona Mónica, pero no tengo muy clara la diferencia.

– Bueno un fisioterapeuta te corrige tensiones que puedas tener en algunos músculos, mientras que yo te relajo y te quito todas las tensiones.

– Mejor todavía, porque entre la separación y el trabajo estoy bastante estresado.

– Si quieres, cuando terminemos de comer, para agradecerte el montaje del mueble y la comida, te doy un masaje que te vas a quedar como nuevo.

– No tienes que agradecerme nada, pero por mí encantado.

Mónica me miró con cierta cara de extrañeza, pero no dijo nada más sobre el tema.

Terminamos la comida y la segunda botella de vino, con lo que los dos estábamos un poco puestos, por no decir bastante puestos. Recordé dónde habíamos dejado el tonteo y decidí retomarlo.

– Antes has dicho eso de cómo somos los jóvenes, como si tu ya no pertenecieras a ese grupo y la verdad es que eres mucho más atractiva que muchas mujeres de mi edad, así que no te pongas en plan madura conmigo.

– ¿Cuántos años tienes? –Me preguntó-.

– Treinta y cinco.

– Cuando tú todavía no habías nacido yo ya había hecho la primera comunión. Invítame a una copa en tu apartamento y te doy el masaje prometido.

– De acuerdo, ¿cómo no?

Recogimos las cosas de la comida, ella cogió un bote de aceite corporal y nos fuimos a mí apartamento. Me pidió un gin-tonic, se lo serví y me puse un whisky para mí.

– Cuando quieras me puedes dar el masaje –dije poniéndome de espaldas a ella en el sofá-.

– Así no se puede dar el tipo de masaje que yo hago. Ve al dormitorio, desnúdate, túmbate en la cama boca abajo y avísame.

Vaya no me esperaba que la cosa fuese así, pero me terminé el whisky de un trago y salí hacia el dormitorio. Me quité la ropa excepto los boxes, me daba cierta vergüenza estar medio empalmado con la vecina y la situación, me tumbé en la cama, me tapé de cintura para abajo con la sábana y llamé a Mónica.

Escuché a Mónica entrar en el dormitorio, pero como la puerta estaba del lado de los pies de la cama no pude verla al estar boca abajo. Echó la sábana a los pies de la cama y cuando vio los boxes dijo:

– ¿Qué pasa, te da vergüenza que te vea el culito? –La verdad era que algo de vergüenza si me daba, nos habíamos conocido el día anterior y no lograba saber que rollo llevábamos-.

– No, pero no creía que el masaje fuese de cuerpo entero ni si te ibas a molestar si me quedaba totalmente desnudo.

– No te preocupes por mí –dijo a la misma vez que me bajaba los boxes y finalmente me los quitaba-.

Noté que se sentó sobre mis piernas, vertió el aceite sobre mi culo, piernas y espalda y comenzó a darme el masaje. El roce de sus manos y la situación de estar desnudo frente a Mónica me fue superando y me empalmé del todo. El masaje era muy placentero, cuando había tenido que ir al “fisio”, normalmente me habían tratado como a un saco de boxeo y me habían dado una paliza de salir dolorido, nada que ver con el masaje que me estaba dando Mónica. Con la bebida y el masaje me estaba quedando traspuesto, hasta que me dijo:

– Carlos, date la vuelta.

Yo no podía darme la vuelta con el pollón que tenía, traté de hacerme el loco, pero Mónica me insistió. Sin volverme le dije:

– Verás Mónica, es que con el masaje me he puesto un poco burro y no creo que quieras seguir en el plan que estoy.

– ¿Qué pasa, que te has empalmado?

– Pues sí, bastante.

– No seas tan pudoroso que, salvo que tengas ahí un pepino extra grande, no me voy a asustar. –Dijo riéndose-.

Debo confesar que estaba completamente perdido, todas las señales eran que quería lío, pero entonces para que utilizaba el tema del masaje, si con cualquier otra señal más sencilla nos habríamos animado. Le eché valor y me di la vuelta. La visión fue maravillosa, Mónica estaba desnuda sus tetas de cerca eran todavía más preciosas, la miré de arriba abajo, llevaba el chocho completamente depilado y los labios internos le sobresalían de los externos, la suave barriguita la hacía todavía más atractiva. Si está desnuda es que quiere lío, pensé, como hubiera pensado cualquier ser humano, fui a llevar las manos a sus tetas, pero ella me las retiró con amabilidad, diciendo:

– Te he dicho que yo te iba a dar un masaje, no que tú me lo fueras a dar a mí.

– Perdona, he debido confundir las señales.

Diciendo esto me echo mano al nabo y comenzó a bajarme y subirme el prepucio.

– Mónica creo que vuelvo a confundir las señales.

– No te confundas, yo doy masajes eróticos a hombres y mujeres o a los dos juntos, pero soy yo la que da los masajes, salvo que con alguna mujer me apetezca otra cosa.

¡Joder, era lesbiana y masajista erótica, vaya ojo que había tenido yo! No lo pude evitar y le dije:

– ¿No te has equivocado un poquito de profesión? Estar todo el día sobando pollas siendo lesbiana, es cuando menos un poco contradictorio.

Sin dejar de sobarme el nabo, debo decir que de manera magistral, me contestó:

– No te creas, cada vez tengo más clientas y me gusta manejar a los hombres cuando están como tú ahora. Compruebas que efectivamente los hombres piensan con la polla y en cuanto se corren se les va la fuerza y dejan de pensar. Además, como no me gustan, no me entran tentaciones. Con las mujeres es otra cosa, nosotras somos mucho más listas y sabemos darnos placer de maneras más sutiles que tocando la zambomba.

Tenía razón Mónica, con la paja que me estaba haciendo yo ya era incapaz de pensar ni de contestarle a lo que me había dicho, lo único que quería era correrme. Sin embargo, no quería que pensase que era igual que sus clientes, así que le cogí la mano y se la paré. Ella me miró extrañada, no debía ser muy habitual que la parasen así. Me di un minuto antes de preguntarle:

– ¿Por qué me estás dando el masaje y haciéndome una paja?

– Desde ayer he notado que despertaba en ti cierta tensión sexual. Vamos a ser vecinos y no quiero que tengamos malos rollos. Me caes simpático, eres servicial y cocinas bien, lo necesario para ser un buen vecino, además de no hacer mucho ruido, creo que es mejor eliminar la tensión sexual, que sepas a lo que me dedico y que soy lesbiana. ¿Satisfecho?

– Mucho, pero para eso no me tienes que hacer una paja.

– Tienes razón, posiblemente haya actuado de una manera demasiado simple. ¿Sigo o lo dejamos?

– Pues no sé qué decirte, desde luego eres una maestra en tu profesión, pero creo que es mejor que nos tomemos otra copa y lo dejemos aquí, ya luego, si eso, termino yo, que tampoco soy malo del todo.

Nos reímos los dos y me dio un piquito en los labios.

– Me gustas como persona, lástima que no me gustes como hombre. –Dijo levantándose-.

– Lo mismo te digo, me gustas como persona, lástima que a mi si me gustas como mujer y mucho.

De lo sucedido no le dije nada a Antonia, no tanto porque tuviese algún reparo, como por mantener en secreto la profesión de Mónica, pues pensé que no le gustaría que la fuera difundiendo.

La vecindad con Mónica era muy agradable. Algunas veces salía a tomar el sol desnuda. Si me daba cuenta, salía a mirarla y le decía que estaba como un queso, ella me lo agradecía y yo me empalmaba de ver a semejante mujer.

A las pocas semanas me dijo que iba a dar una pequeña fiesta para inaugurar el apartamento. Me invitó, según ella para que no me quejase del ruido, pero yo sabía que me invitaba porque habíamos trabado una cierta amistad.

