Demasiado cercanos con mi hermano ¡Le gusta tener una hermana trans!

Pasaba de media noche, de hecho, debían ser más de las tres, cuando de pronto los golpes en la puerta me hicieron levantarme con el corazón dándome un vuelco.

Un momento después, sin aún recuperarme del espanto, volvieron a tocar, más fuerte todavía.

Tomé el bat que tenía siempre a un lado de la cama, con cuidado me acerqué a la puerta y… volví a pegar un brinco cuando tocaron otra vez.

—¡Ábreme, carajo, soy yo! –escuché decir entonces a mi hermano, que seguramente ebrio no había encontrado otro lugar a dónde ir.

Me molesté, pensé en no hacerle caso e irme de nuevo a la cama, pero volvió entones a tocar, otra y otra vez, gritando, seguro que acabaría despertando a los vecinos y no se iría, así que, resignada, corrí los dos cerrojos y le abrí.

—¡Ey, hermanita!, ¿qué haces? –me dijo al verme parada en el umbral, todavía con el bat en la mano.

—¿Sabes qué hora es, borracho?

—Pues… temprano, muy temprano, creo –dijo, divertido y, sin mayor ceremonia entró, haciéndome a un lado—. ¿Ibas a pegarme con eso?

—A lo mejor debería.

—Ay, hermanita, no espantas ni a una ardilla. ¿Tienes algo de comer? –dijo burlón, mirándome de arriba abajo.

—¿De dónde vienes?

—Pfff… de por ahí… no sé, ¿estás muy ocupada?

—Estaba durmiendo, menso, son las tres de la mañana.

—Sí, ya… perdón, soy un imprudente desconsiderado, ‘mammuasel’ —se disculpó, haciéndome una tonta reverencia.

—¿Por qué no te fuiste con tu novia?

—Mmhh… ¿qué novia? –respondió él, haciendo un gesto de disgusto o impaciencia.

—¿Se volvieron a pelear?

—No sé, ella se peleó, gritó, creo; la verdad no le puse mucha atención, en cuanto empezó a decir disparates me fui y ya no supe en qué acabó el pleito –dijo, volviéndose a sonreír, desvergonzado, acabando por sentarse en uno de los bancos de la barra de la cocina.

—Esto no es un hotel, ¿sabes? No puedes venir nomás cuando se te pegue la gana.

—No me regañes, tengo hambre, anda, dame algo de comer –me replicó, enfurruñándose, como hacía cuando éramos niños, así que yo, perdido ya el sueño de todos modos, suspiré y encendí la luz.

—¡Aauch!, avisa –se quejó, intentando proteger sus ojos de la repentina luz. Sólo entonces pude ver los golpes que tenía.

—Ay, Beto, ¿y ahora con quién te peleaste? –le pregunté, yéndome de inmediato a su lado y revisándole las heridas.

—Con nadie, ya te dije, yo nunca me peleo con nadie, son ellos los que se pelean conmigo –volvió a bromear, mirándome divertido.

—Mira nada más esto, a lo mejor necesitas unos puntos –le dije, mirando una fea cortada en el pómulo.

—Naah, ¿para qué? Lo que necesito es comida, mujer, dame comida, cumple con tus deberes.

—Gracioso.

—Je, je. Anda, en serio, dame algo de comer.

—Okey, ¿una hamburguesa está bien?

—Mientras no sea de esas cosas vegetarianas que luego compras.

—No, es de res, pero es de las congeladas.

—Vale, ¿y una cervecita no tendrás? –me miró pícaro, divertido, rascándose inconsciente la herida.

—Déjate ahí, menso, te la vas a infectar. Y no, no tengo cerveza.

—Mmh… ¿un vinito, un rompope al menos?

—No, sabes que no hay nada de eso aquí, a menos que tú lo traigas.

Sólo entonces, al sentir el frío de la cocina a esa hora, me di cuenta de que andaba con sólo bragas y mi top para dormir. Así que, dejando la hamburguesa calentándose me regresé al cuarto, me puse unos pants y un suéter, volviendo a tiempo para voltearla y que no se quemara.

—¿Vas a salir a algún lado?

—No, menso, hace frío.

—Yo no tengo frío.

—Seguro que ahorita no sientes nada, con todo el alcohol que llevas en la sangre.

—Mmhh… no me regañes, para eso mejor me voy con la loca ésa.

—Pues vete con ella, ándale, seguro que te trata mejor que yo.

—Ya no la cocines tanto, va a quedar puro carbón.

—No exageres –dije, aunque igual la saqué del sartén, tomé un bollo y le coloqué mostaza, cátsup, mayonesa, unos cuantos chiles en vinagre, tal como sabía que le gustaba y se la tendí.

—Gracias –dijo, devorándosela en dos bocados, ansioso, con mucha hambre de verdad.

—¿Hace cuánto que no comías?

—No sé, desde en la mañana, creo.

—¿Crees?

—Me fui con el Arturo y el Guille al partido desde la mañana y ya no me dio tiempo.

—Pero sí que te dio tiempo de comprar cerveza.

—La cerveza la venden ahí en el estadio, hermanita, nomás hay que pedirla –me replicó contento, chupándose los dedos.

—¿Quieres otra? –le pregunté sentándome frente a él, del otro lado de la barra.

—Pues… sí, je, je.

—Tonto, dime antes y ya –le reñí en broma, echando un par de hamburguesas más al sartén aún caliente.

—Sólo quiero una.

—La otra es para mí, menso.

—Ah.

El sueño fue invadiéndome de nuevo, bostecé, y sin darme ninguna prisa preparé las hamburguesas, la mía sin mayonesa, sentándome luego a comer con él.

—Tengo cocas, si quieres.

—Pues… ya qué, es mejor que agua.

Saqué del refri las dos latas y le di una.

—¿De dieta? –exclamó, haciendo gestos al mirar la lata rojo con negro.

—Sí, de dieta.

—¿Para qué de dieta? Estás bien pinche flaca, por eso te da tanto frío.

—Te hace daño tomar tanta azúcar.

—Mmh… pues todo hace daño al perecer, mejor comer con gusto lo que quieres.

—Ay, tómatela y ya.

—Ya, pues, no dije nada.

Tras terminarme mi hamburguesa, entrada algo en calor, ya no pude dejar de bostezar.

—Anda, ya vete a dormir, yo ahorita me acomodo –me dijo entonces, bostezando él también, satisfecho el apetito.

—Sí, creo que sí. Deja te traigo unas cobijas del cuarto –le dije y, levantándome perezosa, me fui a la habitación.

Con cuidado puse el taburete y busqué en la parte alta del ropero, revolví un poco y tomé el par de cobijas extra, unas sábanas, dejándolo caer todo sobre la cama, y con cuidado volví a poner los pies en el suelo.

—¡Aah! –grité de pronto, espantada, al sentirlo de repente tras de mí.

—Ja, ja, tranquila, qué mala conciencia tienes –me dijo riendo.

—Menso, me espantaste, ahí está la cobija –le indiqué, señalándosela con un dedo.

—Sí… ya la vi –me susurró y, haciéndome sentir su aliento alcohólico, se abrazó a mí.

—¿Qué haces?

