El azar hace que termine viendo a mi exnovia follando con otro tío

(Como ya conozco a algunos foreros aviso de antemano, este relato versa en gran medida sobre el fetiche de cornudos, no lo pongo en infidelidad por tratarse de una ex. Avisados quedáis, que luego algunos se me horrorizan XD

Sin más aquí os lo dejo, como siempre se agradecen vuestras valoraciones)

Viendo a mi Exnovia

Estuve saliendo dos años con Linda. Ciertamente el nombre le venía como anillo al dedo, Linda era una joven realmente hermosa, de hecho siempre tuve la sensación de que estaba, al menos en lo puramente físico, fuera de mi alcance.

Pero, como de vez en cuando la vida te da algún regalo inesperado, ambos congeniábamos mejor de lo que nunca habíamos hecho con nadie más. Es más, incluso después de cortar seguimos siendo amigos, y sin ningún tipo de malos rollos. Los dos tenemos en el otro a nuestro mejor confidente en realidad.

¿Por qué rompimos entonces?

Bueno, podría intentar suavizarlo de alguna forma, pero la triste realidad es que jamás he conseguido tener una erección completa con ella. Así de simple, así de jodido.

Me costó mucho dar con el motivo de ello, o al menos con lo que creo que es el motivo. Nunca he tenido problemas con esas cosas. A mis veinticuatro años (Veintidós cuando empecé con Linda) tengo todavía las hormonas casi igual de revolucionadas que un adolescente. En una situación normal se me levanta con un soplido vamos. Y, como ya he dicho, Linda es una preciosidad.

Tiene un poco menos de mi altura lo cual, si tenemos en cuenta que mido algo más de uno ochenta, la hace ser algo alta para su género. Si sumamos eso a su atlético y tonificado cuerpo, sus pechos medianos y su trasero trabajado, más un pelo dorado, unos ojos verdes y unas facciones tremendamente sensuales (En especial sus mullidos labios), Linda tiene todo el aspecto de una modelo de pasarela.

Es más, varias veces durante sus años universitarios, cuando no aún no recibía el dinero de la beca, se sacó unas perras modelando para un par de revistas. Probablemente si quisiera hubiera podido triunfar en ese mundo, pero ella siempre prefirió intentar alcanzar su sueño de ser bióloga.

Si, le he hecho tantas bromas con la Obregón que ya he perdido la cuenta.

Volviendo al tema. Pese a mí por lo general perfecta salud sexual, el aspecto de mi despampanante novia y lo bien que congeniábamos en todo lo demás, no había manera de que mi puñetera polla se levantara del todo con ella.

La conclusión personal a la que llegué es que era incapaz de verla del todo como una mujer. Es decir, no es que no viera lo buena que estaba, es que mi mente la consideraba más amiga que partenaire sexual.

Como putada cósmica era insuperable.

Al final, después de intentos de polvos fallidos, papelones vergonzosos de mi parte y muchos juegos de manos y de lenguas, ambos decidimos de común acuerdo dejarlo antes de terminar frustrados y, lo que nos resultaba mucho peor, peleados.

Fue probablemente la ruptura más civilizada de la historia. Es más, terminamos en mi piso y después pasamos todo el día juntos, como si no hubiera ocurrido nada.

Pese a todo mentiría si dijera que no lo pasé mal. Y seguramente a Linda le pasaba lo mismo.

De eso hacía un mes un mes en el que, por mucho que siguiéramos hablando y quedando, lo cierto es que no he dejado de extrañarla. Sobre todo a la hora de dormir. Por muy mal que nos fuera en la cama, durante los últimos tres años no habíamos dejado de dormir juntos un solo día. El hueco que había dejado en el colchón me producía hasta insomnio.

Eso fue lo que me llevó a salir con mis amigos hoy, un viernes de Noviembre. Mi idea era beber tanto que cuando volviera a mi casa el propio mareo de la borrachera me dejara grogui. Algunos dirían que es más sencillo tomarse una pastilla, pero sinceramente, prefiero el placer de sentir la cerveza bajando por mi garganta.

– Vamos Lucas, que tienes que animarte, pareces un puto zombie- Me dijo Fernando, Fer para los amigos.