La fiesta fue muy concurrida. Yo me retiré cuando la gente empezó a marcharse y me senté en la terraza de mi apartamento a tomar el fresco. Al rato salieron Mónica y una amiga suya llamada Laura que me había presentado en la fiesta.

– Hola vecino –me saludó Mónica-. ¿Te apetece tomarte la penúltima con nosotras?

Era tarde ya, pero al día siguiente era sábado y podría dormir hasta bien entrada la mañana. Me animé y me fui a su apartamento. Además Laura era una mujer muy guapa y eso siempre gusta, aunque igual era lesbiana como Mónica. Estuvimos charlando con la música muy baja, hasta acabarnos la botella de champán que nos estábamos bebiendo. Mónica se había quedado dormida en el sofá, sin duda por el efecto del alcohol que nos habíamos zampado.

– Invítame a una copa en tu apartamento y dejamos que Mónica duerma la mona. –Me dijo Laura. Yo estaba muy cansado de toda la semana, pero no era plan de decirle que no-.

– Como no, vamos –le contesté levantándome para marcharnos-.

– ¿Qué quieres tomar? –Le pregunté a Laura después de cerrar la puerta de mi apartamento-.

– ¿Qué vas a tomar tú? –Preguntó ella-.

– Whisky para rematar la noche.

– Pues ponme otro a mí.

Serví las copas y nos sentamos en el salón.

– ¿De qué conoces a Mónica? –Le pregunté a Laura por situarla-.

– Somos amigas desde el colegio y desde que las dos nos divorciamos retomamos el contacto que perdimos durante algunos años. Mónica me ha hablado muy bien de ti, dice que ha tenido mucha suerte con el vecino que le ha tocado.

– Mónica es demasiado amable.

– ¿Te importa que me de una ducha? Estoy sudada de la fiesta y no quiero molestar a Mónica cuando me acueste.

– Por supuesto que no –le contesté-. Hay que dejar a Mónica que la duerma y mañana será otro día, aunque con resaca.

Laura se levantó y se fue hacia el baño, que estaba junto al único dormitorio del apartamento. Me eché otro whisky esperando que Laura se duchara. Laura era una mujer guapa, de la edad de Mónica e igualmente bien conservada. Rubia más o menos natural, más baja que Mónica y con un tipo estupendo de echar muchas horas en el gimnasio. Escuché que me llamaba:

– Carlos, ¿puedes venir?

¡Coño, con la medio papa no le había ofrecido ni una toalla para secarse después de la ducha! Me levanté y fui a buscar una toalla al armario del dormitorio. Me acerqué a la puerta del baño, que estaba entreabierta y le dije desde fuera:

– Perdona, pero no estoy muy lúcido y se me había olvidado darte una toalla.

– No quiero una toalla, quiero que me seques con la lengua –contestó-.

¡Vaya, las señales de Laura dejaban poco a la imaginación o al error! Abrí la puerta del baño, Laura estaba de espaldas bajo la ducha, era una mujer hermosa, una preciosa espalda que terminaba en un potente culo respingón en forma de pera, del que salían unas piernas largas y torneadas, con unos muslos fuertes y tentadores. Se dio la vuelta cuando percibió que había abierto la puerta. Tenía unas tetas de buen tamaño, con unas areolas medianas en las que no se percibían los pezones. En ese momento se las estaba enjabonando, se las amasaba y luego las dejaba caer, para pasar las manos por su vientre y bajarlas hasta su chocho. El vello púbico, muy corto, le formaba un hermoso felpudo que le llegaba hasta el comienzo de su barriga. Me miró descaradamente mientras seguía frotándose desde las tetas hasta el coño.

– ¿Te vas a quedar ahí toda la noche? –Me dijo provocativamente-.

– Podría quedarme admirándote toda la noche, pero también me encuentro sudoroso y me apetece una ducha.

Aunque mis parejas y mis líos habían sido siempre con mujeres más jóvenes que yo, el objeto del deseo de mis ensoñaciones más lúbricas eran las mujeres maduras mayores que yo, como Laura o como Mónica. Adoraba sus formas plenas, hechas, incluso un poco abundantes, por eso, la sola visión de Laura me había causado una erección enorme.

Entré al baño y me desnudé. En el plato de ducha me puse frente a ella pegándole el nabo a su barriga y la besé en la boca mientras mis manos se deslizaban de su espalda a su culo duro y hermoso. No tardó ni un minuto en ponerse en cuclillas y meterse mi polla en la boca, para luego sacarla y chuparme los huevos. Bajé mis manos a sus tetas, era un auténtico placer sobárselas y pellizcarle donde debían estar sus pezones, que comenzaron a reaccionar poniéndose duros y salidos de las areolas.

– ¿No querías que te secase con la lengua? –Le dije-.

– Primero te voy a dejar seco yo a ti. –Me contestó sin sacarse mi polla de la boca-.

– Si me dejas seco lo vas a lamentar después.

– ¿Te crees que me voy a contentar con un polvo con la edad que tienes? Ve fabricando mucha leche que te va a hacer falta.

Siguió chupándome la polla, sobándose el clítoris y metiéndose los dedos en el coño. No iba a poder aguantar mucho más y se lo dije:

– Ahí llevas la primera ración de leche. –Ella siguió mamándomela y me corrí en su boca, mientras ella se corría también a gritos-.

Después de recuperarnos un poco salimos de la ducha y la tumbé en la cama boca arriba con las piernas fuera. Me arrodillé entre sus piernas y empecé a comerle el coño que ella abrió para mí con sus manos. Tenía el coño empapado y le olía a los flujos de la corrida que acababa de tener. Cambió sus manos a mi cabeza para apretarla con fuerza contra su entrepierna. Me apetecía comerles los muslos y las ingles, así que me solté del cepo de sus manos y le levanté las piernas para tener acceso a la parte trasera de sus muslos y a sus ingles. Le estuve dando suaves bocados y besos desde las corvas hasta la cara interior de la parte alta de los muslos, mientras ella gemía quedamente. Le levanté más las piernas para tener acceso a su ojete y entonces le lamí desde ahí hasta el clítoris, subiendo y bajando la cabeza lentamente. Cuando me detenía en su ojete Laura subía el volumen de los gemidos, poniéndome más cachondo de lo que ya estaba.

Tenía otra vez una erección de caballo y me apetecía chuparle las tetas y golpeárselas con la polla. Dejé caer sus piernas y me subí a la cama poniendo una rodilla a cada lado de ella a la altura de su culo, apretando la polla contra su vientre. Le cogí las tetas y me las llevé a la boca para chuparlas y morderlas suavemente. Tenían una textura especial, la piel muy suave y una consistencia ni dura ni blanda que permitía amasarlas de maravilla. Luego coloqué las rodillas justo debajo de sus tetas y cogiéndome el nabo fui golpeándole alternativamente las tetas y los pezones.

– Carlos me vas a matar del gusto, hace tiempo que no me daban tanto placer. –Me dijo mientras se cogía las tetas para juntarlas y que las golpease casi a la misma vez-.

– Tu sí que me vas a matar a mí con el cuerpo que tienes y lo bien que lo manejas.

– Fóllame ya –me ordenó, aunque yo no le hice caso y seguí golpeando sus tetas, hasta que luego poniendo las rodillas a la altura de su cabeza le di los huevos para que me los comiera. Ella subió los brazos, me cogió los huevos con una mano y se los metió los dos en la boca, mientras con la otra mano me sobaba la polla. Luego me apretó los huevos con los labios y me dijo:- Fóllame ya cabrón o te dejo sin huevos.