—Nada, sólo te abrazo un poquito ¿no dijiste que tenías frío?

—Estoy cansada, anda, ya vete a dormir.

—Mmhh… ¿y si mejor me duermo aquí? –mencionó entonces, recargando su pelvis en mi trasero y olisqueando mi cuello.

—Ay, hueles horrible, quítate –le dije, apartándolo con una mano.

—Pues tú hueles muy rico… como siempre.

—Suéltame, en serio, mañana tengo que ir a trabajar.

—Pues no vayas.

—Beto –le dije más firme, apartándome de él.

—¿Qué?

—No puedes… es que no… —comencé a decir algo fastidiada, mirándolo mirarme con esos ojitos de repente de cordero—. No puedes nomás venir aquí cuando se te pegue la gana.

—Sí, ya sé, perdona… si quieres… me voy –susurró entonces, contrito, mirando al suelo y perdiendo la sonrisa.

—No, no digo que te vayas… es que… Dios, Beto, ¿y para qué carajos tienes entonces a tu novia?

—¿Estás celosa? –volvió a sonreírse, olvidado de lo que acababa de decir.

—Puedes hacer lo que se te pegue la gana, siempre lo has hecho… pero no puedes… no puedes seguir viniendo aquí nada más cuando se te antoja.

Se quedó entonces en silencio, mirando distraído la alfombra, la pared, el techo, hasta que al fin, resignado, tomó las cobijas de la cama y salió dando un resoplido.

Tuve un primer impulso de retenerlo, de no dejarlo irse así mohíno, pero era en serio tarde, estaba muy cansada y de todas formas eso no iba a cambiar nada; seguiría siendo siempre el mismo. Volví a bostezar y apagué la luz, me acosté, quedándome al poco rato bien dormida.

Unas horas después, sin embargo, ganándole como de costumbre un par de minutos a la alarma del reloj, lo encontré acostado a mi lado, todavía vestido, dormido como lirón, y no pude más que taparlo con la cobija y meterme a bañar.

Ni siquiera con todo el ruido que hice lo desperté, seguro que estaba cansadísimo también, así que, tras acabarme de maquillar fui a la cocina y me desayuné sólo cereal con yogurt; tomé mi bolso, mis llaves, e iba ya a salir cuando, mirando luego al cuarto, decidí tardarme diez minutos más preparándole unos huevos con chorizo, le dejé un vaso de leche con chocolate y entonces sí salí casi corriendo a la parada del autobús…

Aunque era casi tres años menor que yo, desde bien temprana edad pareció siempre mayor, nos lo decían todo el tiempo, y no faltaba nunca el que dudaba incluso de que fuésemos hermanos. De nacimiento muy robusto, muy pronto me pasó en estatura, en fortaleza, siendo ciertamente el orgullo de papá, que veía aliviado cómo al menos uno de sus vástagos heredaba su fuerte y orgullosa constitución masculina. Era como si toda la masculinidad que a mí me faltaba se hubiera quedada atrapada en el útero de mamá y saliera toda luego con mi hermano, quien no tardó mucho en pasar en estatura a papá al llegar la adolescencia, mientras yo, por el contrario, seguía tan enclenque y delicado como antes. Si acaso, y para mayor desesperación de papá y preocupación de mi mamá, lo único que pareció desarrollarse de verdad en mí fue mi trasero, inusualmente ancho y respingón, y que por lo mismo me hizo blanco durante años de las burlas de mis compañeros de escuela, a veces también dentro del resto de la familia, no siendo mi hermano una excepción.

De hecho, así fuera sólo por vivir juntos, él debía ser quien más se metía conmigo, el que más me importunaba; divertido y siempre orgulloso de su físico, me hacía notar constantemente su mucha fuerza, comparaba el tamaño de sus brazos con los míos, de sus manos, si bien, al mismo tiempo que todo eso, fue igual tomando el rol de hermano mayor conmigo, inconscientemente, instintivamente me cuidaba, desarrollándose entre los dos una dinámica rara de llevarnos muy bien a ratos y muy mal en otros… aunque a lo mejor eso le pasa en cierto modo a todos los hermanos.

En todo caso, aparte las apariencias, ese “tener que” sentirme mal o indignarme cuando alguien remarcaba mi falta de hombría, lo cierto es que yo no sentía ningún deseo real de parecerme a otros chicos, o a mi hermano, o a mi papá; me disgustaban sus modos rudos, groseros, y a diferencia de mi hermano prefería estarme el mayor tiempo posible en casa, leer, a veces cocinar, la chica que ayudaba con los quehaceres me enseñó incluso a hornear pan, por más que mi papá insistiera en que debía meterme a algún equipo de futbol americano como mi hermano o hiciera algo “más de hombres”. En eso al menos mi mamá acabó por secundarme, resignada, luego de que el primer día de prácticas regresara con un brazo dislocado y un moretón enorme en la cara.

Aquel no fue un buen día sin duda, y a veces todavía lo recordaba claramente, pues nunca como entonces (habiéndose limitado las burlas a eso, a simples chanzas y cuando mucho algún insulto en la escuela) sentí una agresión tan viva por parte de nadie: fastidiados no sólo por mi evidente falta de pericia en el campo, sino molestos por mi simple presencia, disgustados de ver a semejante ‘marica’ ahí con ellos, me maltrataron muchísimo durante el juego, me zahirieron, me insultaron, y, como si no hubiera sido suficiente, ya acabado el partido, echándome la culpa de que perdieran el encuentro, dos de ellos me gritaron y, sin poder contenerse más, comenzaron a golpearme… No sé qué tanto peor habría podido ponerse aquello, a lo mejor sólo habrían descargado un poco más su frustración conmigo y me habrían dejado en paz, pero, en todo caso, ahí en el suelo intentando protegerme como mejor podía, de pronto los sentí apartarse, y entre el mareo y el dolor enorme que sentía vi a mi hermano partiéndoles la cara a los dos, fuerte y alto como era, salvaje como nunca lo había visto. Finalmente algunos papás se acercaron y los separaron, yo pude levantarme y vi a Beto… sonriente en realidad, divertido se diría, con apenas los cabellos un poco revueltos, mientras los otros chicos, casi tres años mayores que él, seguían fingiendo una bravuconería que nadie se podía tomar en serio, uno con la nariz y el otro el labio sangrantes.

Nos fuimos caminando a casa, pues papá nunca tenía tiempo de ir a los juegos y mamá solía irse a tomar café con sus amigas, gastándonos el dinero que nos dieran para el pasaje en unas frituras y refrescos, que entre bromas nos comimos mientras él me recontaba cómo aquellos chicos no le habían servido ni de aperitivo.

Tras poner el grito en el cielo y decir que iba a levantar incluso una denuncia, mi mamá me llevó a curar y le dijo luego a mi papá que yo no volvía a ir con esos ‘salvajes’, y aunque él, reconcentrado, quizá creyendo que aquello era incluso bueno para fortalecerme un poco, mencionó que Beto llevaba dos años yendo y nunca le había pasado nada, al cabo no insistió y se alzó de hombros.

—Bueno, cómo quieras.