– Ya, pero es que Li…

– Tío, si vuelves a mencionarla te juro que te estrello la jarra en la cara.

Viéndole coger la pinta de cerveza casi me lo creía. Fer era un colega de los de toda la vida, vecino mío cuando éramos un par de críos que no paraban de jugar al futbol creyendo que algún día seriamos Maradona.

Ninguno lo fuimos por cierto.

Es más, yo todavía me cuidaba un poco y tenía un aspecto aceptable, pero Fer cada día amenazaba con parecerse más a Kingpin. Entre la calvicie prematura, que tenía más espaldas que un gorila y su cada vez más llamativa barriga… Pues eso, que si yo fuera un tío disfrazado de Spiderman en Halloween me pensaría acercarme mucho a él.

– Vaaaaale, ya me callo.

– Eso, si vas a abrir la boca que sea para beber, quejica de mierda- Dijo mientras chocábamos nuestras birras- También acepto que la abras para ligar con esas dos por cierto.

Me señaló a un par de chicas que estaban a nuestra derecha. Lo mejor de Fer es que no se corta una mierda, tiene una seguridad en sí mismo inversamente proporcional a su atractivo físico. El muy cabrón con ese morro quizás no conseguía ser un Don Juan, pero sí que se acababa llevando de vez en cuando a alguna tía que le hacía gracia semejante descaro.

Para más inri solía estar bastante buenas y ser tirando a pequeñitas, como la castaña de metro y medio que no dejaba de mirar, y que para mí incredulidad le devolvía las miradas con varias sonrisas. No suelo pensar en mis amigos follando, pero reconozco que siempre he sentido curiosidad por cómo sería la escena de ese gigante con una de esas chiquillas que se trajinaba. Tenía que parecerse mucho a un san bernardo queriendo follarse a un caniche.

Al final acabamos los cuatro en una mesa, con Fer yendo a saco a por la castaña y yo intentando entablar alguna conversación mínimamente interesante con su amiga, una mujer pelirroja que estaba bastante bien, pero a la que no le veía ningún interés en mi la verdad. Y encima era tirando a aburrida, solo hablaba de su trabajo como esteticista, algo que francamente no conseguía encontrar interesante ni aunque con ello pudiera tener alguna opción de calzármela.

Tampoco es que yo sea especialmente exigente con las mujeres, pero al menos si algo pido es poder mantener una charla amena con ellas. Me importa casi más eso que el físico. Por eso no pude evitar acabar enfrascándome en mis recuerdos con Linda, en que siempre teníamos algo de lo que hablar. Incluso cuando había un silencio este resultaba cómodo.

Con esos pensamientos en la cabeza mi estado de ánimo fue empeorando a la misma velocidad que aumentaba mi ritmo bebiendo. El resultado obvio fue que en una hora, y unas ocho jarras de medio litro después, acabé con la cogorza que en su momento buscaba.

– Oy… Arg… Banio…- Intenté decir mientras me levantaba y veía como todo a mi alrededor daba vueltas.

Ninguno de los tres me hizo ni puto caso. Fer se estaba dando el lote con la pequeñita y su amiga estaba lanzándole miraditas a un tío de la barra desde hacía un buen rato.

Total, que como pude fui dando bandazos hasta que llegué al servicio. Sin entrar en detalles diré que lo que salió de ahí puede ser considerado un lago en algunos sitios. Cuando terminé, después de lo que me pareció media hora (Aunque asumo que sería menos, por cuestiones biológicas y tal) no tenía ningunas ganas de volver a la mesa y sí de serenarme un poco.

Fui a los grifos y empecé a lanzarme agua a la cara para ver si espabilaba un poco. En otras circunstancias no habría pensado que era una buena idea meter la cabeza directamente debajo del chorro, pero tal y como iba me pareció algo totalmente normal. La cosa es que acabé con toda la ropa empapada. No tengo ni idea de cómo demonios lo hice, pero conseguí mojarme hasta los calcetines.

Más despejado, pero con peor pinta todavía, pensé que sería mejor quedarme un rato a ver si me sacaba un poco. Acabé metiéndome en uno de los cubículos, sentándome en el váter con la tapa cerrada. Tras unos minutos mirando fijamente a la pared, con el interés que solo puede ponerle un borracho, escuché como entraba alguien.