Me eché a un lado y le dije que se pusiera a cuatro patas. Cuando estaba en posición le volví a chupar el coño para saber si estaba preparada y vaya si lo estaba. Le puse la polla en la entrada del coño y fui metiéndosela lentamente.

– ¡Más, hasta el fondo! –Decía ella mientras iba entrando-.

– Déjame a mí a mi manera, que te va a gustar.

Volví a sacarla para pasársela desde el clítoris al ojete. Ella agradecía el roce con gemidos cada vez más altos. Cuando la noté ensimismada en el roce, se la metí de golpe hasta el fondo de su chocho, lo que provocó que gritase:

– Agggggg, eres un cabrón, pero que sabe follar muy bien.

Con una mano le cogí el pelo y tiré de su cabeza hacia atrás, mientras que con la otra alternaba darle azotes en su fantástico culo, con sobarle suavemente el clítoris. Después de un buen rato de bombeo le di la vuelta, la puse boca arriba en la cama, le subí las piernas a mis hombros y se la volví a meter, mientras le amasaba las tetas con una mano y con la otra le sobaba el clítoris. Ella colocó sus manos encima de la mía sobre sus tetas y se pellizcaba los pezones hasta ponerlos morados.

– Me voy a correr, no pares. –Me dijo gritando-.

– ¿Crees que voy a parar ahora? Ya me pedirás que pares.

– ¡Agggg, que bueno, que fuerte, que largo, Agggggg! –Gritaba moviendo la cabeza y las piernas como si fuera la niña del exorcista. Sentía sobre mi polla como se cerraba y se abría su coño-.

Cuando quedó como muerta, seguí follándola a un ritmo frenético, hasta que me dijo:

– ¡Córrete ya, no puedo más!

Se la saqué y se la metí en la boca mientras le pellizcaba sus adorables tetas, cuando me iba a correr se la saqué de la boca y me corrí sobre sus tetas, diciéndole:

– ¡Toma tu segunda ración leche!

La corrida le llegó desde la cara hasta el vientre. Cuando terminé de soltar leche, ella se la restregó por todo el cuerpo, diciendo que era la mejor crema rejuvenecedora.

– ¡Cómo me has follado, cabrón! ¡Qué verdad es que no es tanto el tamaño como el manejo!

– ¿Me estás diciendo que la tengo pequeña? –Le pregunté-.

– Te estoy diciendo que follas como los ángeles, como si tuvieras dos pollas.

Me tumbé a su lado la besé y nos quedamos dormidos al minuto. Mientras dormía me pareció que alguien entraba en la habitación, nos miraba y luego salía.

Cuando me desperté Laura ya no estaba en la cama, fui al salón y tampoco estaba. Volví al dormitorio y vi que sobre su almohada me había dejado el tanga que debía llevar la noche pasada y un papel con su número de teléfono y una nota que decía: “Llámame cuando quieras fiesta, Laura”.

Tenía un dolor de cabeza y de polla que no era normal, así que me pasé el resto de la mañana como un alma en pena dando tumbos por la casa. Empecé a reponerme cuando me duché y me tomé dos Dry Martini. A la una y media llamaron al timbre de la puerta, era Mónica, la invité a pasar.

– Bueno chico, mi amiga Laura te ha puesto por las nubes. Me ha dicho que la disculpara contigo, pero que había quedado con su familia y no te iba a poder follar esta mañana, pero que cuando quieras la llames. Me ha dado envidia lo que me ha contado, incluso he pensado suspender temporalmente el lesbianismo para probar si eres tan bueno como dice ella. –Terminó Mónica riéndose-.

– Muy guapa, muy amable y muy lenguaraz tu amiga, tendré que llamarla.

– ¿Comemos juntos?

– Claro, pero hoy haz tú la comida, yo no tengo el cuerpo más que para Dry Martini.

– Por cierto, para otra vez acuérdate de quitar las llaves de la puerta. Anoche estabais guapísimos los dos desnudos en la cama.

El viernes siguiente vino Antonia para quedarse todo el fin de semana. Con ella me lo pasaba francamente bien, me encontraba muy a gusto en su compañía, tanto que, tras follar toda la tarde, le empecé a decir con muchos subterfugios que podíamos pensar en estabilizar nuestra relación, a lo que me contestó que ni pensarlo, que lo que funcionaba no había que cambiarlo.

El sábado me propuso Antonia que invitáramos a comer a Mónica, ya que le había hablado mucho de ella y tenía curiosidad por conocerla. Fui a decírselo a Mónica.

– Encantada, estoy deseando conocer a esa chica tan joven que te tiene pillado y que no se deja pillar.

Antonia se pasó casi toda la mañana poniéndose más guapa todavía de lo que ya era. Lavarse el muy abundante pelo, peinarse, maquillarse, elegir la ropa,…etc.: la competitividad de las mujeres entre ellas. Sobre las dos llamaron a la puerta debía ser Mónica. Yo estaba liado con la comida y le dije a Antonia que abriera.

– Hola yo soy Antonia y tú debes ser Mónica. –Desde la cocina saludé a Mónica, para lo cual no hacía falta gritar dado el tamaño del apartamento-.

– En efecto, Mónica. Carlos no me habías dicho que Antonia era una mujer tan guapa. Lo que no sé es que hace contigo.

– Bueno, una obra de caridad con un pobre separado. –Contestó Antonia-.

Antonia sirvió unas copas de vino y las dos salieron a la terraza para aprovechar el fantástico día que hacía. Cuando terminé el arroz negro que había preparado las llamé y nos sentamos a comer.

Desde el principio de la comida Mónica le estaba zorreando a Antonia lo más grande, alabando su juventud, su belleza, su tipo, su buen carácter,…etc. Por su parte Antonia alababa la belleza de Mónica, lo estupenda que estaba, lo simpática que era,…etc. Me sentí un tanto desplazado, estaba claro que ellas estaban jugando sus cartas. Mónica trataba de seducir a Antonia para llevársela a la cama y Antonia de ganar a Mónica y defender su posición conmigo. Por otra parte, no sé qué posición, porque la tarde antes se había negado a asumir un mayor compromiso en nuestra relación y por ahí derivó la conversación entre ellas.

– ¿Vosotros dos tenéis una relación muy particular, no? –Preguntó Mónica a Antonia-.

– Una relación abierta. Verás, yo tengo veintiocho años, soy muy joven todavía para comprometerme y dejar de vivir la vida a mi aire y no poder hacer lo que me de la gana. Carlos, que cometió el error de casarse a los veinticinco, ahora que está separado necesita sus correrías y vivir la vida que no vivió más joven. Nos lo pasamos muy bien en todos los sentidos cuando estamos juntos, ¿para qué cambiar eso?

– Visto así está bien pensado. –Dijo Mónica-. Lo que pasa es que para tener una relación tan abierta como tú planteas, hay que ser muy maduro, si no los celos te pueden comer en algún momento.

– Los celos te pueden comer en cualquier momento, pero más si hay un compromiso de exclusividad que se quiebra. –Le contestó Antonia-.

Yo trataba de meter baza en la conversación, pero no había manera.

– ¿Y tú a que te dedicas Antonia? –Preguntó Mónica que ya se había enterado de lo que quería saber sobre nuestra relación-.

– Trabajo en la misma consultora que Carlos, pero en otra ciudad. ¿Y tú?

Mónica me miró con sorpresa al enterarse de que no le había contado nada a Antonia de su trabajo.

– Soy masajista.

– Qué bien, ¿y qué tipo de masaje haces? –Volvió a preguntar Antonia-

– Masaje erótico –contestó Mónica mirando a los ojos a Antonia-.

– Pues me tienes que enseñar, porque tiene que dar mucho juego.