Ya muy noche, con todas las luces apagadas, Beto entró a mi cuarto y me preguntó si me habían lastimado mucho.

—Un poquito, no importa –le dije, adolorida de verdad, y, aunque hasta ese momento había aguantado, de pronto me puse a llorar.

Sin decir palabra, entonces, él me abrazó y me consoló hasta que me calmé, en la oscuridad y silencio de la noche, asegurándome que no me preocupara, que él me iba a cuidar.

Debió ser a partir de eso que algo entre nosotros cambió, él pareció entenderme un poquito mejor (al menos mucho más que mis padres) y dejó de burlarse, un poco, como comprendiendo que esa delicadeza mía era algo natural en mí y que no podía hacer nada al respecto, no siendo además algo necesariamente malo.

Nos comenzamos a apoyar un poco más, yo solía ayudarle todo el tiempo con sus tareas, con sus trabajos de la escuela, sólo en eso me atrevía a reñirlo y decirle que debía estudiar más, que no podía sólo preocuparse del futbol y salir con sus amigos, aunque no me hacía ningún caso, claro, únicamente se reía y me decía que me relajara… y luego tronaba la materia. Le iba mal con mis papás, por supuesto, pues con todo y su excelente desempeño en el equipo de futbol papá no podía perdonarle que fuera tan irresponsable, que no sentara un poco cabeza, de modo que por días acababa enojado con todos, sintiendo que nadie lo entendía.

Luego, un día, no sé cómo o llevada por qué, mamá encontró en mi habitación unas piezas de lencería, un brasier y unas bragas que habían sido de la chica que ayudaba con el quehacer, poniéndose como loca. Apenas llegado de la escuela me las enseñó, comenzó a decirme montones de cosas, amenazándome, advirtiéndome que no iba a tolerar nunca tener un ‘maricón’ en casa, haciéndome sentir muy muy mal, al borde de las lágrimas, aunque no dije nada de nada, no podía, y fue entonces que Beto, llegando de la calle y escuchando los últimos gritos, entró al cuarto y dijo, mirando las prendas en manos de mamá:

—Mmh, te dije que no me las guardaras bajo el colchón –dirigiéndose hacia mí, con cara falsamente contrita, lo que desconcertó a mi mamá, que se le quedó mirando sin saber qué decir.

—¿Esto… es tuyo? –murmuró ella, no creyendo ni por un segundo que tal cosa pudiera ser cierta, así como de inmediato había asumido que sin duda yo las usaba.

—Pfff… no… son de Griselda… El otro día… pues… la traje y… —comenzó a decir Beto, sin mentir en realidad, pues había hace poco en efecto llevado a una chica a la casa cuando ellos no estaban, por lo que no le costó ningún trabajo fingir.

—¿‘Estuviste’ con ella? –preguntó mamá confundida, sin atreverse a decir la palabra sexo.

—Pues… sí, un poco.

—¿Cómo que ‘un poco’? –volvió a preguntar mamá incorporándose de la cama, desde donde me había estado regañando, todavía con aquellas prendas en la mano—. Pero… ¿siquiera usaste… protección? ¿Y para qué quieres esto?

—Bueno… no sé, ma… a veces, pues… ya sabes… me masturbo recordando y… le dije aquí al gusano que las escondiera.

Quizá más confundida todavía, sin saber qué más decir, mirándonos a uno y otro y creyéndose una idiota, o a lo mejor sospechándose que aquello era pura mentira pero no tenía forma de saberlo, pareció calmarse un poco.

—Bueno, en cuanto llegue tu padre vamos a hablar muy seriamente –agregó al cabo, guardándose las prendas, y, tras mirarme contrita, arrepentida sin duda, añadió para mí—: Y tú no le andes ayudando –sentenció, saliendo de la habitación.

Nos quedamos ambos en silencio unos momentos, asimilando lo que acababa de ocurrir, hasta que al fin, con voz muy baja, asegurándome que mamá ya había bajado al otro piso, le dije:

—Gracias.

—Escóndelas mejor, ¿cómo debajo del colchón? –me dijo él, sonriéndose de pronto.

—Sí… muy obvio, ¿verdad?

Nos reímos. Volví luego a agradecerle poniéndome colorada y aguardamos a que llegara papá, quien sin embargo, lejos de indignarse, pareció increíblemente satisfecho con Beto. Seguro le encantaba que tan joven ya llevara chicas a la cama, si bien, para alivianar a mamá, le advirtió que tenía que tener mucho más cuidado, no ser tan irresponsable y así y así, acabando Beto de cumplir con su papel a la perfección, alejando toda sospecha de mí.

La verdad era que tenía bastante más prendas que esas, que sólo había dejado bajo el colchón por las prisas al salir por la mañana; tenía una bolsa llena de bragas, brasieres, medias, baby-dolls y hasta ligueros que, poco a poco, discretamente, había ido extrayendo del guardarropa de mis primas, de mis tías, de las ocasionales chicas que ayudaban a mamá en la casa, y, claro, bastantes de ella misma, incluidas muchas toallas femeninas, con las que me gustaba fantasear que me bajaba la regla. Últimamente, además, había añadido un consolador, un dildo de manufactura casera, hecho con simples trapos y una barrita de colágeno para darle rigidez, y que, cubierto con un condón, me había servido para probar, sentir algo distinto a la sola masturbación, que no me parecía suficiente o más bien muy adecuada para mí.

Tras muchas vacilaciones y dudas, autorecriminaciones, miedos, arrepentimientos, había acabado por comprender que las chicas definitivamente no eran lo mío, no me llamaban para nada la atención, y, en cambio, se fue desarrollando en mí una curiosidad enorme por el pene, a veces veía a los chicos con discreción y me fijaba en su entrepierna, buscaba en revistas y miraba fotos de hombres en traje de baño, y luego, al ver por primera vez una porno (que por pura casualidad encontré en el cuarto de mi hermano) y mirar el acto sexual tal cual era, toda mi libido se concentró no en ella sino en él, en su verga grande y hermosa, y me imaginé ser la chica, desee tanto ser ella y que un hombre grande y peludo como aquel me penetrara, que de inmediato hallé una forma de hacer el dildo y no dejé ya de usarlo, aumentándolo incluso de tamaño cada cierto tiempo, conforme más y más mi ano se habituaba.

En todo caso, ya casi para terminar la prepa fue que comencé a usar bragas y brasier todos los días, con todo tipo de precauciones y pese al miedo que me daba que me pescaran. Usaba dos o tres playeras oscuras, sin importar que hiciera calor, y hasta encontré a otro chico de la escuela con cierto parecido a mí, es decir, muy delicado, siempre amable y dulce, con quien comencé a platicar mucho y de todo, llevándolo a la casa algunas veces para hacer tareas, estudiar, ante la mirada suspicaz de mis padres, quienes evidentemente se daban cuenta de su demasiada delicadeza, aunque, quizá recordando su pasada ‘metida de pata’, asumiendo algo demasiado pronto, mi mamá procuró no decir nada.