Al principio no le di mayor importancia, pero entonces oí las risitas. Unas muy particulares, vamos, las de una parejita dándose el lote. Reconozco que siempre he sido un poco voyeur, me resulta morboso ver a desconocidos besándose. La perspectiva de escucharlos, sabiendo que podrían acabar en un polvo, hizo que mi soldado se pusiera firme en cuestión de segundos.

Para mi suerte se metieron en uno de los aseos pegados al mío. No se cortaban una mierda, iban dando bandazos por esas paredes de un lado a otro. Imaginé que entre besos, magreos y demás historias. Y entones, cuando ya estaba estudiando muy seriamente la idea de sacármela y dedicarles una buena paja, hablaron por primera vez.

– Joder, sí que tienes ganas tía… Casi me estás violando- Dijo el hombre.

– Lo que tú digas, pero bájatelos de una puta vez.

Se me heló la sangre. Nunca me ha gustado mucho esa expresión, pero por primera vez pude entender que quizás no es tan metafórica como parece. Yo al menos por un segundo sentí una especie de mareo acompañado de una ráfaga de frio por todo el cuerpo.

Sí, no está muy bien descrito, pero no sé cómo explicarlo mejor.

Era Linda. Esa vocecilla suya la identificaría en un puto concierto de Metallica. Me quedé pegado al asiento, oyendo como volvían a morrearse. Podía escuchar literalmente que lo hacían, el sonido de sus labios y lenguas peleándose me llegaba con una nitidez impresionante.

Ni yo mismo sabía que sentía. Era jodido. Por una parte quería enfadarme, me parecía la reacción más lógica. Pero la parte racional de mi cabeza me decía que no tenía derecho a ello. Obviamente Linda, quitando que iba a follarse a uno en un puto bar de mala muerte, no estaba haciendo nada malo. Al menos con respecto a mí. Es más, yo mismo de haber congeniado con la pelirroja es posible que incluso la hubiera llevado a ese mismo baño. Bueno, quizás no es tan probable, a mí hacerlo aquí lo me llamaba. Pero oye, que tirármela me la hubiera tirado.

Me quedaban entonces los celos. Lo bueno de ellos es que ni siquiera tienes que haber salido con alguien para poder sentirlos, uno es capaz de ponerse celoso por la tía que te gusta pero que no te ha hecho caso en tu puta vida. La putada es que tampoco me salía eso. Yo es que soy una de esas raras avis que jamás ha sentido celos. No sé porque la verdad, con una novia que estaba tan buena como Linda era inevitable que de vez en cuando alguien la entrara. Algunos de forma bastante bruta. Si bien con algunos me cabreé siempre fue porque era unos gilipollas, no por sentirme posesivo con ella.

Tenía entonces una última opción. La tristeza de saber ya a ciencia cierta que la mujer a la que aún quería se iba a calzar a otro después de dos años. Bueno, en realidad era posible que esta no fuera la primera vez que lo hacía desde que cortamos, lo que en cierta manera debía ponerme aún más triste ¿No? Pues tampoco. Un angelito imaginario se posó en mi hombro derecho (Reconozco que esto probablemente se debió al alcohol que aun llevaba en vena) y empezó a susurrarme:

– No seas malo, se ha pasado dos años sin follar bien, no puedes ponerte triste porque quiera hacerlo ahora.

Si, ya, pero alegrarme porque se la zumbaran no me parecía muy digno, por mucho que le deseara lo mejor. Entonces, y siguiendo con las referencias de dibujos animados, un diablo le pegó una hostia al ángel y tomo la palabra.

Por cierto, en este punto empecé a sospechar que el cabrón de Fer me había puesto algo en la birra. No sería la primera vez, y no podría quejarme. En unas Navidades en su casa a los dieciocho le di un polvorón aderezado con cannabis. El cómo lo hice me lo guardo. Las risas suyas solo se vieron opacadas por las mías.

Sea como sea el demonio no habló, pero si instaló algo en mi cabeza que me parecía bastante menos patético que alegrarme por los polvos de Linda, aunque considerablemente más pervertido.

Dicho de otra forma, que en vez de enfado, celos, tristeza o alegría lo que empecé a sentir era… Curiosidad.