– Con los hombres es muy sencillo, ya sabes –e hizo el gesto de hacer una paja con la mano-. Con las mujeres es bastante más complicado, nuestro cuerpo es mucho más delicado para llevarlo al orgasmo, no vale con tocar la zambomba.

La conversación estaba tomando una temperatura muy elevada. Mónica no se había cortado un pelo con Antonia para acabar de conocerla.

– Mónica me gusta que seas tan franca hablando de tu profesión, eso significa que tienes la mente muy abierta. Seguro que Carlos lo sabía y no me había dicho nada, creyendo que te iba a juzgar por ello.

– Un momento –dije yo-, yo no tengo ningún problema con la profesión de Mónica, pero tampoco tengo que ir pregonándola por ahí.

– ¿A qué seguro tampoco te ha contado que soy lesbiana?

– Pues no –contestó Antonia mirándome con cara de extrañeza y después volviendo a mirar a Mónica-.

– Yo no le pregunto a nadie con quién se acuesta o quién se levanta y menos lo voy diciendo a unos u otros. –Dije ya con cierto enfado-.

– Me encanta como eres Mónica, seguro que vamos a hacer muy buenas migas. –Dijo Antonia cogiéndole una mano a Mónica-.

– Y tú también me gustas, me encanta que una chica tan joven tenga tan bien amueblada la cabeza. –Contestó Mónica apretando la mano de Antonia-.

Ya habían conseguido entre las dos que yo pareciera un carca y ellas unas modernas del carajo. Estaba deseando que terminara la comida y que cada mochuelo volviera a su olivo. Mónica debió notar que estaba un tanto ofuscado, porque me cogió la barbilla con la mano y me dijo:

– No te enfades Carlos, que no te pega. Ninguna está pensando que seas un antiguo y nosotras unas modernas. Simplemente, que tratas de digerir algunas cosas a las que no estás acostumbrado. Tú piensas que yo tengo que mantener en secreto mi profesión, como si fuera algo malo, y también mi tendencia sexual, como si fuera una enfermedad. Y yo ya he salido del armario hace mucho tiempo y me encuentro muy satisfecha conmigo misma, por lo que no tengo nada que ocultar y menos a una buena amiga tuya.

– De acuerdo Mónica, parece que me ha cogido en una edad tonta, ni tan maduro como tú, ni tan abierto de mente como Antonia.

– Venga, vamos a tomarnos una copa para celebrar que Carlos está saliendo del pleistoceno. –Dijo Antonia con mucha guasa-.

– Estás tú muy moderna y muy ingeniosa. –Le contesté y nos echamos todos a reír-.

Cuando terminamos la copa Mónica dijo que tenía que irse, que tenía trabajo y riéndose volvió a hacer el gesto de la paja y le dio dos besos a Antonia. Aquella mujer, efectivamente no tenía ningún problema con su profesión.

Fue cerrar la puerta y Antonia se abalanzó sobre mí para comerme la boca, empujándome contra la pared y diciendo:

– Tu vecina me ha puesto como una moto, quiero que me comas el coño.

Mira que el apartamento era pequeño, pues no nos dio tiempo a llegar al dormitorio. Antonia se quitó el vestido que llevaba y se recostó en el sofá con las piernas abiertas. Le bajé las bragas, pegué la boca a su chocho, siempre depilado, y lo tenía empapado.

– ¡Joder nena como estás! Mónica te ha puesto mala.

– Quieres dejar de hablar y comerme el chocho.

Me puse con entusiasmo a una de las tareas que más me gustan en la vida. Le pasaba la lengua por toda la raja, mientras que con los dedos le sobaba el clítoris. Antonia se quitó el sujetador y se amasaba las tetas mientras me decía:

– ¡Dale, dale que necesito correrme!

Comerme un chocho me produce una erección inmediata, el profundo olor a mujer que desprende saca mis instintos más primarios. En medio de las lamidas le dije:

– ¿Quieres que te folle?

– ¡Qué te calles coño y sigas comiendo!

Mientras le seguía comiendo el chocho me baje los pantalones y los boxes, con la erección que tenía me producían dolor. Antonia tenía el clítoris hinchado y extraordinariamente sensible así que cambié los dedos por la lengua para que no le molestara. Poco tiempo después gritó:

– ¡Me corro, me corro, sigue, sigue!

Me extrañó porque Antonia no suele avisar que se corre, simplemente lo hace y yo se lo noto porque se pone roja y tensa. Me puso la boca encharcada y no me retiré hasta que no me tiró del pelo hacia atrás. Me puse de rodillas en el sillón con ella en medio, metí la polla entre sus tetas y las apreté mientras me movía arriba y abajo, estaba tan caliente que me corrí de inmediato lanzando chorros que le llegaron a la cara.

Nos quedamos los dos tumbados en el sofá más muertos que vivos, entonces Antonia me sorprendió diciendo:

– Quiero que hagamos un trío con Mónica.

Después hemos hecho tríos, intercambios y lo que se ha terciado, pero esa fue la primera vez que me dijo que quería compartir nuestra sexualidad con otras personas. Me puse tan caliente con la propuesta que me volví a empalmar.

– Antonia hazme un pajote como los que debe hacer Mónica.

Antonia se incorporó se ensalivó la mano y me hizo el pajote más rico que me habían hecho nunca, diciéndome todo el rato guarrerías al oído, que me volvieron loco, hasta que me volví a correr.

Días después Mónica vino a verme a mi apartamento.

– Carlos quiero pedirte un favor.

– Si está en mi mano sabes que sin problemas.

– Es un poco delicado y no te lo pediría si no supiera la relación que tienes con Antonia.

– No te entiendo, ¿qué tiene que ver Antonia con el favor?

– Ella nada, pero tu polla sí. Verás, he conocido a una mujer que me pone muchísimo, he tratado de acostarme con ella, pero dice que, aunque le gustan las mujeres, no es lesbiana y me ha puesto como condición que sea un trío con un hombre. Como tú tienes una relación sin compromisos con Antonia y Laura me contó que eras un buen follador, he pensado en ti para hacerlo. Ella es más o menos de mi edad, guapa y está buenísima.

Me quedé petrificado, Mónica me proponía un trío y me utilizaba de gigoló, ¡joder no se podía tener más suerte! ¿O sí? Decidí sacar partido.

– No sé Mónica, nunca he hecho de gigoló y me da miedo que pueda haber luego malos rollos entre nosotros. Además, yo te pediría otro favor a cambio.

– No tiene porque haber malos rollos, tú te la follas, ella me hace mis cosas y tan amigos. ¿Qué favor quieres a cambio?

– El otro día, después de que estuviéramos comiendo, Antonia se había puesto a revienta calderas, después de desfogar me dijo que quería que hiciéramos un trío contigo.

– ¡Eso no es un favor, eso es una bendición del cielo! Yo también me calenté más de la cuenta, Antonia me gusta mucho en todos los sentidos.

– ¿Entonces de acuerdo?

– Por supuesto, yo preparo el trío con Paula y tú con Antonia.

Cuando se fue Mónica me puse a dar saltos por el salón. Un trío la ilusión de todo hombre, pero yo no iba a tener un trío, ¡sino dos tríos! Me empalme sólo de pensarlo y me tuve que hacer una paja pensando en Antonia y Mónica juntas.

Mónica me invitó a cenar el sábado siguiente en su apartamento, estaríamos Pula, ella y yo.

El sábado por la noche me presenté en casa de Mónica a las nueve con dos botellas de champán muy frías. Me abrió la que debía ser Paula.

– Hola yo soy Carlos y tú serás Paula.