Me caía muy bien y nos la pasábamos muy a gusto, claro que sí, hubo una temporada en que andábamos juntos por todos lados mas, a diferencia de lo que se cuchicheaba por la escuela, la verdad no me sentía atraída para nada hacia él, ni siquiera se me ocurrió, lo habría sentido raro, era como si no viera a un hombre en él sino una amiga, y de ahí que me desconcertara tanto cuando un día, creyendo estar a solas en la casa, tras llevar extrañamente la plática a terrenos más íntimos, de pronto intentó besarme.

No me le opuse, pero tampoco le respondí, tan sólo me dejó aturdida, sin saber qué decirle.

—¿Qué haces? –le pregunté con una risa nerviosa, sonrojada hasta las orejas.

—¿No quieres?

—¿Qué cosa?

—Besarme, claro… yo hace mucho que quiero hacerlo –me respondió, acercándose de nuevo a mí y plantando sus labios en los míos.

—No… espera… ¿qué tal si alguien nos ve? –lo aparté de nuevo, no queriendo ser grosera, sin ninguna real gana de besarlo.

—¿Quién, no dijiste que estábamos solos?

—Sí, claro… pero… es que… no sé –susurré nerviosa, confusa, pues, a final de cuentas, aunque delicado él era ciertamente un chico, un chico con quien, en ese justo instante, si así yo lo quería, habría podido… coger, hacer eso que tanto había soñado por años… pero no lo sentía bien.

—Me gustas mucho –siguió diciendo él, acariciando los cabellos de mi frente y buscando de nuevo mi boca.

—Perdona… es que yo no… —comencé a excusarme de nuevo, recibiéndolo a desgana, cuando entonces escuchamos a Beto.

—¿Pero qué carajos haces? –le gritó al chico, y, abalanzándose sobre nosotros lo apartó de mí de un tirón, y si no lo hubiera detenido seguro que lo golpea también.

—¡No, no, Beto, no le pegues, fue mi culpa! –le grité también, interponiéndome entre los dos.

—¡Anda, lárgate de aquí! –lo amenazó sin hacerme mucho caso, mirándolo furioso, por lo que el chico, nervioso y espantado de verdad, tan sólo tomó su mochila y bajó corriendo las escaleras, saliendo luego de la casa.

Yo me quedé de pie, muda, avergonzada, confundida, mientras él me miraba resoplando, enojadísimo, haciendo todo tipo de gestos.

—¿Cómo te atreves a traer a un tipo a la casa? –me espetó al fin, apretando mucho los puños.

—Yo no… sólo estábamos trabajando… y, de pronto, no sé… ¿y qué me dices tú de traer a nadie a la casa, y las tipas que tú metes? –le repliqué, con la voz algo quebrada, atreviéndome a mirarlo de frente.

—No es lo mismo… mierda…

—¿No, y eso por qué?

—Porque… porque no importa, sólo me divierto un poco y ya… además, yo soy hombre… y… bueno… —balbuceó, atolondrándose, sin saber qué hacer con las manos.

—Sólo tenía curiosidad, ni siquiera… —dije luego, sintiendo como me traicionaba la voz, a punto de ponerme a llorar.

—¿Cómo puede gustarte un tipo así, parece un renacuajo?

—No me gusta, somos amigos y ya… nunca…

—¿Nunca qué?

—Nada, la verdad es que no íbamos a hacer nada.

—H’m –murmuró, todavía molesto, mirando alrededor.

—De veras que no me gusta, él no es muy… bueno… no sé… como tú –dije unos momentos después, mirando nerviosa al piso.

—Sí, ni que lo digas.

Se pasaron unos segundos en silencio, en calma, los dos parados frente a frente, más calmados aunque incómodos como nunca.

—Perdona… es que… ¿sabes que no es lo mismo, verdad? –me preguntó al cabo Beto, relajados ya los hombros.

—Sí, supongo –le repliqué sin mirarlo, apenada como si en realidad hubiese hecho algo malo.

—No me gustaría que… no sé, que te lastimaran –me dijo luego, levantando una mano y acariciando mi barbilla.

—Sí, ya sé.

—Tienes que tener mucho cuidado, tontita –prosiguió, sonriéndose al fin, tratándome como hacía a veces en femenino, aunque sin el usual tono de burla—. Aunque parezca que no muerden, todos al final piensan una sola cosa, y hay tanto piche loco por ahí.

—Ji, ji, sí… tú, por ejemplo –le contesté, tomando su mano que seguía acariciándome.

Nos miramos a los ojos, inquietos, su rostro a apenas unos centímetros del mío, con nuestros dedos entrelazados, y suspiré, sintiendo un cosquilleo en la boca del estómago… y en mi colita, pero, antes de que pudiera siquiera pensar en ello, escuchamos llegar el auto de nuestros papás, por lo que de inmediato nos separamos.

A lo mejor desde antes ocurría y no me había dado cuenta, pero, a partir de ese momento pude notar cómo él me miraba a veces de forma extraña, me rozaba con cualquier pretexto, o de la forma más natural procuraba acariciar un poco mi cabello tras hacer una broma, o bien me daba un golpecito en el hombro, o en el brazo, a lo que yo sólo me sonreía dejándolo hacer.

No debió ser mucho después de eso que entré a la universidad, y como el campus estaba algo retirado tuvieron que rentarme un pequeño depa, o más bien se lo pidieron prestado a una tía bajo una cantidad simbólica, por lo que, por primera vez en mi vida, tuve tiempo y espacio de sobra para vestirme como quisiera. De hecho, me llegué a sentir tan a mis anchas las primeras semanas que un poco descuidé los estudios, que eran la única razón por la cual podía disfrutar de tamaña libertad, y, tras recibir el regaño esperado de papá y recapacitar yo misma, procuré controlarme un poco más y no pasarme de la raya. De cualquier forma, ya pasada la primera excitación, y a diferencia de lo que ocurría en casa en que debía hacerlo siempre a escondidas y por muy poco tiempo, se fue calmando mi urgencia, ya no se trató tanto de liberar mi libido en todo momento sino tan sólo de estar, de ser, de sentirme la mujer que siempre supe que era, y se me fue volviendo sencillamente habitual vestir como chica en mi pequeño espacio privado, mientras en la universidad y prácticamente cualquier otra parte me limitaba como siempre a usar sólo la ropa interior, actuando mi papel de hombre.

Me compré algunas prendas, y no sólo de lencería sino faldas, blusas y jeans de chica, zapatillas, fui aprendiendo a maquillarme, a peinarme, a depilarme con cuidado las piernas y las axilas; ahorrando lo más posible de lo que me daba papá cada mes (saltándome incluso las comidas) comencé también a tomar hormonas, estrógenos y antiandrógenos, que a veces me hacían sentir muy bien y otras muy mal, provocándome los primeros meses un desbalance hormonal tremendo. En cualquier caso, poco a poco comencé a notar leves cambios corporales, lo que me alegraba muchísimo la existencia.

No obstante, como a veces recibía visitas, debía seguir siendo muy prudente.