A todo esto, puede que con tanto rollo uno pensara que me había pasado una hora pasmado como un gilipollas, pero en la vida real no transcurrió ni un minuto. Definitivamente Fernando me había drogado con vete tú a saber que, esa distorsión sensorial no era ni medio normal.

– ¿Así que quieres que me la saque, putilla?- Dijo el tío.

– Déjate de gilipolleces y hazlo- Respondió Linda.

¿Putilla? Vale, eso sí me mosqueó un poco. Que se la folle, pero con un mínimo de respeto.

“Tú eres gilipollas” pensé.

Con todo, la idea morbosa de espiar estaba ganando enteros. Casi sin pensarlo me fui subiendo lentamente al váter, intentando llegar sin ser descubierto hasta arriba, justo donde la pared terminaba y una pequeña abertura me permitiría ver el show.

Mí puntería fue perfecta. Justo cuando pude verles mi exnovia estaba empezando a arrodillarse delante del tipo, al que nunca había visto por cierto. Él quedaba medio de espaldas a mí, aunque podía ver algo de su cara mientras se desabrochaba los pantalones casi de forma frenética, como si no se creyera que de verdad iban a hacerlo. Esa desesperación me resultó algo ridícula, aunque más triste era yo claro.

La imagen provocó que mi corazón se empezará a acelerar cada vez más. Curiosamente eran cientos las veces que había visto a Linda ponerse de rodillas delante de mí, bajarme los pantalones como hacía con este tío, quitar luego los boxers mientras fijaba su mirada en la entrepierna… Pero hubo una diferencia notoria. Cuando quito esa prenda esta vez ante su preciosa cara apareció una polla totalmente empinada, tan dura que ser liberada de golpe hizo que revotara contra la frente de mi exnovia, la cual emitió una leve risotada que me resultó de lo más erótica.

Verla allí, con su pelo rubio apartado, sus ojos verdes fijos en ese nardo venoso, sus labios entreabiertos, las tetas aún cubiertas, pero ascendiendo y descendiendo cada vez más rápido… Por primera vez Linda despertó mi libido.

Ya no era mi amiga, era una mujer despampanante apunto de ofrecerme una escena pornográfica en directo.

– ¿Te gusta?- Preguntó el tipo.

Linda no contestó, se limitó a relamerse los labios. Por un segundo fui capaz de meterme en su cabeza. No, la polla no le impresionaba, es más, la mía incluso sin estar del todo a tono probablemente fuera más larga y gorda que esa. Pero allí estaba, lista para ella. Ese gesto de su lengua pasando por toda su boca no era por que aquella herramienta fuera especial.

Era solo el hambre manifestándose.

Linda la agarró con suavidad con una de sus manos. Al sentirla prácticamente gimió, recreándose en esa dureza tan característica que llevaba tanto tiempo ansiando. Empezó a masturbarla con lentitud, bajando y subiendo a una velocidad que casi debía ser tortuosa para su dueño. Acabó usando también su otra mano, abarcándola por todas partes, palpándola por cada centímetro como si quisiera grabar su tacto a fuego en la memoria. Estaba totalmente hipnotizada por ese trozo de carne.

Y yo estaba totalmente hipnotizado por ella.

Cada uno de esos gestos que estaba haciendo yo los analizaba tanto que prácticamente podía reproducirlos de nuevo después, como si me hubiera convertido en un ordenador. Estaba tan centrado que ni siquiera me percaté hasta unos segundos después de que me dolía el rabo. Se estaba chocando contra la cremallera de los vaqueros, seguramente porque se había de mis calzoncillos dentro de los pantalones. Claro que eso no era lo esencial, lo verdaderamente importante es que por primera vez la imagen de Linda me había causado una erección plena.

Joder que momento.

Por un segundo me miré confuso la entrepierna, queriendo entender aquella reacción, pero volví a la escena de esos dos cuando él jadeo y dijo.

– Dios, sí, eso, despacio…

Elevé mi cabeza rápidamente, tan rápido que sin querer me choqué un poco contra esa pared. Recuperándome del golpe, volví a espiarles mientras me maldecía a mí mismo mentalmente. Lo que me encontré fue a Linda con toda su lengua fuera, lamiendo golosamente el glande del desconocido. Pero no fue eso lo que casi hizo que me callera.