Me miró de arriba abajo sin decir palabra, como si estuviera comprando un caballo, no le faltó más que mirarme la dentadura. Yo, por supuesto, también la miré de arriba abajo. Estaba buenísima, rubia con el pelo largo lacio, unos ojos azules transparentes, unos labios carnosos, unas tetas abultadas, una cintura estrecha, un culo de buen tamaño y unas piernas largas y torneadas. Llevaba un vestido azul oscuro entallado, unas medias negras de rejilla y unos tacones de aguja como para matarse. La única pega que podía ponerle es que tenía los labios finos y las mujeres con los labios finos son frías y calculadoras.

La situación estaba durando más de la cuenta, hasta que ella se acercó a darme dos besos muy cerca de la boca y dijo muy sensualmente:

– Encantada Carlos, Mónica me ha hablado muy bien de ti, pero creo que se ha quedado corta.

– Lo mismo digo Paula. –Le dije pasándole la mano por la cintura-.

– Veo que ya os habéis presentado. –Dijo Mónica saliendo de la cocina-.

Mónica iba deslumbrante con un vestido blanco muy ajustado, que ponía en valor todo su cuerpo y un maquillaje que resaltaba su belleza. El único que iba más normalito era yo, pero aun así había pasado el examen que me había hecho Paula.

– He preparado una cena a base de marisco, ostras, almejas, angulas y champán. –Dijo Mónica, que, además de tirar la casa por la ventana, no había dejado nada a la improvisación-. Carlos, por favor abre la botella y sírvenos una copa.

Como no vi la botella por el salón fui a buscarla al frigorífico. Al poco tiempo volvió Mónica del salón y me dijo al oído:

– Entre notable alto y sobresaliente ¿y ella?

– Un nueve porque el diez sólo lo tiene Antonia y además Paula tiene los labios finos. Mónica cuidado con ella.

– ¡Anda ya! No digas más tonterías.

Regresé al salón para llenar la copa de Paula y darle conversación.

– Paula, estás guapísima con ese vestido, su color azul oscuro contrasta con el azul claro de tus ojos.

Pero Paula no estaba por la poesía y me echó mano al paquete, diciendo:

– Gracias Carlos por el cumplido. A ver cómo cumples después.

Pensé que tenía que comerme todo el marisco de que fuera capaz y no abusar del champán. Afortunadamente Mónica volvió al salón con una bandeja con por lo menos docena y media de ostras.

Después de dar cuenta de unas pocas de ostras y algunas almejas, fui al baño a lavarme las manos, mientras que Mónica terminaba de preparar las angulas. Estando en el baño entró Paula que, sin cortarse un pelo, se levantó el vestido, se bajó el tanga que llevaba y se puso a orinar. Cuando ya estaba orinando, me preguntó:

– No te importa, ¿verdad?

En mi opinión no teníamos confianza como para eso, pero Paula debía ser bastante exhibicionista y no perdía ocasión. Decidí que a mí no me iba a cortar, así que cuando terminó de orinar, le dije:

– ¿Quieres que te limpie la gotita?

– Bueno, si te apetece.

Cogí un poco de papel, lo doblé y se lo pasé varias veces por el chocho, que tenía depilado, y ella comenzó a gemir. Mientras la limpiaba me sobaba el paquete, que estaba comenzando a empalmarse. Cuando terminé tiré el papel al inodoro y volví a lavarme las manos. Paula se quitó el tanga, se bajó el vestido y pulsó la cisterna. Luego se puso detrás de mí y metió el tanga en mi bolsillo, tocando todo lo que pudo.

– Toma un recuerdo mío de esta noche.

Parece que iba a hacer colección con los tangas de las amigas de Mónica. Salimos del baño y volvimos al salón. Ayudé a Mónica con las cazuelas de angulas y volvimos a sentarnos.

– Mónica está todo buenísimo –dije-. Y la compañía es casi insuperable.

– ¿Os está gustando todo? –Preguntó Mónica con mucha intención-.

– Por ahora sí. Esperemos que los postres no desmerezcan. –Dijo Paula-.

– No te preocupes por eso, que van a ser muy dulces. –Contestó Mónica-.

Cuando nos comimos las angulas, Mónica y yo retiramos los platos. En la cocina me dijo:

– Ahora va a empezar la fiesta, abre otra botella de champán.

Mientras yo abría la botella, Mónica cogió una bandeja de pastelitos y un bote de nata montada y volvimos al salón. Antes de sentarnos Mónica le dijo a Paula:

– Bueno Paula, para que los postres no desmerezcan, tú vas a formar parte de ellos. Desnúdate y tiéndete en la mesa –le ordenó-.

Paula nos miró a los dos y no tardó ni medio minuto en quitarse el vestido, bragas ya sabía que no llevaba, pero sujetador tampoco llevaba, se quedó sólo con las medias, el liguero y los tacones y se tumbó boca arriba en la mesa, dejando las piernas colgando desde las rodillas. Tenía un cuerpo impresionante, solo estropeado por las marcas del biquini. Las tetas grandes muy blancas, con unas areolas pequeñas y unos pezones grandes y erectos, el vientre muy moreno con una ligera barriguita y un ombligo grande y profundo, el chocho también muy blanco, sin un pelo y los labios todavía cerrados y unas preciosas piernas enfundadas en las medias de rejilla. Se le notaba que estaba encantada de ser el centro de atención.

Yo no sabía por donde quería seguir Mónica, pero a lo que fuera no parecía que Paula fuera a poner problemas. Mónica fue cogiendo pastelitos y poniéndolos encima del vientre de Paula. Luego cogió la nata y le cubrió las tetas y el chocho.

– ¿Carlos, te gusta el postre? –Me preguntó Mónica-.

– A mí mucho, ¿y a ti? –Le contesté-.

– A mí más todavía. –Respondió Mónica-. Yo creo que lo mejor es ir cogiendo pastelitos y mojándolos en nata para comérselos.

– Yo primero voy a comerlos sin nata, que los empalaga demasiado.

Diciendo esto acerque la boca al vientre de Paula y sin manos cogí uno, rozando los labios a su alrededor todo lo que pude. A esas alturas estaba completamente empalmado. Me abrí la bragueta y me saqué la polla y los huevos, operación que Paula contempló mordiéndose los labios y sin perder detalle. Mónica con la mano cogió otro pastelito que estaba muy cerca del chocho de Paula y se lo pasó por los labios mayores.

– Nunca había tomado así el postre, pero creo que me voy a aficionar. –Dije cogiendo otro pastelito con la boca-.

– ¿No hay un poco de nata para mí? –Pidió Paula-.

– Claro que sí –contesté-.

Me cogí la polla y se la pasé por las tetas, hasta que quedó llena de nata, después la acerque a la cara de Paula y se la metí en la boca, que ella mantenía abierta sabiendo donde iba a terminar mi polla después de embadurnarla.

Sin sacar la polla de la boca de Paula cogí otro pastelito con la mano y se lo di a Mónica diciéndole:

– Pásalo por su chochito, a ver como lo tiene ya de empapado.

Mónica no se hizo de rogar, cogió el pastelito y se lo pasó a Paula reiteradamente por el chocho, mientras ésta seguía comiéndome el nabo.

– Pruébalo, yo creo que le vas a coger poco el sabor al dulce y mucho a otros jugos. –Me dijo Mónica, pasándome el pastelito. Efectivamente, el único sabor detectable era a coño, tenía que estar chorreando-.

– Ponle más nata a tu palo. –Pidió Paula con voz ronca de deseo. Me volví a embadurnar el nabo en sus tetas y se lo volvía a meter en la boca-.

– Creo que ya es momento de quitarnos la ropa. –Dijo Mónica y se puso de espaldas para que le bajara la cremallera-.