Una que otra vez debí llevar a compañeros de clase para estudiar, a veces mi papá o mi mamá se pasaban a ver cómo iba todo, reclamándome siempre ésta que no fuera más seguido a la casa, y en todas esas ocasiones tenía que esconder mis cosas, mi ropa, el maquillaje, mi paquetito de toallas femeninas que por lo general dejaba en el baño, en fin, incluso el simple hecho de ir a comprar algo de pan implicaba tener que cambiarme, por lo que estaba aún muy lejos de lo ideal. De ahí que procurara estar el mayor tiempo posible a solas, salía casi únicamente a clases y de regreso compraba lo que me fuera haciendo falta, pasándome el resto del día como chica, estudiando, leyendo, a ratos viendo la tele o escuchando música mientras me pintaba las uñas o aprendía a hacerme trenzas en mi corta melenita, fastidiándome muchísimo que mis papás o alguien más me hablara para decirme que iba a verme, si bien, las visitas de Beto fueron algo muy distinto.

Tardó bastante en ir, pues el equipo no podía darse el lujo de tenerlo fuera ni un partido, con el pésimo roster que tenían ese año, no siendo cosa tampoco de simplemente tomar el camión y ya. Era más de una hora de viaje (y tanto más cuando el tráfico era pesado), él no tenía nunca dinero y además, para colmo, tenía que acudir los fines de semana a asesorías de matemáticas para no reprobar el semestre. Durante meses sólo nos vimos uno que otro domingo, cuando por fuerza tenía que ir a casa a mostrarle mis calificaciones a papá, más o menos rendirle cuentas, y pasarme un rato con mamá, quien pese a toda su insistencia de que fuera más seguido no se estaba más que unos momentos en casa antes de aburrirse e irse con alguna amiga a platicar, no sin antes señalarme que ya debía cortarme el cabello. En todo caso, no fue un fin semana sino un martes cualquiera, mientras estudiaba en mi pequeña sala sin otro plan que acabar la lección e irme a acostar, en que, de repente, tocaron fortísimo a la puerta. Espantada, nerviosa por la sorpresa, por lo inesperado de la visita, me quedé un instante inmóvil en mi sitio, intentando decidir si abrir o no, fingir tal vez que no había nadie pues llevaba puesta una minifalda de mezclilla y una blusa rosa de tirantes, me había maquillado con esmero y hasta pintado todas las uñas dado que no esperaba a nadie, y mientras de esa forma me latía acelerado el corazón escuché la voz de Beto tras la puerta.

—¡Ábreme, hermanita! —gritó, divertido, acabando de aturdirme.

Por algo así como cinco segundos, que en mi cabeza debieron parecer mucho más, estuve pensando, decidiendo si debía ir a cambiarme o no, pues, aunque, evidentemente, Beto en cierta forma lo sabía, nunca en realidad me había visto así, y me atolondré, me mordí el labio, miré una y otra vez hacia la puerta que él no dejaba de tocar, hasta que, al fin, sencillamente exhausta, fastidiada de tener que pensar tanto y esconderme, me fui directo hacia la puerta.

—¿Estás solo? –le pregunté, asomándome a la mirilla.

—No, traigo a todo el equipo, venimos a cenar –me respondió divertido.

—En serio, ¿viene alguien contigo?

—No, nadie, ¿por qué? Anda, ábreme, traigo unas cervezas aquí que ya se me calentaron.

Suspiré, intenté calmar mis nervios y abrí.

Con un six-pack en cada mano me miró de arriba abajo luego de abrirle, ladeó un poco la cabeza y, finalmente, con una media sonrisa, tan sólo se pasó.

—¿No tienes que ir mañana a la escuela? –le pregunté, mirándolo colocar las cervezas sobre la mesa, a un lado de mis cuadernos.

—Nop, mañana es aniversario de no sé qué en la prepa, va a haber un festival, concursos y otras madres.

—¿Y no tienes que ir?

—En teoría, sí –me respondió, desenfadado, abriéndose una lata—. ¿Quieres?

—No, gracias. ¿Para qué compraste tantas? De hecho, ¿cómo compraste cerveza?

—Ja, ja, ni siquiera me piden identificación, y se me antojó, y como venía a ver a mi hermanita, creí que era buena idea, ¿no tienes alguna botana, unos cacahuates por ejemplo?

—Beto, eso es mucho alcohol –le repliqué, mirándolo algo severa.

—Te ves muy bonita –me dijo él, divertido, desarmándome al instante.

—G-gracias –susurré, sonrojándome y recogiéndome el cabello de la frente.

—¿Vas a clases así?

—No, claro que no, ni siquiera a la esquina, sólo cuando estoy aquí.

—¿Por qué?

—¿Cómo por qué, bobo?

—Sí, ¿por qué? —insistió él, alegre, dando otro trago a la lata.

—Pues porque… porque… no puedo…

—¿No?

—No.

—Qué lástima.

—Sí, claro, qué lástima, pero así es por ahora.

—Supongo que no por mucho.

—¿No?

—No, yo diría, unos cinco minutos –me dijo entonces, mirando su reloj.

—¿Por qué cinco minutos? –le pregunté intrigada, levantando la ceja.

—Pues, porque seguramente eso tardan más o menos mis compas en llegar, sólo fueron a comprar algo para comer.

—¡¿Qué?! ¡¿Cuáles compas?!

—Son los chicos nuevos del equipo, no hay problema, ninguno te conoce; la verdad los hago a veces que me compren la cena y otras cosas, ja, ja; sólo les dije que íbamos al depa de mi tía, no te apures –me explicó, con una calma que me puso los pelos de punta, sabiendo que hablaba bien en serio.

—¡No, Beto! ¿Cómo se te ocurre… yo…?

—Bueno, todavía te puedes ir a cambiar, pero créeme que te vez muy bien, seguro que nadie se da cuenta… ¡Oh!, demasiado tarde –exclamó, al escucharse un alboroto tras la puerta.

—Es que estoy maquillada, y mis uñas… —intenté decirle, mirándome nerviosa las manos.

—Sí, qué problema, ¿no?

—¡No, Beto, no les abras, déjame siquiera…! –dije yo, asustada, nerviosa como nunca, pero ya Beto se dirigía hacia la puerta.

—Pásenle, ¿si hallaron carne? ¡Excelente! Miren: mi primita –dijo Beto en voz muy alta dándole paso a unos seis o siete chicos, todos altos y corpulentos, como no podía sorprender de un equipo de futbol, y éstos, animados, tan sólo dijeron ‘Hola’ y se pasaron a la sala.

Yo me quedé en mi sitio, mirándolos aterrada, sonrojadísima, atinando apenas a alzar la mano como respuesta a sus saludos, en tanto ellos se acomodaban y dejaban las cosas que compraran en la mesa y la cocina.

—Anda, ven, te los presento –escuché decir a Beto a mi lado, y, como no me moví, me tomó del brazo y me llevó.

—Beto, Beto… —le susurré, deteniéndolo—, es media semana, los demás vecinos se van a quejar.

—No te apures, sólo estamos un rato, anda, ven –insistió y me tomó de la mano—. ¿Por cierto, cómo es que te llamas? –me preguntó bajo, divertido, volviéndose hacia mí un momento.

—Pues… no sé… yo… —volví a susurrar, nerviosísima, sin atinar a decir ninguno de los posibles nombres que hasta ese momento había pensado.

—¡Ah!, como sea. Equipo: mi prima… Cristina, un poco enojada porque no le trajimos coca de dieta –les dijo entonces, improvisando con la sola feminización de mi nombre.