Sus ojos verdes estaban ahora clavados en mí.

Nos quedamos mirándonos, yo totalmente acojonado por ser descubierto, ella primero sorprendida, seguramente por el ruido, y luego confunda, imagino que intentando entender si lo que veía era real. Si de verdad me estaba viendo a mí espiándola como un crio que se cuela en el vestuario femenino.

Nunca sabré como tuve los cojones tan gordos para hacerlo, pero el caso es que lo hice. Sin vocalizar un solo sonido forme en mis labios repetidamente la misma palabra:

“Sigue”

Linda dudó, frunciendo el ceño aún más extrañada.

– ¿Pasa algo?- Preguntó el tío, pues llevaba medio minuto solamente con la lengua fuera y mirando en otra dirección.

Confuso por eso último, intentó girarse para saber qué diablos le llamaba tanto la atención a mi exnovia, pero esta en ese momento se decidió.

Se tragó toda su polla de un solo envite, haciendo sin previo aviso una garganta profunda que centró de nuevo la atención de su pareja en ella. Como para no hacerlo, de pronto Linda había pasado de la lentitud más exasperante a engullir ese rabo como una estrella del porno.

Y aun así sus ojos seguían clavados en mí, mirándome con una especie de… ¿Enfado? No sé, parecía querer decirme algo así como “jodete y mírame chupar como una zorra”.

No sabía si el mensaje era realmente ese pero, mientras el tipo cerraba los ojos y se dejaba hacer entre jadeos, yo no podía apartar la vista de la mamada que mi ex le estaba brindando. La metía y la sacaba entera, siempre chocándose la barbilla contra los huevos del tío, y siempre dejando que saliera hasta que casi se podía ver la punta del glande. Una y otra, y otra vez.

Con semejante comida no me extrañé cuando unos minutos después el tipo lanzó un sonoro grito y comenzó a mover la cadera, follandose la boca de Linda mientras obviamente se corría dentro de ella.

Mi ex no le hizo ningún asco, en un momento dado se la volvió a clavar hasta la garganta, dejándola allí mientras supuse que los chorros de esperma se le disparaban directamente a la laringe.

– ¡Joder!- Gritó el tío.

Linda siguió con esa polla dentro, haciendo gestos con la lengua que me invitaban a pensar que estaba recogiendo toda la corrida que podía, incluso era posible que le estuviera toqueteando el agujero para exprimirla del todo. Conmigo, cuando conseguíamos que estuviera a media asta, era lo que hacía al menos. El hombre al final trató de apartarla, obviamente presa de ese momento en el que a los hombres nos “duele” que sigan tocándonos allí, pero ella no le dejó, haciendo que gimiera de una forma extrañamente femenina.

– Dios, para, para… Tía, para de una puta vez- Dijo, empujándola desesperado.

Al final esta accedió, poniendo una especie de expresión de culpa, como si hasta ese momento no fuera consciente de lo que estaba haciéndole. No me extraña, Linda seguía totalmente centrada en mí.

El tipo se la guardó y se subió los pantalones.

– Me cago en la leche… ¿Tú estás loca o qué?- Preguntó, claramente mosqueado.

– Yo…- Empezó a decir Linda, levantándose y mirándole por primera vez en un buen rato- Lo siento, es que cuando me pongo.

– Ya se ve- Respondió él, poniendo después una cara de salido subidito que me pareció irritante- Bueno, si quieres te devuelvo el favor.

– No hace falta.

– ¿En serio? Tía, eres la hostia. Que pasa ¿Qué solo te gusta chupar? Vaya guarra que estás hecha.

Mi ex le lanzó una de esas miradas que yo pocas veces le había visto. Básicamente porque no solíamos enfadarnos casi nunca, así que era raro que me lanzara su expresión de “eres subnormal”.

– Vale, vale, no me mires así… No quería ofenderte ni nada, cada cual tiene sus gustos.

– Ya, claro. Bueno, sal tu primero anda.

El tipo parecía no entenderla, lo cual en realidad era normal, pero haciendo un gesto de “pues vale” se colocó bien la ropa y salió del cubículo. Yo me bajé al fin de la tapa del retrete mientras escuchaba a ese desconocido salir del baño.