No llevaba ropa interior y aunque la había visto muchas veces desnuda tomando el sol, su cuerpo volvió a maravillarme y a subirme el calentón que ya tenía. Después se puso detrás de mí y fue desabotonándome la camisa, los pantalones y los boxes para luego quitármelos y dejarme en pelotas. Porque sabía que Mónica era lesbiana, si no hubiera dejado a Paula y me habría liado con ella.

Mónica se puso en cuclillas entre las piernas de Paula y empezó a darle una ruidosa chupada en el coño. Yo llevé las manos a sus tetas que estaban ya prácticamente sin nata. Luego saqué la polla de su boca, me subí a la mesa de rodillas y mirando hacia Mónica empecé a golpearle los pezones a Paula con el capullo, que me lo agradeció sobándome y comiéndome los huevos cuando podía.

Mónica le seguía chupando el coño a la misma vez que le metía tres dedos de una mano, mientras que con la otra mano se sobaba ella el clítoris. Estaba fuera de sí, tenía que ser una mujer muy caliente y ahora que estaba en su salsa lo demostraba. Lástima para mí que fuera lesbiana porque a un hombre podría hacerle maravillas. Metí el nabo entre las tetas de Paula y se las apreté sin parar de moverme arriba y abajo. Paula me abrió el culo con sus manos y cuando lo tenía cerca de su boca, me chupaba el ojete.

El trabajo de Mónica en el chocho de Paula dio finalmente sus frutos y en medio de auténticos berridos se corrió.

– Bueno, nos hemos quedado sin Paula para seguir jugando. –Dije yo-.

– No Carlos, yo conozco a las mujeres como Paula y dentro de un rato está otra vez pidiendo guerra. –Diciendo esto se incorporó y me cogió la polla comenzando a masturbarla-. No te engañes que es sólo para que no se te baje.

– No creo yo que se me baje tan pronto con el calentón que tengo. ¿Cambiamos de posición?

– Por mí de acuerdo.

Me bajé de la mesa y me coloqué entre las piernas de Paula, mientras Mónica se sentaba sobre su cara, mirándome. Le abrí el chocho a Paula con una mano para poder llegar mejor con la lengua, mientras con la otra mano me masturbaba. Mónica estaba impresionante sobre la cara de Paula, que ya había comenzado a reaccionar lamiéndole el chocho y subiendo las manos hasta sus tetas para amasárselas con fuerza.

– Te gusta que te lo coma, ¿te estás poniendo caliente? –Le preguntó Paula a Mónica-.

– Llevo caliente todo el día, ahora lo que estoy es abrasada.

– Carlos, fóllame ya. –Me dijo Paula-.

– Vamos fóllatela, que quiero ver como se pone cuando la tenga dentro. –Dijo Mónica, que estaba cada vez más fuera de sí-.

Me incorporé, puse sus piernas sobre mis hombros y sin más preámbulos se la metí hasta los huevos, soltando Paula un profundo gemido.

– Te gusta que te follen mientras te comes un coño, ¿verdad guarra? –Preguntó Mónica-.

– Me encanta que me follen haciendo lo que sea.

– Pues sigue comiendo que me voy a correr.

Bombeé cada vez más rápido, no iba a poder aguantar mucho viendo cómo se lo montaban aquellos dos bombones.

– ¡Me corro, me corro, me corro! –Gritó Mónica-.

– ¡Yo también, agrrrhhh. Carlos para, que no puedo más!

Yo tampoco podía más, le saqué la polla del chocho y me corrí desde su vientre hasta sus tetas. Mónica se quedó tumbada sobre Paula.

Cuando logré reponerme fui a llenar las copas de champán para ofrecérselas a los dos, creyendo que la noche de sexo había concluido. Aceptaron las copas de buen grado y brindamos porque volviéramos a vernos y disfrutar nuevamente unos de otros, pero para Paula no había sido suficiente y eso que se había corrido dos veces.

– Voy a tener que ducharme antes de irme. –Dijo Paula y continuó:- ¿Os apetece enjabonarme?

– Por supuesto que sí –contestó Mónica, dándole un beso en la boca-. ¿Te animas Carlos?

– Porque no. También me hace falta una ducha.

Nos fuimos los tres hacia el baño, dejé que pasaran primero ellas dos y yo me quedé contemplando sus preciosos cuerpos. Mónica abrió el agua y cuando estuvo bien de temperatura comenzó a duchar a Paula, pasando sus manos y el rociador por todo su cuerpo.

– Me apetece que os meéis los dos encima de mí. –Dijo Paula con cara de vicio-. Es una costumbre que tengo cuando follo con alguien por primera vez, es como sellar un pacto.

La verdad es que yo compartía en parte el vicio de Paula, pero sólo lo había hecho alguna vez con Antonia, nunca me había meado encima de nadie y el poder hacerlo me ponía bastante. Entré en la ducha, Paula no perdió tiempo para echarme mano a la polla, dejando que Mónica siguiera sobándola.

– Paula si sigues sobándome la polla me voy a empalmar y no voy a poder mearme.

Las deje que se acariciaran por todas partes bajo el agua, era una visión de lo más erótica ver a las dos mujeres en faena. Lógicamente había visto alguna escena así en películas guarras, pero nunca la había disfrutado en directo. Al rato Paula se tumbó boca arriba en el plato de ducha, ofreciéndose para que la meáramos. Mónica se puso a la altura de su chocho y yo a la altura de sus tetas. La primera en empezar a mear fue Mónica dirigiendo el chorro con sus manos. A mí me costó empezar, pero finamente lo conseguí. Eché el prepucio hacia atrás para que el chorro saliera con más potencia y le fui regando las tetas, el chocho y el vientre. Paula no paró de masturbarse todo el tiempo que duraron las meadas y tras terminar nosotros se meó ella. Con la guarrería me había vuelto a empalmar del todo.

– Paula cómeme la polla, que estoy otra vez que reviento de caliente. –Le dije-.

Ella se incorporó, se puso de rodillas y empezó una mamada profunda y acelerada. Mónica se tumbó en el plato y con una mano masturbaba a Paula y con la otra se masturbaba a sí misma. Paula comenzó a mover el cuerpo sin control y se volvió a correr. Mónica le siguió y yo me corrí en la boca de Paula, que no paró de mamármela durante todo el tiempo.

Terminamos de ducharnos, esta vez sin mayores incidentes, nos secamos y nos fuimos desnudos a terminar la botella de champán al salón. Al poco rato Paula se volvió a poner el vestido y se marchó, dejándonos a Mónica y a mí relajados en el sofá. Por curiosidad le pregunté a Mónica:

– ¿Paula es colega tuya en el manubrio?

– ¡Qué va, no te vas a poder creer a lo que se dedica! –Me contestó Mónica muerta de la risa-.

– No lo sé, ¿qué te hace tanta gracia?

– Es profesora de religión en un colegio de monjas.

¡Joder con Paula, como engañaba!

– ¿Te lo has pasado bien? –Le pregunté a Mónica-.

– De maravilla, pero espero pasármelo todavía mejor con Antonia. De todas formas, la que se lo ha pasado mejor ha sido Paula, que le estará haciendo dos muescas más al consolador.

A la mañana siguiente me llamó Antonia para preguntarme por la cena de la noche anterior, le dije que muy bien y que ya se la contaría cuando nos viéramos. Me dijo que vendría el viernes siguiente y me preguntó si se podía quedar en el apartamento. Le contesté que sí era tonta y le dije que tenía pensado invitar a cenar a Mónica. No sabía la que se le venía encima.

El viernes cuando terminamos de trabajar Antonia y yo nos fuimos a comer fuera y luego tomamos una copa en la calle. Mi idea era que no tuviéramos tiempo de follar antes de la cena, para que nos cogiera a los dos calentitos.

Cuando volvimos a casa eran pasadas las siete y aunque Antonia comenzó algún escarceo, me excusé diciendo que tenía que preparar la cena.