Ellos echaron la carcajada, Beto fue diciendo sus nombres y algunos me tomaron de la mano, otros me besaron en la mejilla y, como autómata, sin saber qué hacer, me senté entre ellos, asustada, apenas abriendo la boca y recibiendo también una lata de cerveza, que uno de los chicos me tendió.

Alguien puso luego música, trajeron la carne, unas tortillas, una lata mal abierta de frijoles, y en platos de cartón se sirvieron con desorden, comiendo con desparpajo entre risas y gritos, platicándose cosas de sus partidos, sobre lo que pasó esa vez o aquella otra, comentando luego algo chusco, otro se quejaba después sobre cierta mala defensa, discutían, a todo lo cual yo sólo sonreía boba, probando apenas la cerveza, llevándoles servilletas, calentando más tortillas u ofreciéndoles algo de salsa nomás por hacer algo.

Uno de ellos entonces, queriendo quizá integrarme más a la plática me preguntó cómo es que nunca había ido a los partidos, y yo, mirando antes a Beto, controlando y modulando como pude mi voz, sólo le dije:

—No sé, no me gusta ver cómo se pegan… es decir, no pegarse sino… bueno, es que se lastiman tanto.

—Naah, es puro juego, y luego aquí el capitán seguro que no se lastima con nada –me dijo el chico, señalando con su lata a Beto.

—Ja, ja, eso espero –se carcajeó Beto, dando otro trago.

Así, de alguna forma u otra, contestando escueta pero sonriente a lo que me preguntaban, tomando a sorbitos mi cerveza y hasta aceptando algo de carne, me la pasé entre ellos largo rato, entretenida sin darme cuenta. Si bien nunca perdí cierto mínimo recelo, actuando en todo momento con precaución, conseguí relajarme lo suficiente; es decir, pese a su aspecto rudo, no eran más que chicos de bachillerato dándose ínfulas de hombres, eran incluso menores que Beto, y con él ahí a mi lado dejé de tenerles miedo.

Al final se estuvieron algo más de tres horas, acabadas las cervezas y sin dejar un gramo de carne, ni una sola tortilla, divertidos, relajados, un par de ellos preguntándome siempre cosas, hasta que, cansada pero sobre todo preocupada de que los vecinos pudieran quejarse, tuve que decirle a Beto que era hora de irse.

—Sí, estoy de acuerdo, mejor vete ya a dormir –me respondió él, bromeando todavía.

—Beto, en serio –le insistí, mirándolo muy seria.

—Bueno, ‘ta bien. Dice mi primita que ya se tienen que ir –les indicó, haciendo hincapié que era yo quien lo decía.

—Perdonen, chicos, es que tengo clases mañana –les dije apenada, y, para no hacer tan mal efecto, agregué, algo imprudente—. Si quieren vengan otro día.

Así que, resignados, cansados ellos también pese a todo, se empezaron a levantar, bostezaron, por consideración a mí uno de ellos recogió todo y lo echó en una gran bolsa, que luego se cargó con él.

Ya en la puerta, tras despedirse de mí, los vi andar por el pasillo y bajar las escaleras todavía armando escándalo.

—Bueno, nos vemos, nena –me dijo Beto recargándose en la puerta.

—Vale, gracias por visitarme… loco.

—Tú eres la que tiene depa, créeme que voy a venir bien seguido. Allá en la casa no me puedo emborrachar, y en las casas de ellos menos, pinches escuincles.

—Loco –volví a decirle, recargando inconsciente mi mano sobre su pecho.

—O… me puedo quedar –mencionó luego, mirándome juguetón y algo achispado.

—Mmh… pues… si quieres, tengo un colchón extra –le respondí, bajando la mirada, tímida ante lo intenso que él me miró.

—Mmh… ¿tu cama es muy chiquita? –susurró luego, intentando sonar divertido, y, tras pensárselo dos segundos, se volvió hacia el barandal y les gritó a los chicos que se fueran, que se iba a quedar conmigo.

—Sshh, Beto, no grites: los vecinos –lo regañé no muy en serio, riéndome y tomándolo del brazo.

—Pinches vecinos, total –siguió él divertido, bravucón, hablando fuerte, como esperando que de hecho lo escucharan.

—Ándale, ya métete, menso –volví a decirle, jalándolo hacia la puerta abierta… dejándose él arrastrar y viniéndoseme encima por lo que tuve que alzar las manos.

—Je, je –siguió riéndose, pegado a mí, mirándome desde su altura, con mis manos aún recargadas en su pecho.

Mi corazón se aceleró, mi respiración se volvió agitada y sentí de nuevo ese curioso cosquilleo en el estómago, en tanto él, sin moverse y mirándome muy fijo, de una forma extrañamente seria, levantó su brazo y con apenas dos dedos empezó a acariciarme el cabello.

—De veras que estás linda –me dijo al fin, y yo, sin apartar mis manos de él, dejándolo que siguiera jugueteando con mis cabellos tan sólo lo miré en silencio.

Escuchamos algunos autos por la calle, el chirrido de los grillos, la noche era tranquila y algo cálida, no se veían muchas luces encendidas y sin duda en el resto del edificio ya todos dormían.

—No deberíamos –se me salió decir de pronto, apartando los ojos hacia un lado.

—No, supongo que no –me susurró, muy quedito, pasando sus dedos de mi cabello a mi mejilla.

Otra vez lo miré, también él respiraba agitado, sentí su tacto estremecerse y, mientras sus ojos me miraban intensos y a la vez como con súplica, a medias me sonreí.

—¿Quieres? –me preguntó en voz suave, atento como nunca a mis labios.

—N-no sé… —le respondí nerviosa, con un hilo de voz, sintiendo incluso marearme un poco.

—Si no quieres, dime y ya, nos dormimos y nada más –continuó, tocando cariñoso mi mejilla.

Controlando el trepidar de mi corazón, sintiendo que el piso se movía bajo mis pies, suspiré muy hondo y tomé su mano.

—Sí… sí quiero.

Así que, inclinándose hacia mí, aprisionándome contra el marco de la puerta, nervioso me besó en los labios, a lo que yo de inmediato respondí abriendo bien mi boca, probándolo, pasé mis manos por su cuello y seguí besándolo emocionada, espantada, estimulada, creyendo por un instante vivir una alucinación mientras sentía mi colita humedecerse. Sus manos en mi trasero de inmediato me indicaron que no era ilusión alguna, y no menos real sentí la erección de su pene bajo los pantalones, que caliente parecía pulsar a la altura de mi vientre.

Entramos sin separarnos a la sala, cerramos la puerta con los pies, y, manoseándonos, besándonos, explorándonos nerviosos y encantados nos fuimos dirigiendo a la habitación; chocamos aquí y allá, divertidos, avanzábamos muy lento, así que, demasiado ansioso, él me tomó por el trasero y me levantó, llevándome en sus brazos hasta la cama.

Cuidadoso me dejó sobre el colchón, y, con ansia, jadeante, se trepó enseguida sobre mí. Besándonos siempre, risueños, comenzamos a desvestirnos; divertida le quité la playera, él contento me quitó la blusa, nos deshicimos de su pantalón y luego de mi falda, de los zapatos, hasta que al fin, en sólo ropa interior, volvimos a mirarnos, deteniéndonos un instante.