No tenía ni puta idea de que hacer la verdad, aunque Linda tampoco me dejó mucho tiempo para buscar opciones. En nada abrió la puerta y se presentó delante de mí.

– ¡¿Pero a ti que cojones te pasa?!- Gritó nada más estar cara a cara.

Como he dicho no me dejó tiempo para pensar. Simplemente reaccioné. La vi allí, con su ropa desmadejada, el pelo revuelto, los labios aún brillantes… Agarré su brazo y la atraje hasta mí como en las películas. Le planté el mayor morreo que jamás nos habíamos dado. Ella al principio pareció no querer colaborar, pero la reticencia le duró menos de dos segundos, tras los cuales empezó a sobarme tanto que parecía tener ochenta manos.

No fue hasta unos segundos después que paré y me percaté de algo obvio, un tipo acababa de correrse en su boca y yo la estaba besando.

“A la mierda” me dije mientras seguía dándome el lote con ella.

Si había sido capaz de ver como la mujer que amaba se la chupaba a otro también era capaz de seguir besándola por mucho que ni siquiera se hubiera enjuagado la boca. En esa reflexión pesaba que seguía con la polla de piedra claro.

Prácticamente le arranqué la blusa que llevaba, sin pensar en que después iría en plan comando debajo de la chaqueta de cuero roja que ya estaba en el suelo. Le saqué sus dos preciosas tetas por encima del sujetador, mordisqueando esos pequeños pezones que tan loco me estaban volviendo por fin. Ella jadeaba con cada acción mía, atrayéndome más hacia ella sujetándome por la espalda, clavando sus uñas en ella y haciendo que estuviéramos tan pegados que parecíamos estar a punto de fusionarnos.

La agarré por las piernas y la subí, quedando ella enganchada a mí con sus brazos alrededor de mi cuello. Nuestras lenguas seguían devorándose la una a la otra, y yo fui retrocediendo para poder sentarme con Linda encima. Afortunadamente llevaba una falda, lo que me facilitó la tarea de maniobrar para sacarme al fin la polla. Mi exnovia se llevó el segundo pollazo de la noche, pero esta vez entre sus muslos. Se separó de mí y volví a ver esa mirada esmeralda clavándose en la mía, abriendo tanto los parpados que parecía que los ojos en cualquier momento saltarían. Es curioso como en ese verde brillante juré ver una llamarada de puro fuego.

– Esta…

– Si…

Esa fue toda la conversación.

Ella misma llevó una de sus manos por debajo de su falda, se apartó lo que supongo que era uno de sus típicos tangas, y con habilidad se clavó de un tirón toda mi hombría.

Ambos gemimos al unísono, disfrutando por primera vez de una penetración de verdad entre nosotros. Después de tanto tiempo al fin teníamos lo que deseábamos más que nada. Linda se quedó unos segundos parada, acoplándose a mí. Usé ese tiempo para darle besos por todas partes; mejillas, frente, mofletes, labios, cuello… Hasta en los parpados la besé.

– Te quiero- Dije.

– Y yo a ti.

Y así empezamos a follar como ninguno de los dos había follado nunca. Montamos tal escándalo que al final, cuando yo ya me estaba corriendo dentro de ella, alguien empezó a llamar a la puerta con fuerza.

Era un portero, exigiéndonos que saliéramos y dejáramos de montar el espectáculo. Con la cara tapada con las manos salimos corriendo tras vestirnos, aunque incluso así ambos supimos que nuestro polvo había sido observado por unos cuantos tíos. Al menos eso parecía, pues creí ver a un par subidos como ya antes en las cabinas de al lado, y nada más salir del cubículo otros tres se levantaron del suelo, probablemente fisgoneando por la rendija de abajo.

Francamente nos importó una mierda, aunque ahora que lo pienso menos mal que en esos años todavía no existían los smartphones. Casi a la carrera pillamos un taxi para que nos llevara a casa y pudiéramos seguir con la fiesta.

Y de fiesta en fiesta hemos estado desde entonces, porque desde hace más de quince años mi polla sabe perfectamente cómo tiene que estar en presencia de una Linda desnuda.

Preparada para la guerra.