Como siempre Antonia se puso guapísima para la cena con un ajustado y corto vestido rojo bastante descotado. A las nueve menos cuarto Mónica llamó a la puerta. Abrí yo mientras Antonia terminaba de arreglarse. Mónica venía impresionante con un vestido negro que le dejaba la espalda descubierta y una raja lateral que sugería que no llevaba bragas.

– ¿Preparado? –Me preguntó al abrirle-.

– Si a estar más caliente que un mono le llamas preparado, entonces sí. –Me dio un piquito en la boca y entró-. Pasa a la cocina que estoy con la cena y Antonia está terminando de arreglarse.

Había preparado un cena fría y crudívora, cebiche de corvina y carpaccio de buey, para no tener que estar pendiente de la cocina. Abrí una botella de Albariño para tomar con el cebiche y le serví a Mónica.

– ¿Y tú preparada también? –Le pregunté al servirle el vino-.

– Podría decir lo mismo que tú, pero realmente creo que no he estado más preparada en mi vida para una buena noche de sexo.

– Te va a sorprender lo activa que es Antonia en el sexo. Aunque bueno, pensando en tu amiga Paula, no creo que te sorprenda nada.

Antonia entró al salón imponente. ¡No se podía tener más suerte en la vida, qué noche iba a pasar!

– Antonia estás preciosa –le dijo Mónica-. Claro que con veintiocho años ya podrás.

– No empieces con la edad, que tú sí que estás espléndida, ¿verdad Carlos?

– A mí no me metáis en vuestros líos. –Dije pasándole una copa a Antonia-. Sentaos un poco en la terraza, mientras termino de preparar el cebiche.

Las escuchaba hablar desde la terraza por la ventana de la cocina.

– Esta tarde he estado tomando el sol en la terraza. –Le dijo Mónica a Antonia-. Vosotros habéis estado fuera, si no ya habría salido Carlos a mirar y lo he echado de menos.

– ¿Tú tomas el sol desnuda?

– Claro.

– Yo también, me encanta sentir el sol en toda la piel. Mañana por la mañana, si no tienes otra que hacer, podríamos tomarlo juntas y que Carlos rabie un ratito. –Propuso Antonia-.

– Por mí de maravilla.

Yo rabiaré mañana, pensé, pero esta noche no voy a rabiar nada. Las llamé cuando estuvo la comida en la mesa y entraron al momento.

– Carlos estábamos hablando de tomar mañana el sol desnudas, ¿te apuntas? –Dijo Antonia sentándose-.

– No, que me animo y después os reis de mí.

– Que no, que prometemos ser buenas –contestó Mónica-.

La cena fue transcurriendo muy agradablemente entre bromas de unos y otros. Después de tomar el cebiche me levanté para llevar los platos a la cocina y traer el carpaccio. Cuando regresé al salón, Mónica y Antonia se estaban besando en la boca apasionadamente.

– ¿Qué pasa aquí? –Pregunté al verlas-.

– Ni más ni menos que lo que tú ya sabías que iba a pasar. –Contestó Antonia, retomando la compostura y preparándose para seguir comiendo-.

– ¿Has tenido experiencias con otras mujeres? –Preguntó Mónica a Antonia, mientras yo servía-.

– No. Muy raramente me he sentido tentada por alguna mujer, pero no ha pasado de ahí, de tentación. ¿Y tú con hombres? Bueno aparte de tu trabajo. –Terminó Antonia riéndose-.

– El trabajo es el trabajo, pero sí algunas he tenido. Me casé joven con el único novio que había tenido. Los hombres no me atraían mucho. Las mujeres algo más, pero entonces ser lesbiana declarada era impensable, mis padres me habrían matado. Mi marido y yo lo hicimos algunas veces con poco éxito para ambos. Al poco más de un año de casarnos, mi marido me dijo que creía que era homosexual, yo para entonces ya estaba convencida de que era lesbiana, así que al poco tiempo nos divorciamos y tan a gusto hasta ahora.

– ¿Y cómo te metiste a masajista erótica? –Preguntó Antonia-.

– Pues como suelen suceder las cosas sin pensarlo mucho. Cerraron la boutique en la que trabajaba y necesitaba dinero para vivir. Una compañera de la boutique me comentó que había empezado a trabajar de masajista erótica, que se ganaba dinero y que estaban buscando chicas. Hice de tripas corazón. No tenía gran experiencia haciendo pajas, pero eso se aprende rápido. Con el tiempo la clientela ha cambiado, cada vez hay más mujeres y yo me lo paso mejor.

– ¿Has tenido alguna relación estable con alguna otra mujer? –Volvió a preguntar Antonia-.

– Estás tú muy preguntona. Si, alguna he tenido, pero prefiero ir por libre, hacer lo que me da la gana y no tener que dar explicaciones. ¿Y tú has tenido alguna relación estable con algún hombre?

– Lo clásico, te echas un noviete muy jovencita, por aquello de que todas tus amigas lo tienen, hasta que un día te das cuenta que estás perdiendo tu juventud con un solo hombre, con la cantidad de ellos que hay en el mundo y además con lo que me gustan a mí, así que lo dejé y decidí vivir mi vida sin compromisos.

– Carlos esto está buenísimo –me dijo Mónica terminándose el plato-.

Le agradecí el cumplido a Mónica, pero me había disgustado un poco la contestación de Antonia, al fin y al cabo yo tenía pretensiones de llegar a algo más serio con ella. Nos levantamos Antonia y yo para quitar le mesa.

– Antonia me encanta el vestido que llevas, te sienta de maravilla. –Dijo Mónica-.

– Pues todavía es más bonito lo que llevo debajo –contestó Antonia-.

– Entonces me lo tienes que enseñar.

– En cuanto Carlos nos sirva una copa de champán, sin problemas.

Salí disparado al frigorífico por una botella de champán. Cuando regresé al salón, Mónica y Antonia estaban besándose de nuevo. Serví las copas y me quedé mirándolas. Estaba comenzando a empalmarme de ver a aquellas dos preciosidades entrando en faena.

– Carlos sabe que me encanta la ropa interior provocativa y si no la enseñas no cumple del todo su función. –Dijo Antonia al dejar de besar a Mónica y luego continuó:- Sentaos en el sofá.

Mónica y yo nos sentamos. Antonia puso una música suave y se quedó de pié frente a nosotros. Estaba arrebatadora con el vestido rojo y unos tacones de aguja también rojos. Estaba claro que se había vestido para la ocasión, quería gustar y lo había conseguido. Se acercó a Mónica y le dijo:

– Haz los honores.

Mónica le bajó un poco la cremallera del vestido que estaba en la espalda, luego Antonia se separó de nosotros y mirando a Mónica terminó de bajársela ella, dejando caer el vestido. Llevaba un corsé rojo lleno de gafetes por delante, un tanga mínimo también rojo y las medias, como no, rojas sujetas al corsé. Lo estaba pasando en grande con la exhibición que estaba haciendo. Miré a Mónica, se mordía el labio inferior con una enorme expresión de deseo. Antonia no le quitaba ojo a Mónica y también se mordía el labio inferior. Yo había terminado de empalmarme con la escena de Antonia, pero me di cuenta que, al menos por ahora, la cosa no iba conmigo, que el juego era entre ellas dos.

– ¿Te gusta lo que ves? –Le preguntó Antonia a Mónica-.

– Me encanta, pocas veces he visto algo más bello y más excitante.

– ¿Tú no llevas también una ropa interior atractiva?

– Yo soy de poca ropa interior. –Le contestó Mónica poniéndose de pié y bajándose los tirantes, dejó caer el vestido quedándose completamente desnuda. Mira que me gustaba y me sigue gustando el cuerpo de Antonia, pero el cuerpo de esa mujer era de pecado-.