—¿Todavía no lo has hecho? –me preguntó entonces, mirándome como antes muy atento.

—No… nunca… sólo he usado… juguetes…

—¿De verdad?

—Sí, menso, de verdad.

—Okey, okey… Digo, porque, quizá te duela un poco.

—Sí, no importa.

—Muy bien –dijo luego, y, sin más dilación, de un solo tirón se deshizo de sus bóxers, mostrándome su verga enorme y, bastante más seguro que yo, me quitó luego las bragas, dejando al descubierto la mía pequeña.

Suspiré.

—Mira qué cosita, ¿es de verdad? –me preguntó divertido, dando un pequeño tirón de mi pijita, que comparada con la de él de verdad parecía de juguete.

—Ji, ji, menso –le pegué en el pecho y, animada, bajé luego la mano, agarrando fuerte la suya.

—Ésa sí es de verdad –exclamó orgulloso, dejándome que la explorara un poco.

Era muy cabezona, de tronco grueso, larguísima, venosa, y con cuidado, emocionada, muy suave bajé y subí la mano, apretándola.

—¿Subes tus piernitas? –me indicó luego, excitado, y, ayudándome, me hizo colocar mis piernas en sus hombros, dejándole del todo expuesta mi entrada de mujer.

—Tengo… un gel –le dije tímida, señalándole el cajón de mi buró.

—¿No dijiste que…?

—Es para el juguete, menso.

—Ah, ya; a ver –exclamó, y, apartándose de mí un poco abrió el cajón, sacó el tubo y con cuidado aplicó una buena porción, que de inmediato esparció con sus dedos por fuera y por dentro de mi entrada.

—Mmhh… —gemí quedito al sentir sus dedos duros y algo fríos introducirse en mí.

Inclinándose luego sobre mi rostro y besándome de nuevo, siguió dedeando un poco, esparciendo bien el gel, hasta que al fin, demasiado ansiosa, fui yo la que le dije:

—Ya, ya, no hace falta tanto.

—Je, je, no te quiero lastimar.

—No me lastimas… el juguete es algo grande, ¿sabes?

—M’h… okey –exclamó, como dudando que ningún consolador pudiera compararse con esa cosa suya, y, reacomodándose sobre mí, con una mano dirigió la punta a mi ano.

Lo miré, me miró, jadeante procuré relajar mi esfínter y, algo ansiosa, tomé sus brazos, que se apoyaban en el colchón a ambos lados de mi cabeza.

—¿Lista?

—Ahá.

—Vale –susurró, como concentrándose, y, haciéndome sentir la suave dureza de la punta recargada en mi esfínter, hizo una leve presión.

—Mmhh… —exclamé suave, cerrando los párpados un momento, experimentando ávida ese primer contacto.

Él presionó más, abriéndome muy suave, aunque, antes de que la cabeza consiguiera entrar demasiado, lo detuve, sintiendo una fuerte punzada por la contracción refleja de mi ano.

—¿Dolió?

—Un poquito, sí… ahorita pasa… no te salgas.

—Okey –me respondió, inclinándose de nueva cuenta hacia mí y besándome, acariciando mis nalgas, mis muslos, hasta que al fin pasó el espasmo y sentí alejarse el dolor.

—Ya… dale –le pedí sonriendo, segura de que ya no habría ningún problema, con lo muchísimo que me había “entrenado” todos esos años con el dildo.

De modo que él entró, más, mucho más que antes, suave y siempre firme, enterrándoseme tanto que empecé a gemir, mi ano aún se contraía ligeramente y le impedía el paso pleno, pero ya no lo detuve, aguanté ese poquito de dolor extra sin moverme y solamente suspiré.

—Aahh… muy bien, muy bien… ahí va… ahhh…

—Mmhh… mmhh… —exclamaba yo bajito sintiéndolo penetrarme, expandir poco a poco mi ano y recto con su gran volumen.

Finalmente, sin entrar todavía del todo, de pronto él se retiró ligeramente, volvió a presionar y se retiró, volvió a presionar y se retiró, iniciando un suave mete-saca que acabó por soltarme al fin la boca.

—Ayyy… ayyy… mmmhh…

—¿Te duele?

—No, no me duele nadita… sigue…

—Okey, okey… ahhh… ahhh… —continuó entonces, aplicándose incluso con más esmero, despreocupado ya de lastimarme, y dejándome caer todo su peso comenzó en serio a cogerme, a cogerme riquísimo de verdad.

—Ayy… ayyy… ayyyy… mmmhh… —seguí exclamando cada vez más fuerte, encantada, maravillada; Dios mío, no me creía que supiera tan rico, nunca con el dildo sentí algo parecido, tan sabroso y tan bonito, tan fuerte y tan dulce al mismo tiempo.

—Ahhh… ooohh… —siguió Beto, inclinándose sobre mí cada tanto para besarme, y yo lo besaba de vuelta, me le entregué contenta, agradecida, abriendo más mis piernas y sintiéndolo entrar aún más profundo.

Mi pequeña pija se había puesto también dura, y atrapada entre su barriga y mi bajo vientre me producía un gozo extra con el roce.

—Ayy, qué rico, qué rico… mmhh…

—¿Te gusta, nena?

—Sí, sí, me encanta… mmhh…

—Nenita linda… ahhh…

No había ya fricción alguna, ninguna resistencia, su pene y mi ano se habían acoplado de maravilla y se unían alegres, perfectamente complementarios, provocándonos a ambos un placer inmenso.

—Aahh… nena… oohhh…

—Mmhh… mmhh… más, más… mmhhh…

Y nos seguimos largo rato, entregándonos uno al otro y olvidados de todo el mundo; yo acariciaba sus mejillas ásperas, velludas, sus hombros anchos, sus brazos fuertes, y él a su vez apretaba encantado mis nalgas, mis muslos, y, tras deshacerse del brasier de cualquier modo, besaba tierno mis teticas apenas desarrolladas, que no obstante su tamaño eran ya tan sensibles que me hizo gritar de gusto.

—Mmhh… ayyy… Beto… mmmhh… mmmhh… —exclamé, abrazándome a su cuello y acariciando sus cabellos.

—Nenita hermosa… ahhh… ahhh…

Me sentía casi en las nubes, gemía de puro gusto, lo recibía contenta en mí procurando que también él lo disfrutara, cosa que sus continuos jadeos y su rostro me confirmaban.

Hacía ya rato que había entrado por completo, todita su verga hermosa se me enterraba cada vez, y sentía sus güevos rebotando dulcemente al borde de mi ano; de cuando en cuando la cabeza debía acariciar mi próstata allá al fondo volviéndome loca, y no podía dejar de pedirle más y más.

—¡Ay, sí, sí… mmhh… qué rico, qué rico… mmmhh…!

—Je, je… gimes lindísimo.

—Ji ji… mmhh… mmhh…

Un momento después la cosa se aceleró, nuestros cuerpos ansiosos parecieron dar lo mejor de sí y él comenzó a darme realmente duro; era riquísimo, delicioso, hermosísimo, ya no quise que se saliera nunca, deseé que me siguiera penetrando por siempre, tenerlo dentro de mí todo el tiempo pero, justo entonces, incapaces de aguantar más, mi verguita y mi ano llegaron al colmo, expulsando éste su leche y el otro contrayéndose en un delicioso orgasmo anal.

—¡AAayy… ayyyy… ayyyaayyy…! –grité tan fuerte como pude, olvidada de los vecinos y apretando muy fuerte sus brazos.

—Aahhhh… nena… nena…. ¡AAaaahhhh…! –exclamó él apenas un instante después, sintiendo la apretura extra de mi esfínter y descargándose del todo, deslechando bien al fondo de mi vientre.

Me le abracé, lo besé y comencé incluso a llorar mientras él me preñaba con su semilla, sintiéndome completamente plena, feliz como nunca lo había estado en toda mi vida.

—¿Qué pasa? –me preguntó él algo apurado, levantando mi rostro con un dedo.

—Nada… nada –le susurré sonriente, tonta, y él entonces comprendió.

—Bebé –me dijo entonces y encantado volvió a besarme.

Exhaustos y jadeantes, no sin cierto pesar de mi parte, nos separamos, con su miembro ya casi del todo flácido, y nos quedamos recostados intentando recuperar el aliento.

Era ya tarde, muy tarde, no sabía cómo iba a hacer para levantarme temprano e irme a clases apenas unas horas más tarde, aunque no me importaba mucho, podría incluso faltar, con una vez no pasaba nada, me dije, y, contenta, me recargué contra su cuerpo.

—¿Te gustó?

—Ji, ji, sí ¿no se notó?

—Un poquito, sí.

—Tonto.

—¿Es mi imaginación o te crecieron un poco las tetas?

—Estoy tomando hormonas.

—Órale… pues, síguetelas tomando.

Pasada la excitación, descargada toda el ansia, después de unos minutos empezó a darnos sueño.

—Es tardísimo –susurré, sin despegármele.

—Duérmete.

—Okey… ¿no te vas a ir, verdad?

—Je, je, ¿a dónde quieres que me vaya?

—No sé, sólo digo.

—Duérmete, no voy a ningún lado –dijo, sonriéndome y, tras darme un beso más cerró también los ojos.

Se nos fue haciendo habitual tener esos encuentros, una, ocasionalmente dos veces por semana, aunque, por desgracia, el encanto no permaneció intacto por mucho tiempo, sobre todo porque él seguía saliendo con otras chicas, tenía a veces novia, lo que me hacía rabiar y le reclamaba, aunque, al cabo, incapaz de hacer nada, temerosa incluso de salir del depa vestida de nena, tuve que aprender a resignarme, no sin poca dificultad.

¿Qué podía hacer de todas formas? ¿Salir con él? ¿Ser su novia? ¡Dios!, era todo tan complicado, y no paraba de hacerme preguntas, me recriminaba, me decía que aquello debía parar, que no tenía ningún caso, que era incluso idiota, pero, nada más verlo llegar otra vez, no le hacían falta más que unas cuantas palabras para ablandarme y volvérmele a entregar.

Aparte esos problemas existenciales, en unos años conseguí acabar sin demasiada dificultad la carrera, hice incluso algunas salidas esporádicas y, al cabo, juntando todo el valor posible, diciéndome que no podía seguir con esa especie de doble vida, al fin hice la transición, tomándoselo por desgracia mis papás de la peor manera; dejaron de hablarme, de mandarme dinero, muchos otros hubo que me dieron la espalda y sólo gracias a algunos cuantos contactos, entre quienes se encontraba el pobre chico al que Beto intentara golpear, fue que poco a poco pude reacomodarme, hallar un trabajo y rentar aquel departamentito, a donde cada que se le ocurría llegaba Beto a pedir posada…

Total.

Antes de regresar al depa pasé a comprar algo de pan, del todo incierta sobre si encontraría a Beto o no, y, tras abrir y no escuchar nada, dejé mi bolso en el perchero entrando luego en la cocina, donde encontré el plato y el vaso que le dejara por la mañana ya vacíos y sin lavar en la misma barra. Sacudí la cabeza, molesta de que no pudiera siquiera echar el plato al fregadero, y me fui luego a mi cuarto. Ya no estaba. Me había dejado sin embargo una nota disculpándose por despertarme tan tarde y agradeciéndome por la comida, así que, sola en la cocina, ya más tarde me comí los dos panes que le había comprado, mirando cansada una vieja película, quedándome dormida sin terminarla.

Otra vez, entonces, como la noche anterior, aunque algo más temprano, escuché tocar fuerte la puerta.

Me fui a asomar, revisé por la mirilla y sin demasiado asombro lo vi ahí parado, abriéndole la puerta cuando ya se disponía a tocar de nuevo.

—¿No me digas que te desperté de nuevo?

—Pues sí… me quedé dormida viendo una película.

—Vaya, debe estar muy buena –dijo, pasándose y dejando sobre la mesita de la sala un montón de bolsas con mandado.

—¿Y eso?

—No sé, algunas cosas que compré de regreso, para que no digas que nomás me acabo tu refrigerador; hasta te traje ese yogurt raro sin calorías –me dijo, enseñándome el envase.

—Gracias. ¿Te vas a quedar a dormir?

—Pues… sí, si no es mucha molestia.

—Claro que no. ¿No has ido con tu novia?

—Naa… la verdad ya me acabó de fastidiar.

—Loco –le repliqué, mirándolo divertida mientras se deshacía de los zapatos y se echaba en el sillón, quedándose mirando aquella larga película que yo había puesto.

—¿Ya te vas a dormir? No me dirás que también trabajas los domingos.

—No, pero estoy algo cansada, por la desvelada de ayer.

—Je, je, sí… Ven, anda, compré también unas palomitas –me indicó, dando unas palmadas en el sofá.

—Mmh, okey, pero mejor vemos otra cosa.

—Lo que usted ordene, madam.

Pusimos una película de acción, bastante más movida, aunque yo igual me quedé dormida al poco rato, recargada en su pecho.

—Anda, mejor vete a la cama, te vas a torcer aquí –me dijo una media hora más tarde, cuando una fuerte explosión en la película me despertó.

—Sí, creo que sí, ¿le falta mucho todavía?

—Como una hora, creo.

—Mmhh… bueno, pues mejor sí me voy a acostar… —le dije, levantándome, bostezando largamente y pasando luego una mano sobre sus hombros, si bien, antes de alejarme, agregué—: ¿Vienes?

Él apartó un momento la vista de la pantalla y me miró intrigado, suspicaz.

—No tengo mucho sueño, la verdad.

—Bueno, no tenemos que dormirnos enseguida –le sonreí, coqueta, revolviendo su cabello.

—¿No? ¿Y qué otra cosa vamos a hacer?

—No sé, te puedo hacer trencitas si quieres, o podemos pintarnos las uñas y hablar de chicos.

—Mensa.

—Ji, ji, anda, ven, apaga eso –le dije y, una vez que él la apagó arrojando el control en cualquier lado, lo tomé de la mano, llevándomelo dócil al cuarto.