– Vas a coger frío, ven que te de calor. –Dijo Antonia con una voz que hasta a mí me puso los pelos de punta-.

Mónica pegó su cuerpo al de Antonia y volvió a besarla en la boca. Ambas habían llevado sus manos al culo de la otra y se sobaban mutuamente. Pensé si unirme a ellas, pero lo deseché, no haría más que estorbar. Antonia cambió una mano al chocho de Mónica, que respondió con un largo suspiro, luego le dio la vuelta y la puso de cara hacia mí. Seguía con una mano en su chocho y con la otra le sobaba las tetas. Estuvieron así un buen rato hasta que Mónica empujó a Antonia al sofá, dejándola boca arriba. Le bajo el tanga y metió la cabeza entre sus piernas. Decidí quitarme el pantalón y los boxes y liberar la polla, que me estaba matando de dolor.

– ¡Qué bien lo haces! ¡Ningún hombre me lo ha comido así! –Exclamó Antonia llevando sus manos a la cabeza de Mónica para atraparla entre sus piernas-.

– Gracias por el cumplido, pero el otro día bien que te gustó. –Dije yo un tanto molesto, pero no me hicieron ni caso-.

Antonia se estaba sofocando, Mónica lo notó y le preguntó:

– ¿Cuántas veces puedes correrte?

– Normalmente una, pero creo que hoy va a ser distinto.

Yo me sobaba el nabo mirándolas. Cada vez me costaba más trabajo no unirme a ellas y poder besar sus cuerpos. Traté de besar a Antonia en la boca, pero ella me rechazó diciendo:

– Carlos estate quieto y limítate a mirar si te apetece.

Mónica se apiadó de mí y me dijo:

– Si quieres hacer algo, chúpame el culo.

De un salto me coloqué detrás de ella, le abrí los cachetes con las manos y puse mi lengua en su ojete. Tenía el culo duro como una piedra. La mano de Mónica llegaba casi hasta mi lengua, cuando la movía masturbándose. La proximidad de mi nariz a su chocho me permitía saborear el perfume a mujer caliente que emanaba.

– ¡Mónica si sigues me corro! –Gritó Antonia-.

– Pues córrete que yo también voy a correrme. –Le contestó Mónica-.

No tardaron ni treinta segundos en empezar a gritar y a gemir a voces. Antonia empezó a moverse sin control y Mónica cayó derrumbada con la cabeza sobre el vientre de Antonia. Yo dudé que hacer, si jalármela y correrme o si esperar a que se repusieran, porque estaba convencido que ahí no iba a quedar la cosa. Decidí esperar y me volví a sentar en el sofá mirándolas.

– ¡Qué bueno Mónica, pero has hecho tú todo el trabajo! –Dijo Antonia-

– No te preocupes que me lo voy a cobrar. –Le contestó Mónica-. Carlos, ¿necesitas ayuda?

– Por ahora no, no te preocupes que no se me va a bajar.

Mónica se movió hasta poder besar a Antonia, que recibió encantada su boca.

– No me podía imaginar que fuera tan bueno con otra mujer. –Le dijo Antonia a Mónica entre beso y beso-. Lo que me he estado perdiendo, aunque también me guste tu polla. –Me dijo mirándome por consolarme-. ¿Mónica a qué es bonita?

– Verás Antonia, yo llevo centenares de pollas vistas y manoseadas y no está mal, pero tampoco es de lo mejor que he visto.

– ¡Hombre muchas gracias! –Contesté un tanto cabreado-.

– Carlos con la polla lo que hay que hacer es saber manejarla, no ponerla en un cuadro.

– Túmbate aquí –le dijo Antonia a Mónica señalándole el sofá-.

– No, antes voy a terminar de desnudarte.

Mónica le soltó las medias del corsé y lentamente se las quitó, luego fue soltando uno a uno los gafetes hasta que el corsé quedó abierto y también se lo quitó. Una vez que Antonia estuvo totalmente desnuda, le sobó y le comió las tetas, con una atención muy especial a los pezones que debía tenerlos duros como piedras. Tras la comida de tetas se tumbó poniendo la cabeza sobre mis piernas, Antonia se puso entre las suyas y comenzó a comerle el coño. Mónica cerró los ojos y se dejó hacer. Pasé mi mano por su pelo y le acaricié la cara, le había cogido cariño en el tiempo que nos conocíamos. Baje la mano hacía sus grandes tetas para sobárselas, pero al poco tiempo dijo:

– Los hombres no sabéis sobar las tetas o las amasáis como si fueran masa para el pan o las rozáis sin hacer sentir nada. Antonia hazlo tú, a ver si aprende.

– ¡Coño, estáis desagradables! –Exclamé ya cabreado-. Os vais a quedar aquí y yo me voy a ir a tomar una copa.

– No te enfades y ven a comerme el culo a mí también. –Me dijo Antonia-.

Al parecer esa noche iba de chupaculos, menos mal que eran dos preciosos culos que me ponían como una moto. Me puse detrás de Antonia, tenía el culo en pompa y empecé a comerle el ojete y chuparte la raja. Enseguida destensó el ojete y tuve la idea de metérsela por el culo, pero sabía que se iba a enfadar y lo dejé.

– Déjame que te lo coma yo a ti también. –Dijo Mónica. Antonia cambió de posición para hacer un “69” y me dejó nuevamente sin actividad-.

Se iba a enterar Antonia cuando me pidiera guerra. Bueno, realmente no se iba a enterar porque yo era incapaz de resistirme a ella. Después de unas buenas y ruidosas chupadas de coño, Antonia se dio la vuelta y cogiéndose las tetas empezó a pasarle los pezones, ya del tamaño de la falange de un dedo índice, por el coño a Mónica. Yo aproveché la posición para volver a comerle el ojete a Antonia. Las dos suspiraban y gemían ruidosamente.

– Túmbate boca arriba –le dijo Mónica a Antonia-.

Antonia obedeció y Mónica deslizó sus piernas entre las de ella, hasta que se unieron sus dos chochos. Antonia gimió más fuerte y fue subiendo el tono conforme Mónica iba moviéndose para masturbarse mutuamente. Antonia a la misma vez se sobaba las tetas con fuerza. Yo las miraba sin intervenir, pero con la polla como un leño. Al cabo del rato Antonia susurró:

– Mónica no pares que me corro otra vez.

Volvieron a correrse juntas de nuevo y quedaron exhaustas en el sofá. Llené las copas de champán y se las pasé, esa noche había quedado para camarero lameculos, pero nunca he podido olvidarla. Después de tomarse la copa Antonia se quedó dormida en la posición que había quedado tras correrse. Mónica estaba muy guapa, aunque tuviese el pelo enredado tras la batalla.

– ¿Mónica, te puedo pedir un favor? –Le dije-.

– Que te haga una paja, ¿no?

– Si, por favor.

– Súbete aquí –me dijo indicándome que me pusiera de rodillas a la altura de sus tetas-. Antonia es una mujer estupenda, no la pierdas. –Dijo mientras me cogía el nabo-.

No tardé nada en correrme sobre sus espléndidas tetas.

Semanas después la empresa me destinó temporalmente a la sucursal en la que trabajaba Antonia y tuve que dejar el apartamento. Por un lado estaba feliz de poder ver y convivir con Antonia todos los días, pero por otro me dio pena dejar de ver a la vecina.

Cuando Antonia tenía que ir algunos viernes a Sevilla, se quedaba ahora a dormir en el apartamento de Mónica, prefería no pensar lo que harían esas noches, pero recordando la que había estado presente, me hacía unas pajas que me mataban de gusto.